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Entre África y Europa, Melilla; entre el alma y el corazón

Hace cuatro años puse en el retrovisor Melilla; la ciudad del "no me acuerdo". Hechizante, contradictoria, acogedora y africana, el milagro de la convicencia, la ciudad-estado-laboratorio, vuelve a mi memoria. Se me para el pulso y la urgencia de volver recorre mi cuerpo al escuchar el nombre de ese amor que me persigue y con el que tengo tantas cuentas que ajustar.
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MELILLA, MODERNISTA BARRIO A BARRIO.

Por Jaume Amills

Fotografía: José Abad, Javier Martínez Bueno, Jaume Amills, Danae

 

Hablar de Melilla es hablar de la una parte fundamental de la historia de España; muy en particular del siglo XX. La Guerra de África, que enfrentó a España con Marruecos y que dio lugar en 1863, por el tratado de Wad Rass, a la ampliación de los límites geográficos de Melilla, supuso para la ciudad un momento clave, ya que a partir de entonces se sentaron las bases para la creación de una sociedad civil; nacía una auténtica ciudad que a partir de aquel momento necesitaría todas las infraestructuras urbanísticas y arquitectónicas, necesarias para el crecimiento que iba a experimentar en las siguientes décadas.

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La Guerra de Margallo en 1893, pero sobre todo la Conferencia de Algeciras en 1904 determinaron parte del destino, y del mapa social y político de Europa Occidental y del Norte de África a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Los países más influyentes de Europa –Reino Unido, Francia, Italia, España o Alemania- y Estados Unidos, sentaron en Algeciras las bases para la creación de los protectorados en Marruecos, con el objetivo de impulsar el desarrollo económico en la zona y la estabilización política en el país vecino.

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Melilla poseía un lugar privilegiado en aquel contexto, ya que era una de las dos ciudades españolas que tendrían frontera terrestre con el Protectorado Español en Marruecos. Y esa circunstancia iba a ser aprovechada por numerosos empresarios de la península que veían posibilidad de establecer distintos tipos de comercio en la ciudad.

En ese escenario que situaba Melilla como ciudad emergente y de oportunidades, en el imaginario industrial y económico español, comienza a idearse una ciudad, claramente influenciada por su realidad militar, por el racionalismo urbanístico. Y precisamente en esa misma época, en Barcelona crecía con fuerza el Modernismo, un nuevo estilo arquitectónico de corte burgués, que pretendía romper con las escuelas racionalistas del siglo XIX. Barcelona y Melilla estuvieron unidas además, por la contienda militar de 1909 conocida como el Desastre del Barranco del Lobo. Muchos obreros barceloneses fueron abatidos por los ataques y el boicot de los cabileños, durante la construcción de las minas próximas a la frontera, cerca del Monte Gurugú. Aquel cruento conflicto precipitó hechos como la Semana Trágica de Barcelona y otros conflictos con Marruecos que culminaron con el desastre de Annual en 1925.

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Pero antes de eso, en 1909, Enrique Nieto, un joven arquitecto catalán, discípulo de Antonio Gaudí, y con quien había trabajado en la construcción de la Casa Milà de Barcelona (la Pedrera), llegó a Melilla; tal vez electrizado por las oportunidades de las que se hablaba, tal vez por amor, como algunas veces se ha dicho, a por ambas cosas. Lo cierto es que en aquel momento, en Melilla, todo estaba por hacer, y para un joven arquitecto lleno de lucidez, eso representaba una extraordinaria posibilidad.

Hablar, por tanto de Modernismo, de su nacimiento, de su expansión o de sus múltiples y poliédricas versiones es hablar de la historia civil de Melilla.

 

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El primer cuarto del siglo XX fue la etapa en la que se consolidó en Melilla una sociedad diversa, compuesta por gentes que provenían de la península, pero también de judíos sefardíes que llegaban del Norte de África o de otros lugares de Europa, atraídos seguramente por las oportunidades que brindaba una nueva ciudad con puerto franco y con frontera al Protectorado. Entre el año 1909 y 1931 Nieto construyó gran parte de los edificios modernistas que hoy son el emblema de la ciudad. Algunos de los más aclamados son el Edificio de la Reconquista, en la Plaza Menéndez Pelayo, la Cámara de Comercio de Melilla, el colorista y ornamentado edificio que se construye para David Melul en plena Avenida Juan Carlos I o el Casino Español. Enrique Nieto fue el encargado de realizar reformas en edificios ya existentes como es el caso del antiguo Economato Militar, en los que ya asumió las formas típicamente modernistas. Otros arquitectos como Fernando Guerrero, Emilio Alzugaray, o Manuel Fernández, Manuel Rivera, siguieron la influencia de este estilo proyectando edificios en el centro que datan de la misma época

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El racionalismo militar encuentra en el modernismo un complemento perfecto para idear una ciudad a la medida de las necesidades de sus nuevos habitantes. . El eclecticismo que nacía de esas dos formas de entender el urbanismo y la arquitectura inspiró a ingenieros militares como Salvador Navarro y José de La Gándara para realizar la Comandancia de Ingenieros de Melilla.

Así el Modernismo creció y encontró en Melilla una nueva versión de sí mismo en el año 1931 (fecha de que marca el inicio de la II República), sirve como punto de inflexión para la evolución del Modernismo en Melilla hacia el Art Decó, hecho de formas más simples y geométricas en los que todavía sigue presente el elemento decorativo como parte de la funcionalidad.

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Melilla es modernista barrio a barrio. Aunque el centro de la ciudad es la zona que más edificios concentra de esta disciplina, podemos encontrar edificios modernistas en casi todas las zonas de la ciudad.

La Mezquita de la calle García Cabrelles, construída por Nieto en 1945, de corte andalusí y califal corona el entrañable y colorista barrio de El Rastro. Y de ahí a la Calle Castelar o López Moreno podemos observar numerosas fachadas ornamentadas con los elementos del Modernismo.

La Casa Vicente Martínez, La Sinagoga de la Calle López Moreno, la Iglesia Castrense o la del Sagrado Corazón; hablar de la ruta de los templos es hablar de Melilla y de Modernismo.

Otro barrio claramente influenciado por el racionalismo militar y por el Modernismo es el popular Barrio del Real. Aunque la construcción de nuevos edificios ha proliferado y casi aniquilado parte del patrimonio arquitectónico del Real, aún se conservan algunas fachadas dignas de ser admiradas e incluso analizadas como son el Cine Español, fachadas de la calles Jiménez Iglesias, o el Mercado del Real en la Calle General Villalba.

El Edificio Casa de los Cristales, el Cine Perelló, el Teatro Kursaal, los Templos, los Parques y Plazas, el Casino Militar, el Palacio de la Asamblea en Plaza de España, el Edifico Monumental, son edificios llenos de belleza arquitectónica. En ellos vislumbramos la historia de la ciudad en el siglo XX, pero también el sueño de construir generando belleza, arte, cultura, estética y comodidad.

 

Todos ellos está afortunadamente sujetos a distintos planes promovidos por la Ciudad Autónoma de Melilla, que aseguran su conservación. El Modernismo es sin duda uno de los grandes activos y atractivos de Melilla.

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Melilla la Vieja, una ciudad interior por descubrir

Por Antonio Bravo Nieto. Cronista oficial de Melilla.

 

Hay tantas formas de explicar o entender Melilla que a veces es más sugerente dejar de hacerlo y emplear nuestro esfuerzo en vivirla con intensidad. Dejar descansar por un momento nuestra parte más racional y permitirle a los sentidos volar libremente y embriagarse en las muchas opciones que esta ciudad nos ofrece. Sospechamos que hay tantas Melillas como personas la han sentido como propia a lo largo de su historia. Las ciudades pueden actuar como foros donde resuenan sus propias leyendas y narraciones, museos de patrimonio y teatros de sentimientos, porque las ciudades son atemporales, aunque se disfrutan siempre en presente.

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Por esa razón existen una Melilla real y otra imaginada que surge fruto de las leyendas y las narraciones más distorsionadas, porque la misma distorsión siempre parte de lo que existe y las ciudades y sus gentes son reales, siempre presentes. La ciudad del futuro, frente a la ciudad del pasado que nos intriga y nos seduce cada vez que se lo propone.

Y puestos a elegir, uno de sus espacios más sugerentes y que más nos permite abstraernos hacia lo sensorial y al mismo tiempo hacia el mundo de las historias y leyendas, es Melilla la Vieja conocido también como el Pueblo. Y prefiero estos rotundos nombres frente al de ciudadela, que se popularizó en un afán de falsa modernización lingüística y deformación histórica, rayanos en cierto toque de cursilería.

Melilla la Vieja, por tanto, son muchas cosas, así que la primera recomendación al que pretenda conocerla es armarse de paciencia, desnudarse de las ataduras más serviles vinculadas al tiempo y a cualquier tipo de ondas inalámbricas o tecnología punta, y darle vía libre a los sentidos. La ciudad antigua puede entenderse racionalmente, pero es más sugerente que se la viva desde un cierto hedonismo, marcado por lo que se percibe, lo que se ve y lo que se disfruta. Les advierto que después de haber subido cientos de veces y paseado por sus calles, he conseguido disfrutar plenamente del tiempo que me dedica sólo cuando consigo desprenderme de la agobiante carga de datos históricos que puedo tener sobre ella; cuando me he dejado llevar por algo tan importante como son las sensaciones que uno percibe e intuye al pasear.

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Y he dicho subir, porque al Pueblo se sube, lo que ya determina una primera característica de su personalidad: es una ciudad alta, dominante; una ciudad que permite perspectivas, vistas, y hay que detenerse en ellas porque también lo que se ve permite saber mucho sobre el lugar desde donde se observa. Si subimos al torreón del Vigía de Tierra o a la torre de la Concepción, e imaginamos por un momento que no existe la ciudad moderna, veríamos una extraordinaria ventana hacia el campo, donde las murallas de color terroso y calizo, contrastarían con un campo cambiante, verde en invierno y reseco y árido en verano. Veríamos sus cañadas y cerros, sus playas salvajes y los cañaverales junto a los ríos que podían pasar del seco cauce a la torrencial avenida que incluso podía poner en peligro a las murallas más cercanas del Mantetele.

La primera sensación es que percibiríamos muchísimo la naturaleza que rodeaba a la ciudad. Pero también respiramos el sentimiento de protección y seguridad que las murallas ofrecen al que se sitúa dentro de ellas, porque el exterior es agreste y peligroso, en parte porque es desconocido.

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La percepción de que nos encontramos “dentro de” permanece siempre. Hoy día las ciudades modernas no tienen límites ni confines. Se pasa del centro a los barrios, de los barrios a las barridas más extremas y de ahí a los polígonos industriales pero ninguna muralla nos dice que nos hemos salido de la ciudad. Sin embargo en Melilla la Vieja siempre estaremos dentro de una muralla, lo que nos acota el espacio, que parece contener mucho mejor toda la historia que se sospecha cuando la recorremos, como extraordinaria caja acústica. Historia que se mantiene protegida en sus muros, aunque a veces también prisionera, en un proceso del que difícilmente puede liberarse.

Los efectos provocados por la luz cambiante es otro elemento imprescindible para entender esta Melilla sensorial. Los colores de la piedra y el ladrillo con los que está construida, y que afloran sin pudor por todas partes, forman una especie de cascarón que envuelve toda la ciudad, dándole al mismo tiempo su tono dominante. El color a veces incluso consigue diluir sus principales monumentos cuyas formas, arcos y dinteles permanecen camuflados en un homogéneo mundo pétreo. Pero estas murallas no serían Melilla si no estuvieran rodeadas por un el mar cambiante en su color y en su textura. Masa que oscila caprichosamente entre los azules más intensos a toda la gama de verdes, de acuerdo al lugar desde donde arrecia el viento. Por ello existe la claridad del Poniente, que baña los perfiles amurallados, frente a la forma que tiene de ensuciarlos lo apagado y grisáceo del Levante. Esta mezcla de tonalidades que envuelve a la ciudad, determina de tal manera su propio espíritu, que incluso sus vecinos ven alterados su propio carácter según la luz y los colores del día.

La noche es sin embargo mi momento preferido para recorrer sus calles. La luz de las farolas parece hacer surgir toda la magia y las historias que se van materializando en sus rincones, en sus baterías, adarves y torreones. El silencio también permite poder concentrar los sentidos y percibir otras visiones en lo que podemos llamar la textura de la visita, los pictóricos claroscuros que generan los sillares de los aljibes y almacenes, las sombras que envuelven a los blasones heráldicos o los rincones desenfocados que marcan la diferencia entre lo que se ve y lo que se percibe. Espacios en línea recta, en curva o en ángulo, que introducen sutilmente nociones de cronología que arranca desde el Renacimiento hasta llegar hasta las postrimerías del siglo XVIII. Juegos de la geometría cargados de intenciones científicas y testigo de opciones de experimentación en el campo de la arquitectura militar.

Y jamás puede quedarse fuera de nuestros pasos la entrada en algunos de los espacios subterráneos de la ciudad, los más vedados a la vista y por ello sujetos a que la imaginación pueda volar en ellos con toda libertad. Bajo tierra lo habitual es perder el sentido del espacio, del tiempo y de la orientación, pero esto que pudiera parecer algo negativo también puede utilizarse para interiorizar nuestra percepción de estas cuevas, lugares cuyas paredes parecen evocarnos en cacofónico silencio las historias de todos aquellos que las vivieron. Y sin duda una de las experiencias más impactantes es adentrarse y recorrer las minas militares, galerías que llegaron a desplegar varios kilómetros bajo el subsuelo y que recorren como las venas y arterias de un organismo todo el cuerpo de los cuatro recintos militares de Melilla la Vieja. Galerías que fueron construidas con un propósito absolutamente funcional destinado a defensa de la ciudad, pero cuyas sombras y ecos cuando son de nuevo penetradas por sus actuales visitantes parecen sugerir hechos que tal vez deberían ser contados o fabulados más por un novelista o poeta que por un historiador.

Lamentablemente Melilla no ha tenido un Lawrence Durrell que nos haya contado la ciudad como éste hizo en su novela El Cuarteto de Alejandría, ni con una película que la haya convertido en símbolo universal, aunque sea una falsificación tan bella como el filme Casablanca.

Me quedaré con dos de las muchas ciudades invisibles descritas por Italo Calvino para intentar entender esta Melilla ininteligible. La primera es Zaira, “la ciudad de los altos bastiones … hecha de relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado. En esta ola de recuerdos que refluye, la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas …”.

Y para una ciudad como Melilla, tan aparentemente diseñada en la funcionalidad extrema, no viene mal pensar que su origen pudiera ser precisamente todo lo contario, como Zenobia, de la que nos dice “No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron satisfechos con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y ya indescifrable diseño”.

Melilla la Vieja puede ser una de estas ciudades de Calvino, divididas entre aquellas que a través de los años y cambios siguen dando su forma a los deseos de sus moradores y aquellas otras en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por ella.  

 

Antonio Bravo Nieto

 

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Más información

https://melillaturismo.com/

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