Friss, profesor de Historia en la Universidad James Madison, comenzó a interesarse por estos establecimientos a través del trabajo de su esposa como librera. Sus conversaciones le mostraron cuánto podían significar para quienes los frecuentaban. Aquella experiencia dio paso a una investigación sustentada en archivos, testimonios orales, registros municipales, cartas, diarios y entrevistas. El recorrido comprende más de dos siglos y atiende tanto a los modelos de negocio como a las personas que compraban, recomendaban y vendían los libros.
La reconstrucción histórica norteamericana se remonta a la Filadelfia de Benjamin Franklin, donde la venta de publicaciones compartía espacio con la imprenta y con otras mercancías. Producir y distribuir textos eran actividades estrechamente vinculadas. Esa proximidad entre oficios reaparece, bajo otras condiciones, en Old Corner, el establecimiento de Boston asociado a William Ticknor y James T. Fields. Durante el siglo XIX, su relación con la edición y la presencia de escritores como Nathaniel Hawthorne y Ralph Waldo Emerson hicieron de la tienda un lugar de intercambio literario. Allí coincidían quienes escribían, quienes publicaban y quienes acudían a buscar lecturas.
El tamaño del negocio introdujo nuevas posibilidades de mediación. En Chicago, Marcella Burns Hahner dirigió durante casi tres décadas la sección de libros de Marshall Field & Company. Las firmas de autores, las presentaciones y las ferias formaron parte de su estrategia comercial. Su actividad permite examinar cómo la capacidad de convocatoria de unos grandes almacenes podía ponerse al servicio de la recomendación literaria. La escala ampliaba los recursos para atraer compradores; el criterio dependía de cómo se elegían y presentaban las obras.
En Gotham Book Mart, esa elección llegó a enfrentar a su fundadora con la censura. Frances Steloff defendió desde Nueva York la literatura de vanguardia y sostuvo la circulación de publicaciones perseguidas. Importar y vender obras prohibidas de autores como James Joyce o Henry Miller suponía exponerse a incautaciones y procedimientos judiciales. El catálogo dejaba de ser una relación de títulos disponibles: conservar determinadas obras a la venta exigía asumir riesgos personales y económicos.
El recorrido por las librerías de segunda mano plantea otro problema de circulación. Book Row, en torno a la Cuarta Avenida neoyorquina, concentró numerosos establecimientos entre los que nació Strand. Sus existencias prolongaban la vida comercial de libros usados y descatalogados, permitiendo encontrar títulos que ya no ocupaban las mesas de novedades. Ese trabajo dependía de comprar, clasificar y conservar ejemplares cuya demanda podía ser incierta. La memoria editorial también requería almacén y espacio en los estantes.
La relación entre libros y organización colectiva adquiere un carácter explícito en Oscar Wilde Memorial Bookshop. Fundada en Nueva York por Craig Rodwell en 1967, su dedicación a la literatura gay ofreció un lugar de reconocimiento para lectores que encontraban escasas referencias en otros comercios. El establecimiento estuvo vinculado a la actividad del movimiento por los derechos homosexuales. La posibilidad de reunirse alrededor de esas lecturas acompañaba la construcción de una presencia pública.
La inclusión de Aryan Book Store impide atribuir una orientación emancipadora a cualquier comunidad formada entre libros. Este establecimiento pronazi de Los Ángeles, abierto en los años treinta, utilizó el comercio de publicaciones para difundir propaganda. Su presencia en la investigación de Friss obliga a distinguir entre la capacidad de congregar y los fines de quienes la ejercen. El mismo formato comercial podía facilitar la defensa de personas perseguidas o proporcionar un lugar de difusión a quienes promovían su exclusión.
De estos casos se desprende una lectura que va más allá del apego sentimental a las librerías. Su influencia exige examinar decisiones concretas: qué obras se ofrecen, qué autores reciben atención, qué públicos encuentran un espacio y qué intereses políticos aprovechan esa relación. La defensa del establecimiento físico frente al comercio digital resulta incompleta si prescinde de esas diferencias.
La continuidad de las librerías depende, además, de unas condiciones económicas que el reconocimiento cultural no resuelve por sí solo. Comprar existencias, mantener un local y dedicar tiempo a orientar al lector forman parte del trabajo que hace posible el encuentro. La cercanía tiene un coste; también lo tienen la especialización, la conservación de fondos y la defensa de títulos incómodos. Las trayectorias reunidas por Friss permiten observar cómo se han afrontado esas exigencias desde negocios muy distintos.
La investigación devuelve presencia histórica a quienes han trabajado detrás de los nombres que recomiendan. Desde el impresor que vende sus publicaciones hasta la librera que desafía una prohibición, Friss reconstruye un oficio capaz de intervenir en la circulación de las ideas. Su responsabilidad se reconoce en decisiones concretas: mantener disponible una obra perseguida, dar espacio a una literatura relegada o poner el establecimiento al servicio de la propaganda. La historia del libro también se escribe desde quien lo vende.
‘La librería’ apareció originalmente en Viking en 2024 con el título ‘The Bookshop: A History of the American Bookstore’. Ha sido publicada en castellano por Maeva, con prólogo de Jorge Carrión, traducción de Milo J. Krmpotic y portada de Andrea Reyes.









