Este concepto, popularizado por el psicólogo estadounidense Barry Schwartz en su libro The Paradox of Choice (2004), sostiene que, aunque la libertad de elegir es esencial para el bienestar, un exceso de opciones puede ser contraproducente. En vez de empoderarnos, nos aplasta. En lugar de sentirnos afortunados, nos sentimos culpables, confundidos, insatisfechos. ¿Cómo puede ser que cuanto más tenemos para elegir, peor nos sentimos? Fácil: porque nuestra psique no fue diseñada para enfrentarse a un catálogo infinito de posibilidades. Porque al elegir algo, inevitablemente dejamos de elegir todo lo demás, y ese “todo lo demás” se convierte en una sombra rencorosa que nos persigue con preguntas crueles: ¿y si la otra opción era mejor?
Maximizers vs. Satisficers: los dos polos del (des)contento
En esta tragicomedia moderna del sujeto atrapado entre la abundancia y la ansiedad, emergen dos tipos psicológicos definidos por su forma de enfrentar las decisiones: los Maximizers y los Satisficers.
El Maximizer (maximizador, para entendernos) es ese espécimen que no se conforma con una buena opción; quiere la mejor opción posible. No compra un abrigo, investiga todos los abrigos de Europa antes de decidir. No reserva un hotel, compara durante tres semanas, consulta 54 reseñas, y al llegar, sigue dudando si debió haber elegido el otro con desayuno bufé y vistas al mar. El Maximizer vive en una búsqueda permanente del óptimo absoluto. Y como suele suceder, quien persigue la perfección acaba abrazando la frustración.
Los estudios psicológicos muestran que los Maximizers, aunque a veces objetivamente eligen mejor (compran el producto con más prestaciones, el viaje con mejor puntuación media), se sienten peor con sus decisiones. Experimentan más arrepentimiento, más ansiedad, menos satisfacción. Su problema no es de lógica, sino de emoción: el Maximizer vive obsesionado con el “¿y si…?”, atrapado en un multiverso imaginario de opciones no escogidas.
Por el contrario, el Satisficer (satisfactor, en un español algo feúcho) busca algo que sea suficientemente bueno. No necesita el mejor abrigo, solo uno que abrigue. No necesita la mejor app de meditación, sino una que funcione sin anuncios. No necesita el alma gemela estadísticamente compatible, sino alguien con quien no le moleste compartir el sofá. El Satisficer valora su tiempo, su energía mental y su salud emocional. Y por ello, paradójicamente, es más feliz.
No porque sea menos exigente, sino porque ha aprendido una verdad incómoda: el coste de perseguir la perfección es demasiado alto, y el retorno emocional, dudoso.
Ironías del consumidor ilustrado
Lo irónico del asunto es que esta patología de la elección se ha instalado en el corazón mismo de nuestras democracias liberales. Se nos enseñó que elegir era sinónimo de libertad, que la abundancia era símbolo de progreso, y que quien no escoge bien es porque no ha investigado lo suficiente. Pero la vida contemporánea parece más un supermercado infinito que una fiesta de la autonomía. Cada pasillo es una trampa. Cada decisión, una losa. Y lo que es peor: hemos internalizado que la culpa es nuestra. Si no somos felices, es porque elegimos mal. Si nuestra relación no funciona, es porque podríamos haber swipeado un poco más. Si el máster que hicimos no nos llena, es porque quizás había otro más transformador en Finlandia.
Así, el acto de elegir, que debería ser liberador, se convierte en un mecanismo de autoflagelación. Hemos convertido la libertad en un tirano de rostro amable. Y el Maximizer es su siervo devoto: siempre comparando, siempre optimizando, siempre angustiado. El Satisficer, en cambio, tiene algo de hereje: desafía la lógica del algoritmo, se entrega al azar, confía en su intuición, acepta lo imperfecto. Es, en cierto modo, un resistente espiritual.
No se trata de fomentar la mediocridad ni de abandonar el criterio. Se trata, más bien, de recuperar una relación saludable con el acto de decidir. De asumir que toda elección implica una pérdida y que está bien no tenerlo todo. Que no siempre hay una opción perfecta. Que más importante que comparar es comprometerse con lo que se elige. Y que la vida —esa cosa que ocurre mientras sopesamos si pedir pad thai o ramen— no espera.
En última instancia, quizá el mayor acto de rebeldía sea elegir y no mirar atrás. O, al menos, no demasiado. Quizá la verdadera sabiduría consista en decir: este yogur está bien. Y comérselo sin leer la etiqueta de los otros cuarenta y dos.
Porque a veces, en el arte de vivir, como en el supermercado, lo “suficientemente bueno” es más que suficiente. El consumidor ilustrado, lo sabe.









