En pocos años, los chatbots han pasado de ser asistentes funcionales a “compañeros” que escuchan, recuerdan y acarician el ego del usuario. Bajo una apariencia de diálogo espontáneo, estas inteligencias artificiales han encontrado en la crónica de la carencia emocional y sexual, un mercado boyante. Ya no se limitan a dar respuestas útiles: seducen, se adaptan y simulan vínculos, abriendo la puerta a relaciones que, para muchos, resultan tan absorbentes como las humanas. El fenómeno, sin embargo, plantea interrogantes éticos, legales y psicológicos de gran calado. Al principio, eran simples programas que contestaban preguntas. Pero en algún punto del camino, el algoritmo dejó de limitarse a servir… y comenzó a escuchar. Los Chatbots aprendieron a imitar la empatía, a recordar detalles, a modular su voz para sonar cercano. Ahora, en miles de pantallas encendidas de madrugada, esos chatbots románticos no son solo herramientas: son “compañeros”, “parejas virtuales” y hasta “amantes”. La intimidad se ha convertido en un producto de consumo, empaquetada en suscripciones y promesas virtuales de cariño inagotable.