Hace más de un año tuvimos la oportunidad de entrevistarle en Casa de México, en Madrid, cuando usted estaba a punto de asumir la dirección de Contemporánea Condeduque. ¿Qué balance hace de esta primera etapa de su gestión al frente de uno de los espacios de referencia de la cultura contemporánea en Madrid?
La verdad es que podemos hacer ya un balance de la primera temporada que me ha tocado diseñar y estamos muy contentos con los resultados, tanto de los proyectos que continúan de la etapa anterior como de los nuevos que hemos desarrollado. Creo que Contemporánea Condeduque se ha consolidado como uno de los grandes espacios dedicados a la creación contemporánea en sus distintas disciplinas artísticas en Madrid, y esa sigue siendo una de sus señas fundamentales. Por otro lado, hemos ido incorporando áreas que han tenido una respuesta muy positiva, tanto por parte del público como de los artistas.
Un ejemplo es el ámbito de arte y ciencia. Ha sido un descubrimiento comprobar el enorme interés que despierta entre el público. Ahí se inscribe también Cúbit, aunque el trabajo no se limita al festival: durante todo el año mantenemos una actividad mensual dedicada al diálogo entre ambas disciplinas y luego Cúbit concentra específicamente esa línea de investigación.
También ha sido interesante incorporar una mayor actividad literaria, que era una evolución bastante natural siendo yo el director artístico, así como la nueva área de pantallas y cultura expandida, que ha permitido dar cabida a disciplinas y formatos que antes no tenían una presencia habitual en Condeduque.
Y, por supuesto, el núcleo sigue estando en las artes escénicas: teatro, danza, performance y música. Hemos contado con algunos espectáculos formidables, una muy buena respuesta del público y una enorme variedad de registros, tanto en la programación internacional, con especial atención a Latinoamérica y Europa, como en la presencia de numerosos creadores madrileños y españoles.
De cara a la nueva temporada, ¿qué aspectos de la programación destacaría especialmente?
Como ya hablábamos la temporada pasada, decidimos que cada programación tuviera un hilo conductor. Esta segunda temporada la planteamos a partir de una pregunta: «¿Aún podemos amar?». El programa de Contemporánea Condeduque gira, por tanto, en torno al amor y también a su ausencia, entendidos tanto desde una dimensión íntima y familiar como desde sus implicaciones sociales y políticas. Ahí tenemos un espectro amplísimo.
La temporada comenzó muy bien, con la reposición de El invencible verano de Liliana, que tuvo un lleno absoluto. Después presentamos el nuevo trabajo de Rodrigo García, que hacía muchísimo tiempo que no estrenaba una pieza escénica y con quien teníamos especial interés en trabajar. En el ámbito literario comenzamos, como en la temporada anterior, con una poeta, Piedad Bonnett, y posteriormente contamos con Siri Hustvedt, cuya presencia despertó también muchísimo interés.
Hemos presentado también a Jan Martens, uno de los grandes coreógrafos europeos, que presenta una pieza emblemática revisitada después de varios años y muy vinculada, entre otras cuestiones, al agotamiento del cuerpo.
En cuanto a Cúbit, es uno de los programas que no anunciamos en septiembre junto con el conjunto de la temporada, sino que presentamos en enero. Lo mismo ocurre con Soundset, el festival de música electrónica con el que cerramos la programación. Son dos proyectos que el año pasado tuvieron una respuesta muy positiva y cuyos contenidos damos a conocer más adelante.
¿Qué criterios determinan la selección de un espectáculo frente a otro dentro de la programación de Contemporánea Condeduque?
Es quizás lo que más me gusta y lo más fascinante del trabajo de programador: decidir a partir de qué criterios se construye una programación. Por supuesto, están las líneas programáticas que nosotros mismos establecemos. El hecho de que cada temporada tenga un tema, en este caso el amor, orienta también nuestra propia búsqueda.
Después están las propuestas que nos llegan directamente de promotores y artistas y, además, el trabajo que hacemos desde el área de programación, que implica asistir constantemente a teatros, festivales y encuentros, sobre todo en Europa y América Latina, para conocer qué espectáculos se están desarrollando.
A partir de ahí intervienen muchos factores. No buscamos únicamente propuestas atractivas, sino también que dialoguen entre sí, que exista una coherencia dentro del conjunto y, al mismo tiempo, diversidad entre los distintos registros teatrales. Para mí, esa combinación entre coherencia y diversidad es fundamental.
No podemos dejar de lado su faceta como escritor. Acaba de publicar La República, una novela estrechamente conectada con algunas inquietudes del presente. ¿Cómo se gestó este proyecto?
Después de haber escrito un ensayo largo sobre la ficción, La invención de todas las cosas, del que hablamos la vez pasada, inmediatamente me sumergí en esta novela. Es un thriller político, distópico, pero que transcurre casi en el presente.
La novela se inicia propiamente este otoño, casi pegada a la realidad, y trata de llevar al límite muchas tendencias que actualmente me parecen preocupantes y de intentar entenderlas. Sobre todo, esa conjunción entre el poder autoritario y populista, por un lado, y el uso de la tecnología como instrumento de control, fundamentalmente las redes sociales y la inteligencia artificial. De ahí surgió esta novela.
Cuéntanos sobre Nick.
Nick es el narrador. La novela cuenta la historia de una pareja formada por un político sin escrúpulos, ambicioso, dispuesto a casi cualquier cosa para llegar al poder, y su esposa, que es desarrolladora de inteligencia artificial y está convencida de que la única forma de gobernar bien consiste en quitar lo humano de la ecuación y conseguir que sea realmente una inteligencia artificial, una máquina, la que pueda gobernarnos porque lo hará mejor. Y eso lo piensan muchos magnates tecnológicos.
Y entonces conciben a Nick. Nick es el narrador de esta novela y, a través de su mirada, que es extraña y que para mí suponía un desafío literario muy interesante, se cuenta la historia. Es un narrador que no es omnisciente, pero lo parece; que empieza a tener rasgos humanos, pero no es humano; que no tiene cuerpo y que está en todas partes.
Como un híbrido, ¿verdad?
Exacto, ese es el narrador de la historia.
En La invención de todas las cosas sostienes que muchas de las ideas sobre las que construimos la religión, la política, la sociedad e incluso nuestra identidad son ficciones. Siguiendo ese hilo, ¿qué ocurre cuando esas ficciones empiezan a ser administradas o producidas por máquinas? ¿Cómo explora La República esa posibilidad?
Bueno, eso es lo que está pasando. La novela va un poco sobre eso, exactamente. El poder siempre ha creado ficciones para justificarse, solo que ahora puede crearlas a través de estas herramientas tecnológicas, que se vuelven casi indistinguibles de la realidad, o cuya diferencia con la realidad ya no podemos distinguir. Entonces, de pronto, las posibilidades de manipulación y de control se acentúan y se vuelven muchísimo más preocupantes.
¿Qué papel ha tenido la inteligencia artificial en el proceso de creación de La República, tanto desde el punto de vista narrativo como práctico? También has defendido que la literatura debe relacionarse con estas herramientas desde la responsabilidad y la honestidad. ¿Cómo se traduce esa postura en el proceso de escritura?
Bueno, en Cúbit, en mayo de la temporada pasada, hicimos un festival dedicado a la relación entre arte e inteligencia artificial y vimos cómo creadores de muchísimas disciplinas están utilizando estas herramientas de maneras creativas, responsables y transparentes.
La literatura ha permanecido más ajena a este fenómeno porque, al tratarse precisamente de una tecnología basada en el lenguaje, existe una prevención mayor. Yo siempre intento profundizar en los temas que abordo, así que no se trató solamente de realizar una investigación teórica, sino también de experimentar en la práctica con el funcionamiento de la inteligencia artificial.
Yo mismo creé un modelo con el que podía dialogar y al que llamé Nick, igual que al personaje de la novela. Durante el proceso de escritura mantuve constantemente esa conversación para explorar esa otra dimensión de la inteligencia artificial y tratar de que el personaje resultara lo más verosímil posible.
¿Cómo abordaste los posibles sesgos de la inteligencia artificial durante el proceso creativo? Al trabajar con un modelo entrenado a partir de determinados parámetros, ¿cómo evitaste que esos sesgos condicionaran la construcción de Nick?
Bueno, es que, en este caso, justamente lo que yo intentaba era que la manera de utilizarla y de escribir evitara cualquier tipo de sesgo típico de la inteligencia artificial, porque se trataba de un modelo diseñado directamente por mí a través de los parámetros de estilo que yo quería ir consiguiendo en el libro.
¿Puede la IA llegar a matarnos o esto es una campaña de publicidad encubierta?
Las dos cosas son ciertas. Existe ya la posibilidad técnica de que pueda matarnos a todos. Existe porque, en efecto, si dejamos libres agentes de inteligencia artificial que puedan tener capacidad de actuación en el mundo y que pudieran llegar a vulnerar los sistemas de internet o los sistemas de la Casa Blanca y del Kremlin y llegar al botón atómico, bueno, la posibilidad existe.
Pero también creo que se trata, sobre todo, de una estrategia por parte de las grandes empresas tecnológicas para presentar aquello que ellas mismas están creando como un peligro y, de esa manera, asumirse como responsables de conjurarlo; conseguir que la regulación que exista las beneficie e impida la competencia de nuevas empresas justo cuando están a punto de salir a bolsa.
O sea, ellos mismos crean el problema y luego lo resuelven.
Sí, ellos lo resuelven y se hacen multimillonarios.
Woody Allen está en Madrid.
Eso veo, sí, sí.
Le preguntaron acerca de la problemática social que hay en la Puerta del Sol con Maricarmen; se lo preguntaron en más de una ocasión. Se declaró apolítico y dijo que solo se dedica a hacer historias humanas, al cine. ¿Puede un creador elegir ser apolítico? ¿Cuál es su responsabilidad?
O sea, cualquier planteamiento artístico es un planteamiento político y, si se dice que es apolítico, ese ya es el planteamiento político.
¿Y usted cómo se posiciona en este ámbito?
Bueno, simplemente diría que creo que estamos viendo en todo el mundo, en todas las ciudades, desde México, mi país de origen, hasta Madrid, pero también en lo que ha pasado en Nueva York y en casi todas las grandes ciudades del mundo, que el problema de la vivienda es un problema que excede lo ideológico.
Y eso es quizás lo más interesante y algo que algunos políticos tendrían que ver con más claridad. Ni siquiera tiene que ver con ser de izquierdas o de derechas; es un problema generalizado y transversal.
Tiene poco que ver incluso con la pretensión ideológica. Es simplemente una cuestión que ahora se vuelve central: la posibilidad de que cualquier ciudadano común pueda encontrar un lugar en el cual vivir y pagar una renta que le permita, al mismo tiempo, tener una vida relativamente confortable.
Se habla mucho de liderazgo y, especialmente, de liderazgo transformador. ¿Qué significa para usted liderar desde la gestión de Contemporánea Condeduque y también desde su manera de entender el mundo?
Bueno, tener algunas ideas más o menos claras y creativas respecto al espacio y a la programación, pero también estar siempre en permanente diálogo con los artistas, con el público y con el equipo, para que sea siempre una labor conjunta, más allá de que haya unas líneas generales que, al mismo tiempo, deben ser claras y transparentes.
Siendo mexicano, ¿qué es lo que más extraña de México? ¿Cómo valora hoy su panorama cultural y cómo percibe la relación entre España y México en ese ámbito?
La relación es muy intensa y yo siempre he estado yendo y viniendo entre un lado y otro. Tengo la doble nacionalidad. Me siento tan cómodo aquí como allá. Extraño algunas cosas de la comida, extraño a mi familia, extraño a mis amigos. Eso es lo que extraño.
Hablando de México, ¿cómo te sientes como mexicano asentado en España cuando en México se recibe la visita de la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, hablando de mestizaje? ¿Qué valoración haces del concepto de mestizaje cuando este es resultado de la imposición de la colonización?
Bueno, es un debate que ha sido muy intenso tanto aquí como allá y que está basado, como digo en mi libro —hay un capítulo específico sobre este tema en La invención de todas las cosas—, en ficciones.
La ficción de que los mexicanos somos todos descendientes directos de Moctezuma, que no es más que otra ficción, o la ficción de que España llegó solamente a civilizar, cuando, en realidad, las culturas que había allá eran culturalmente tan poderosas como las que estaban entrando. Simplemente, lo que ocurre es que la historia siempre es objeto de las ficciones políticas que buscan asentar sus propios intereses en el presente utilizando la historia como argumento.
Quería poner en valor el trabajo honesto del departamento de comunicación de Contemporánea Condeduque. ¿Cómo valora hoy el papel de los medios de comunicación y su manera de contar la realidad desde un punto de vista mínimamente riguroso y contrastado?
Pues estamos, creo, en una crisis absoluta de la manera en que nos informamos. Es la época en la que más información tenemos y, al mismo tiempo, la época en la que más desinformada está la gente.
Porque es tal el alud de información, es tal el descrédito de la autoridad y la erosión de la verdad, que nos encontramos ante un panorama en el que muchas personas terminan simplemente creyendo el relato que les resulta más emocionalmente eficaz en vez de contrastarlo con los hechos.
Madrid se presenta hoy como uno de los grandes referentes de la cultura contemporánea. ¿Existe el riesgo de que esa enorme oferta deje de funcionar como espacio crítico y termine integrada en las lógicas de la turistificación, la gentrificación y la economía de mercado?
Bueno, por supuesto, creo que las tres cosas son ciertas. Por un lado, tenemos en Madrid una vida efectivamente vibrante, diversa y llena de propuestas y, por otro, por supuesto, estamos en medio de la ola del capitalismo tardío, que tiene el turismo como uno de sus principales instrumentos de ganancias y monetización. Tampoco hay que dejar de tener presente que es maravilloso tener una actividad cultural enorme y que eso, por supuesto, constituye un polo de atracción turística. Al mismo tiempo, el turismo está generando en todas las ciudades desafíos y riesgos para la vida de los ciudadanos de esas mismas ciudades que tampoco pueden ignorarse.
¿Pero es ahora más inocuo este asunto que antes en el ámbito de la cultura contemporánea?
Bueno, lo que sí ha pasado es que ha terminado produciéndose una normalización incluso de la provocación. Entonces, lo que antes escandalizaba, ahora ya casi no escandaliza. Se asume como una parte más del discurso.
Casi una nueva corriente…
Exacto. Es raro que algo realmente sacuda ya a un público que está mucho más acostumbrado a que la provocación sea una parte natural del pensamiento contemporáneo.









