Nacido en Plainfield en 1917, dentro de una familia de origen ruso, Penn estudió entre 1934 y 1938 en la Pennsylvania Museum School of Industrial Arts bajo la dirección de Alexey Brodovitch. Después de pasar un año dedicado a la pintura en México, regresó a Nueva York y se incorporó en 1943 a Vogue, contratado inicialmente por Alexander Liberman para diseñar maquetas y proponer portadas. Liberman reconoció en él «una mente y una mirada que sabían lo que querían ver» y lo animó a realizar personalmente las fotografías.
Su viaje a Perú en 1948 resultó decisivo. Enviado a Lima junto a la editora Babs Simpson y la entonces joven modelo Jean Patchett, realizó el reportaje ‘Flying Down to Lima’, planteado como una secuencia cinematográfica. Cuando el equipo regresó a Nueva York, Penn continuó hasta Cuzco, alquiló un estudio iluminado con luz natural y tomó cerca de dos mil fotografías en tres días.
Los retratos de los habitantes quechuas, situados en la frontera entre documento etnográfico y fotografía de moda, fijaron algunos de sus principios esenciales: fondo neutro, atención a la postura y respeto por la dignidad del sujeto. El estudio operaba así como un espacio de concentración visual. Décadas después, esa misma disciplina le permitiría fotografiar a comerciantes, artesanos, obreros, artistas, diseñadores y modelos célebres con idéntico rigor formal.
En el verano de 1950 llegó a París para cubrir las nuevas colecciones. Instalado en un estudio de la rue de Vaugirard, recibió prendas de Balenciaga, Lafaurie y Rochas, que fotografió ante un antiguo telón teatral con Lisa Fonssagrives como modelo principal. Incluso cuando conservaba un elemento escenográfico, evitaba que adquiriese autonomía narrativa: importaban la ropa y la presencia de la modelo. De aquella colaboración nacieron algunas de las imágenes fundamentales de la fotografía de moda del siglo XX.
Penn acompañó el renacimiento de la alta costura de posguerra, desde Jacques Fath hasta el New Look de Christian Dior, y trabajó con las modelos más relevantes de su tiempo. Su dominio del blanco y negro otorgó a volúmenes y texturas una intensidad ajena a la caducidad de las temporadas. En 1950 fotografió a Fonssagrives con un vestido de arlequín y, según la documentación de la exposición, firmó la primera portada fotográfica en blanco y negro de Vogue, protagonizada por Jean Patchett detrás de una delicada voilette.
La afinidad con Cristóbal Balenciaga fue particularmente fértil. Penn consideraba al diseñador un «experto en arquitectura de la ropa», definición que también permite comprender su propia fotografía: ambos trabajaban sobre la forma, el volumen y la relación entre cuerpo y espacio sin permitir que la ornamentación desplazara la estructura.
Las transformaciones sociales de los años sesenta y la expansión del prêt-à-porter alteraron la industria, pero no desviaron su método. Penn fotografió las propuestas futuristas de André Courrèges, los vestidos metálicos de Emanuel Ungaro y a Lauren Hutton. También viajó para Vogue por España, Nepal, Nueva Guinea y Marruecos. La ropa nunca era un elemento secundario: registraba pertenencia, posición, memoria y presencia.
En 1973 cerró su estudio de Manhattan para concentrarse en la investigación de la impresión en platino-paladio en su laboratorio de Long Island. De esa exploración surgieron ‘Cigarettes’, ‘Street Material’ y ‘Archaeology’. El procedimiento, exigente y deliberadamente lento, reforzó una concepción de la fotografía en la que la toma constituía apenas el comienzo de un proceso controlado hasta la copia definitiva.
Durante los años ochenta y noventa fotografió las creaciones de Yves Saint Laurent, Karl Lagerfeld para Chanel y Christian Lacroix. Sin embargo, su gran interlocutor en ese periodo fue Issey Miyake. Entre 1986 y 1999, Penn recibía las prendas del diseñador japonés en Nueva York, las fotografiaba sin asistir previamente a los desfiles y enviaba después los ektachromes a Tokio. «Las fotografías de Penn me permiten ver mis propias creaciones», afirmó Miyake. La frase resume una colaboración en la que la fotografía no se limitaba a documentar la prenda: la sometía a una segunda revelación.
Cerca de los noventa años, Penn siguió trabajando con la alta costura de John Galliano para Dior, Karl Lagerfeld y Christian Lacroix. También desarrolló junto a Phyllis Posnick sus célebres páginas de belleza para Vogue, imágenes a página completa que Liberman denominaba stoppers porque obligaban al lector a detenerse. El humor, el surrealismo y cierta violencia visual desplazaban la belleza fuera de sus convenciones más previsibles.
La exposición, comisariada por Pascal Hoël en colaboración con Frédérique Dolivet, se apoya en los fondos de la MEP y la Nicola Erni Collection, además de préstamos de The Irving Penn Foundation y The Miyake Issey Foundation. La colección parisina reúne más de un centenar de copias y se enriqueció con la donación de Tom Penn de obras pertenecientes a Lisa Fonssagrives-Penn.
‘PENN & FASHION’ demuestra que la influencia de Irving Penn no reside únicamente en haber fotografiado la moda durante cerca de seis décadas. Su verdadera ruptura consistió en negarse a tratarla como un territorio menor. Al retirar el ruido, contener el decorado y rechazar la complacencia, obligó a sus fotografías de moda a enfrentarse con aquello que la industria suele ocultar bajo el espectáculo: la ropa también organiza el cuerpo, administra la mirada y construye una idea de época.








