Urban Beat Contenidos

La cocina del “Sueño Americano”

Hay lugares donde el mundo se condensa. Espacios aparentemente funcionales que, al mirarlos de cerca, revelan una arquitectura moral. La cocina profesional es uno de ellos. En “La cocina”, Alonso Ruizpalacios no filma un restaurante: filma un sistema, desarrolla el concepto del consumismo, la inmediatez y la incomunicación subyacente al concepto del “Sueño Americano”. Un microcosmos donde la velocidad, la jerarquía, el deseo y la violencia estructural se mezclan como ingredientes imposibles de separar, si se quiere tener un plato excelente. La película —dramática, corrosiva, a ratos brutal y a ratos irónicamente cómica— no adapta tanto la obra teatral de Arnold Wesker, sino que la reencarna en una época donde el trabajo ya no promete redención, solo supervivencia. Lo mejor sería la desproporcionada percepción que la película tiene de su propia importancia y lo peor, demasiada ambición a la hora de crear demasiados personajes cuyas historias, quedan frenéticamente irresueltas.

Ruizpalacios sitúa la acción en una cocina industrial de Nueva York, un espacio cerrado que funciona como una fábrica sin ventanas. Allí no se cocina comida: se cocina tiempo. Se cocina desgaste. Se cocina precariedad. El reloj no marca horas, marca cuerpos que se van agotando al compás de una impresora de pedidos interminables que lanza comandas indefinidamente. Cada pedido es una orden. Cada error, una culpa que el sistema capitalista neoliberal te cobra con sangre. Cada pausa, una traición al ritmo impuesto. La cocina es una máquina que no admite fallos humanos, pero se alimenta exclusivamente de ellos en el ambiente hostil de la a jungla neoyorquina.

Desde el primer plano, La cocina se articula como una película sobre el trabajo contemporáneo y sus ficciones. La ficción del ascenso, la ficción del mérito, la ficción de la igualdad de oportunidades. Los personajes —interpretados con una brillantez notable por Raúl Briones, Rooney Mara, Soundos Mosbah y un elenco coral que nunca se diluye— no son héroes ni víctimas puras. Son engranajes conscientes de su reemplazabilidad. Saben que si se rompen, alguien ocupará su lugar. Y aun así siguen en un bucle de sueños rotos.

La película no romantiza el sacrificio. Lo expone. Lo vuelve incómodo. La cocina es un espacio donde el sudor no dignifica, solo lubrica el mecanismo. Donde el cuerpo migrante —latino, árabe, racializado— sostiene la promesa de una ciudad que nunca lo reconocerá del todo. En ese sentido, La cocina dialoga con una larga tradición de relatos sobre la migración, pero evita el sentimentalismo. Aquí no hay música subrayando la nostalgia ni discursos edificantes sobre el “sueño americano”. Hay cansancio. Hay rabia contenida. Hay una dignidad que no pide aplausos, solo un respiro. La fotografía juega con maestría con el blanco y negro para acentuar la claustrofobia de los personajes y los planos, se suceden con un ritmo frenético bien hilvanado que mantiene al espectador inmerso en ese micromundo sórdido que la sociedad consumista contemporánea, ha dado por bueno.

El personaje de Rooney Mara introduce una grieta ética fundamental: el deseo. No solo el deseo amoroso o sexual, sino el deseo de escapar, de no quedar atrapado para siempre en la lógica del turno infinito. En La cocina, amar es un acto peligroso. Querer algo más que sobrevivir es una forma de insubordinación. La intimidad, en este contexto, se convierte en un lujo subversivo. No porque esté prohibida explícitamente, sino porque el sistema no deja espacio para ella.

Ruizpalacios filma los cuerpos con una precisión casi documental. Manos que cortan, cargan, limpian. Espaldas encorvadas. Miradas que esquivan el contacto visual para no perder segundos. El lenguaje corporal sustituye muchas veces al diálogo. La cocina habla a través del ruido: platos que chocan, extractores que rugen, órdenes que se gritan en varios idiomas. No hay silencio, porque el silencio sería pensamiento. Y pensar, en este espacio, es peligroso.

Desde un punto de vista filosófico, La cocina plantea una pregunta incómoda: ¿qué valor tiene el trabajo cuando ha perdido toda promesa de sentido? Hannah Arendt distinguía entre labor, trabajo y acción. La labor, decía, es aquello que se repite para sostener la vida; el trabajo, lo que produce un mundo; la acción, lo que nos vincula políticamente. En La cocina, todo se reduce a labor. No se construye mundo, no se genera comunidad duradera, no hay acción transformadora. Solo repetición. Solo desgaste. Solo la ilusión de que mañana será distinto.

Ética y políticamente, la película señala sin discursos explícitos la hipocresía de un sistema que celebra la diversidad mientras se alimenta de la desigualdad. La cocina es multicultural, sí, pero no es justa. Los acentos conviven, pero no dialogan en igualdad. La diversidad aquí no es un valor: es una estrategia de producción. Un mosaico de precariedades que se neutralizan entre sí.

La dimensión cómica —presente de forma intermitente— no aligera el drama, lo afila. La risa surge como mecanismo de defensa, como descarga momentánea ante lo insoportable. Es una comedia sin alivio, una risa que no libera, solo retrasa el colapso. En ese sentido, La cocina se inscribe en una tradición de cine social que entiende el humor como una forma de resistencia mínima, casi desesperada.

El reconocimiento que la película ha obtenido —su paso por la Berlinale, su estreno como producción original de Max, las múltiples nominaciones y premios Ariel— no es casual. La cocina toca una herida contemporánea: la normalización de la explotación bajo el discurso de la oportunidad. Nos recuerda que detrás de cada plato servido con rapidez hay una cadena de cuerpos invisibles sosteniendo el ritmo.

Pero quizá lo más inquietante de La cocina no sea lo que muestra, sino lo que deja fuera. No vemos el comedor. No vemos a los clientes. No vemos el momento del disfrute. Solo intuimos su existencia a través de la presión que ejercen. El placer ocurre en otro lugar, lejos del sudor. La película nos obliga a mirar donde normalmente no miramos. A quedarnos en la trastienda del mundo.

En última instancia, La cocina no es solo una película sobre restaurantes o migración. Es una parábola sobre una sociedad que ha convertido el trabajo en una prueba moral constante, donde descansar es sospechoso y detenerse es fracasar. Ruizpalacios no ofrece soluciones ni finales redentores. Ofrece una mirada. Una mirada incómoda, sostenida, ética. Y eso, en un panorama audiovisual saturado de anestesia, es un gesto profundamente político.

Compartir:

Facebook
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Descarga ahora el último número de nuestra revista!

‘The Circle Project’ de Bouchra Khalili reconstruye las luchas migrantes que Francia dejó fuera de plano

Una huelga, una candidatura imposible, unos grupos de teatro y apenas unas pocas imágenes supervivientes. De ese archivo incompleto parte Bouchra Khalili para reconstruir en ‘The Circle Project’, que inaugura La Casa Encendida, la historia del Movimiento de Trabajadores Árabes (MTA) y de Al Assifa y Al Halaka, dos colectivos escénicos nacidos en la Francia de los años setenta al calor de las luchas migrantes por la igualdad de derechos. Más que restituir un episodio olvidado, la artista marroquí-francesa examina cómo una comunidad puede narrarse cuando buena parte de sus huellas ha desaparecido. La muestra podrá apreciarse del 10 de septiembre al 29 de noviembre.

Charli XCX deja atrás ‘Brat’ para perderse en la Varsovia de ‘Erupcja’

En el verano de 2024, el verde ácido de ‘Brat’ se había extendido por las redes sociales y las pistas de baile cuando Charli XCX llegó a Varsovia para rodar una película sin guion cerrado, con un equipo reducido y una idea todavía en construcción. Pete Ohs decidió filmarla en pleno ascenso del fenómeno, aunque eligió el camino menos previsible: alejarla de su imagen pública y confiarle un personaje tímido, vulnerable e incapaz de gobernar aquello que comienza a desear. El resultado es ‘Erupcja’, que ELÁSTICA estrena en cines este viernes 28 de agosto. La película llega a las salas españolas después de formar parte de la 16.ª edición del Atlàntida Mallorca Film Fest. Su título significa ‘erupción’ en polaco y anuncia una doble fractura: la del volcán que paraliza el viaje de sus protagonistas y la de una mujer que descubre, lejos de casa, que la vida prevista puede derrumbarse con la misma brusquedad que una certeza geológica.

‘Gone’ enfrenta a Eve Myles y David Morrissey en una partida de poder y control

‘Gone’, la nueva serie de George Kay, creador de ‘Lupin’ y ‘The Long Shadow’, reúne a David Morrissey y Eve Myles en torno a la desaparición de Sarah Polly, esposa del director de un prestigioso colegio privado. A partir del caso, el thriller explora la ambigua relación entre una detective y su principal sospechoso, mientras la aparente estabilidad de una familia respetable comienza a desmoronarse. Estrenada originalmente el 8 de marzo de 2026 en ITV1 e ITVX, ‘Gone’ podrá verse en España a partir del 1 de septiembre en Filmin.

‘Ser Hamlet’ disputa quién tiene derecho a encarnar el canon

Durante un año, ocho actores con síndrome de Down entraron en una sala de ensayo para descubrir qué podían decirle sus propias vidas a Hamlet. De las cerca de 500 horas que registraron aquel encuentro nació ‘Ser Hamlet’, el primer largometraje de Chela de Ferrari, estrenado mundialmente el 7 de agosto de 2026 en el Teatro NOS de la PUCP, dentro del Festival Internacional de Cine de Lima. Sus 82 minutos no relatan una hazaña de superación: observan a ocho profesionales disputar el derecho a ocupar Shakespeare sin pedir permiso a quienes todavía administran las fronteras del canon.

Gabriel Azorín proyecta en ‘Anoche conquisté Tebas’ una mirada queer sobre los silencios masculinos

El cineasta conversa con Urban Beat sobre la gestación de ‘Anoche conquisté Tebas’, la vulnerabilidad masculina, el tiempo, la creación colectiva y la necesidad de defender un cine situado fuera de la lógica inmediata del mercado. Una tarde de invierno de 2017, Gabriel Azorín levantó la cabeza desde una bañera con forma de sarcófago en las termas romanas de Bande y descubrió que aquella oscuridad estrellada podía reunir varios tiempos y devolver a los hombres aquello que durante siglos habían aprendido a callar. De aquella imagen nació ‘Anoche conquisté Tebas’, una película nocturna, radical y deliberadamente antiproductiva que necesitó seis años de trabajo antes de llegar a Venecia. «He callado muchas conversaciones que no llegué a tener con mis amigos; no fui capaz de reconocerles determinados miedos, de relacionarme con su vulnerabilidad o de mostrar la mía. A través de esas termas y de sus aguas mágicas, los personajes se atreven a hacer lo que yo no hice. Es una de las ventajas de la ficción: puede ser mejor que la vida».
Desde su estreno mundial en las Giornate degli Autori, la ópera prima de ficción de Azorín ha pasado por Nueva York, Viena, Gante y Tesalónica; ha obtenido el Premio Especial FUNDOS en la Seminci, el Grand Prix Janine Bazin y una mención especial en Belfort, y ha sumado otro reconocimiento en el D’A de Barcelona. El próximo 28 de agosto llegará a los cines de Madrid. La crítica ha celebrado su fotografía, su dominio del espacio y su aproximación insólita a la intimidad de los hombres: «Yo diría que es una mirada queer sobre el universo heterosexual», afirma el director.
Esa resistencia a complacer forma parte del sentido de la película: Gabriel Azorín no filmó para conquistar el mercado, sino para construir un territorio donde la amistad, el miedo y la necesidad de afecto pudieran escapar de los códigos que históricamente han condicionado su expresión.
Nacido en Hellín en 1981, Azorín se formó en la ECAM y cursó un posgrado en la Elías Querejeta Zine Eskola. Es miembro del colectivo de investigación artística lacasinegra, junto a María Antón Cabot, Carlos Pardo Ros y Elena López Riera. Tras dirigir varios cortometrajes y el largometraje documental ‘Los mutantes’, ha debutado en la ficción con una obra ambientada casi por completo en las termas de Bande, en Ourense, donde jóvenes contemporáneos y soldados romanos quedan unidos por el agua, la noche y una misma necesidad de afecto.

Steven Spielberg protagoniza la 18.ª Gala Benéfica de Cine del MoMA

Steven Spielberg ayudó a construir el Hollywood contemporáneo y también ha pasado medio siglo interrogando las consecuencias de aquella maquinaria. Convirtió el miedo en acontecimiento colectivo, devolvió los dinosaurios a la Tierra, hizo de la infancia una patria amenazada y llevó algunos de los grandes traumas del siglo XX hasta el centro del espectáculo popular. Esa doble condición —autor reconocible y figura decisiva de la industria— será el núcleo del homenaje que la 18.ª Gala Benéfica de Cine del Museo de Arte Moderno de Nueva York, presentada por CHANEL, le rendirá el 12 de noviembre de 2026.

También te puede interesar

Adam Pendleton reescribe la gramática de la abstracción en el Stedelijk

La abstracción puede parecer un territorio sin mundo, una superficie donde la forma se emancipa de aquello que representa. Adam Pendleton trabaja precisamente contra esa comodidad. En su obra, geometría, gesto y lenguaje no se retiran de la historia: permanecen sometidos a sus fricciones políticas, raciales y culturales. Esa tensión articula ‘Some Wild Kind of Language’, la primera exposición individual del artista en un museo de los Países Bajos, que podrá verse en el Stedelijk Museum de Ámsterdam del 10 de octubre de 2026 al 17 de enero de 2027.

‘Tiempo de correspondencia’ o el derecho a pensar despacio

En una época en la que casi todo mensaje parece exigir una respuesta inmediata, Xesús Fraga y Xerardo Quintiá recuperan una forma de comunicación que obliga a hacer exactamente lo contrario: esperar. ‘Tiempo de correspondencia’ nace del intercambio de cartas entre el Premio Nacional de Narrativa y el poeta y sitúa la amistad en un territorio poco habitual, lejos de la confidencia apresurada y también de la exhibición sentimental. Cada carta necesita tiempo para escribirse, silencio para llegar y atención para ser respondida. Ese intervalo, aparentemente improductivo, constituye el verdadero centro político y literario del libro. En tiempos de hiperconectividad, es una anomalía deliciosa empezar a pensar despacio.

Chun Zhang transforma el krabi krabong en una coreografía sobre poder y vulnerabilidad

La coreógrafa Chun Zhang, al frente de la compañía Yibu, presenta los días 17 y 18 de septiembre en la Sala Negra de Teatros del Canal Eclipse, una creación de 70 minutos que traslada el Krabi Krabong, arte marcial tailandés vinculado al manejo de armas y, en este caso, al doble bastón, al territorio de la danza contemporánea. Fuerza, identidad y empoderamiento femenino confluyen en una pregunta que atraviesa la pieza: qué puede hacer el cuerpo cuando la fractura exige resistencia, pero todavía deja espacio para la ternura y la cooperación.

¿Cuándo un niño deja de jugar y empieza a trabajar?

Un niño abre un regalo frente a una cámara durante la festividad de los Reyes Magos. La escena parece una idílica tarde en familia: ríe, se equivoca, enseña su habitación mientras sus padres graban. Sin embargo, cuando detrás de ese gesto existen millones de visualizaciones, acuerdos comerciales, calendarios de publicación e ingresos capaces de sostener una economía familiar, la intimidad cambia de naturaleza. El hogar continúa siendo hogar, pero puede funcionar también como espacio de producción, y el menor pasa a ocupar un papel económico y narrativo que quizá todavía no puede comprender plenamente. Ahí aparece una de las preguntas centrales de la cultura digital contemporánea: cuándo un niño que crea contenido empieza a trabajar, sin dejar de jugar.

Scroll al inicio

¡Entérate de todo lo que hacemos

Regístrate en nuestro boletín semanal para recibir todas nuestras noticias