Ruizpalacios sitúa la acción en una cocina industrial de Nueva York, un espacio cerrado que funciona como una fábrica sin ventanas. Allí no se cocina comida: se cocina tiempo. Se cocina desgaste. Se cocina precariedad. El reloj no marca horas, marca cuerpos que se van agotando al compás de una impresora de pedidos interminables que lanza comandas indefinidamente. Cada pedido es una orden. Cada error, una culpa que el sistema capitalista neoliberal te cobra con sangre. Cada pausa, una traición al ritmo impuesto. La cocina es una máquina que no admite fallos humanos, pero se alimenta exclusivamente de ellos en el ambiente hostil de la a jungla neoyorquina.
Desde el primer plano, La cocina se articula como una película sobre el trabajo contemporáneo y sus ficciones. La ficción del ascenso, la ficción del mérito, la ficción de la igualdad de oportunidades. Los personajes —interpretados con una brillantez notable por Raúl Briones, Rooney Mara, Soundos Mosbah y un elenco coral que nunca se diluye— no son héroes ni víctimas puras. Son engranajes conscientes de su reemplazabilidad. Saben que si se rompen, alguien ocupará su lugar. Y aun así siguen en un bucle de sueños rotos.
La película no romantiza el sacrificio. Lo expone. Lo vuelve incómodo. La cocina es un espacio donde el sudor no dignifica, solo lubrica el mecanismo. Donde el cuerpo migrante —latino, árabe, racializado— sostiene la promesa de una ciudad que nunca lo reconocerá del todo. En ese sentido, La cocina dialoga con una larga tradición de relatos sobre la migración, pero evita el sentimentalismo. Aquí no hay música subrayando la nostalgia ni discursos edificantes sobre el “sueño americano”. Hay cansancio. Hay rabia contenida. Hay una dignidad que no pide aplausos, solo un respiro. La fotografía juega con maestría con el blanco y negro para acentuar la claustrofobia de los personajes y los planos, se suceden con un ritmo frenético bien hilvanado que mantiene al espectador inmerso en ese micromundo sórdido que la sociedad consumista contemporánea, ha dado por bueno.
El personaje de Rooney Mara introduce una grieta ética fundamental: el deseo. No solo el deseo amoroso o sexual, sino el deseo de escapar, de no quedar atrapado para siempre en la lógica del turno infinito. En La cocina, amar es un acto peligroso. Querer algo más que sobrevivir es una forma de insubordinación. La intimidad, en este contexto, se convierte en un lujo subversivo. No porque esté prohibida explícitamente, sino porque el sistema no deja espacio para ella.
Ruizpalacios filma los cuerpos con una precisión casi documental. Manos que cortan, cargan, limpian. Espaldas encorvadas. Miradas que esquivan el contacto visual para no perder segundos. El lenguaje corporal sustituye muchas veces al diálogo. La cocina habla a través del ruido: platos que chocan, extractores que rugen, órdenes que se gritan en varios idiomas. No hay silencio, porque el silencio sería pensamiento. Y pensar, en este espacio, es peligroso.
Desde un punto de vista filosófico, La cocina plantea una pregunta incómoda: ¿qué valor tiene el trabajo cuando ha perdido toda promesa de sentido? Hannah Arendt distinguía entre labor, trabajo y acción. La labor, decía, es aquello que se repite para sostener la vida; el trabajo, lo que produce un mundo; la acción, lo que nos vincula políticamente. En La cocina, todo se reduce a labor. No se construye mundo, no se genera comunidad duradera, no hay acción transformadora. Solo repetición. Solo desgaste. Solo la ilusión de que mañana será distinto.
Ética y políticamente, la película señala sin discursos explícitos la hipocresía de un sistema que celebra la diversidad mientras se alimenta de la desigualdad. La cocina es multicultural, sí, pero no es justa. Los acentos conviven, pero no dialogan en igualdad. La diversidad aquí no es un valor: es una estrategia de producción. Un mosaico de precariedades que se neutralizan entre sí.
La dimensión cómica —presente de forma intermitente— no aligera el drama, lo afila. La risa surge como mecanismo de defensa, como descarga momentánea ante lo insoportable. Es una comedia sin alivio, una risa que no libera, solo retrasa el colapso. En ese sentido, La cocina se inscribe en una tradición de cine social que entiende el humor como una forma de resistencia mínima, casi desesperada.
El reconocimiento que la película ha obtenido —su paso por la Berlinale, su estreno como producción original de Max, las múltiples nominaciones y premios Ariel— no es casual. La cocina toca una herida contemporánea: la normalización de la explotación bajo el discurso de la oportunidad. Nos recuerda que detrás de cada plato servido con rapidez hay una cadena de cuerpos invisibles sosteniendo el ritmo.
Pero quizá lo más inquietante de La cocina no sea lo que muestra, sino lo que deja fuera. No vemos el comedor. No vemos a los clientes. No vemos el momento del disfrute. Solo intuimos su existencia a través de la presión que ejercen. El placer ocurre en otro lugar, lejos del sudor. La película nos obliga a mirar donde normalmente no miramos. A quedarnos en la trastienda del mundo.
En última instancia, La cocina no es solo una película sobre restaurantes o migración. Es una parábola sobre una sociedad que ha convertido el trabajo en una prueba moral constante, donde descansar es sospechoso y detenerse es fracasar. Ruizpalacios no ofrece soluciones ni finales redentores. Ofrece una mirada. Una mirada incómoda, sostenida, ética. Y eso, en un panorama audiovisual saturado de anestesia, es un gesto profundamente político.









