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Ser artista o no serlo: dilemas de una vocación desangelada en la Europa de 2025

En la Europa de 2025, ser artista sigue siendo una de esas decisiones que se confunden con el destino o con el error, de eso sabe mucho Anna Blandiana. Como si fuera una enfermedad congénita o una herida abierta, dedicarse al arte —escribir, pintar, componer, filmar— implica asumir una forma de extranjería dentro de la propia vida. El discurso neoliberal, con su obsesión por la productividad, la marca personal y la monetización del talento, ha dejado poco espacio para el mito romántico del creador solitario que vive al margen del mundo. Pero esa figura aún persiste en el imaginario colectivo, como un fantasma que se niega a ser exorcizado.

El artista, en 2025, en Europa ya no es el genio maldito que revoluciona el mundo desde un desván, sino el trabajador precario que hace vídeos en TikTok para promocionar su poemario auto editado, o su multitud de pájaros negros que ostentan su labor como camareros mal pagados, por poner un ejemplo bonito. Entre becas inalcanzables, algoritmos que exigen contenidos constantes y un mercado editorial domesticado, la pregunta “¿Ser artista o no serlo?” ya no tienes respuestas literarias, sino logísticas: ¿Puedo pagar el alquiler? ¿Podré seguir creando si acepto este trabajo de oficina mal pagados por esbirros vestidos de negro? ¿Aguantaré otra convocatoria pública sin respuesta?

El silencio como forma de resistencia

 

Quizá la forma más radical de entender el arte hoy, sea el silencio. Es decir, no publicar, no exhibirse, no formar parte del mercado de la visibilidad. En tiempos en que la exposición constante parece una obligación ontológica —publicar o desaparecer—, renunciar a participar puede ser un gesto político y literario mal visto. Un artista que no produce a demanda, que no “sube contenido”, que no vende su vulnerabilidad en redes, desafía los códigos del sistema.

Es posible que en los márgenes del sistema cultural español se estén gestando las obras más profundas de nuestra época: diarios inéditos, poemas escritos a mano en cuadernos escolares, performances no documentadas. Arte que existe por sí mismo, no para un público, no para un algoritmo. Y sin embargo, ahí vuelve el dilema: ¿Vale el arte si nadie lo ve? ¿Es artista quien crea en secreto?

La vocación como condena

 

Decía Rilke que si uno puede vivir sin escribir, no debería escribir. En 2025, esta idea sigue vigente, pero con un matiz trágico. Muchos artistas españoles no pueden dejar de crear, pero tampoco pueden vivir de ello. Escriben, componen o pintan mientras trabajan de camareros, repartidores o asistentes virtuales de trasnacionales vagabundas que parasitan su propia ineficiencia. La vocación artística se convierte, entonces, en una forma de resistencia íntima: seguir haciendo algo inútil, algo que no cotiza ni se capitaliza, en un mundo obsesionado con el beneficio.

Ser artista hoy no es una elección; es una forma de insistencia. De fidelidad a una visión que muchas veces no encuentra eco. No se trata de tener éxito, sino de no traicionarse. No se trata de brillar, sino de persistir.

Contra la utilidad

 

En última instancia, la pregunta ¿Ser artista o no serlo? tal vez esté mal formulada. No se trata de elegir una profesión, sino de aceptar una manera de estar en el mundo: con incomodidad, con preguntas, con disonancia. Ser artista en 2025 en España es seguir creyendo —a veces contra toda lógica— que hay formas de verdad que solo el arte puede alcanzar. Es vivir entre el deseo de comunicar y el temor a ser irrelevante. Es escribir aunque nadie lea, pintar aunque nadie compre, filmar aunque nadie vea. Existir por el mero hecho de existir. Y quizás ahí, en esa inutilidad radical, está su potencia o, viceversa.

“La vocación no se elige, se sobrevive”

 

Esa frase de Ana Blandiana —“La vocación no se elige, se sobrevive”— tiene una fuerza contundente y paradójica. Sugiere que la vocación, lejos de ser una elección racional o una aspiración idealizada, es una carga, una especie de destino inevitable que se impone sobre el sujeto. Uno no la escoge libremente, sino que la padece, la atraviesa, y apenas logra sobrevivir a ella.

En pocas palabras, Blandiana invierte el mito romántico del llamado vocacional como algo noble o deseable. Aquí, la vocación es un mandato interno que arrastra, hiere, y exige resistencia. Tiene ecos de la lucha del artista o del trabajador con sentido de misión, para quien lo que hace no es simplemente una ocupación, sino una forma de existencia que lo consume.

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¿Cuál es tu vocación?

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