Urban Beat Contenidos

El laberinto del supermercado: sobre la paradoja de la elección y el infierno del consumidor ilustrado

Vivimos en la era de las posibilidades infinitas. Puedes personalizar tus zapatillas, tus playlists, tu dieta, tus valores éticos, tu identidad de género y hasta tu algoritmo de pareja perfecta. Puedes elegir entre leche de vaca, de soja, de avena, de almendras, de arroz, de coco o de guisantes (sí, de guisantes). Puedes casarte, divorciarte o poliamarte. Puedes ser vegano intermitente o carnívoro con conciencia social. Puedes decidir si quieres que tu tostadora sea minimalista nórdica o retro-mint estilo Miami años 50. Y sin embargo, con cada opción nueva, nuestra felicidad parece más esquiva. Como si el exceso de libertad nos produjera no gozo, sino parálisis. Bienvenidos a la paradoja de la elección con satisfyer incluido.

Este concepto, popularizado por el psicólogo estadounidense Barry Schwartz en su libro The Paradox of Choice (2004), sostiene que, aunque la libertad de elegir es esencial para el bienestar, un exceso de opciones puede ser contraproducente. En vez de empoderarnos, nos aplasta. En lugar de sentirnos afortunados, nos sentimos culpables, confundidos, insatisfechos. ¿Cómo puede ser que cuanto más tenemos para elegir, peor nos sentimos? Fácil: porque nuestra psique no fue diseñada para enfrentarse a un catálogo infinito de posibilidades. Porque al elegir algo, inevitablemente dejamos de elegir todo lo demás, y ese “todo lo demás” se convierte en una sombra rencorosa que nos persigue con preguntas crueles: ¿y si la otra opción era mejor?

Maximizers vs. Satisficers: los dos polos del (des)contento

En esta tragicomedia moderna del sujeto atrapado entre la abundancia y la ansiedad, emergen dos tipos psicológicos definidos por su forma de enfrentar las decisiones: los Maximizers y los Satisficers.

El Maximizer (maximizador, para entendernos) es ese espécimen que no se conforma con una buena opción; quiere la mejor opción posible. No compra un abrigo, investiga todos los abrigos de Europa antes de decidir. No reserva un hotel, compara durante tres semanas, consulta 54 reseñas, y al llegar, sigue dudando si debió haber elegido el otro con desayuno bufé y vistas al mar. El Maximizer vive en una búsqueda permanente del óptimo absoluto. Y como suele suceder, quien persigue la perfección acaba abrazando la frustración.

Los estudios psicológicos muestran que los Maximizers, aunque a veces objetivamente eligen mejor (compran el producto con más prestaciones, el viaje con mejor puntuación media), se sienten peor con sus decisiones. Experimentan más arrepentimiento, más ansiedad, menos satisfacción. Su problema no es de lógica, sino de emoción: el Maximizer vive obsesionado con el “¿y si…?”, atrapado en un multiverso imaginario de opciones no escogidas.

Por el contrario, el Satisficer (satisfactor, en un español algo feúcho) busca algo que sea suficientemente bueno. No necesita el mejor abrigo, solo uno que abrigue. No necesita la mejor app de meditación, sino una que funcione sin anuncios. No necesita el alma gemela estadísticamente compatible, sino alguien con quien no le moleste compartir el sofá. El Satisficer valora su tiempo, su energía mental y su salud emocional. Y por ello, paradójicamente, es más feliz.

No porque sea menos exigente, sino porque ha aprendido una verdad incómoda: el coste de perseguir la perfección es demasiado alto, y el retorno emocional, dudoso.

Ironías del consumidor ilustrado

Lo irónico del asunto es que esta patología de la elección se ha instalado en el corazón mismo de nuestras democracias liberales. Se nos enseñó que elegir era sinónimo de libertad, que la abundancia era símbolo de progreso, y que quien no escoge bien es porque no ha investigado lo suficiente. Pero la vida contemporánea parece más un supermercado infinito que una fiesta de la autonomía. Cada pasillo es una trampa. Cada decisión, una losa. Y lo que es peor: hemos internalizado que la culpa es nuestra. Si no somos felices, es porque elegimos mal. Si nuestra relación no funciona, es porque podríamos haber swipeado un poco más. Si el máster que hicimos no nos llena, es porque quizás había otro más transformador en Finlandia.

Así, el acto de elegir, que debería ser liberador, se convierte en un mecanismo de autoflagelación. Hemos convertido la libertad en un tirano de rostro amable. Y el Maximizer es su siervo devoto: siempre comparando, siempre optimizando, siempre angustiado. El Satisficer, en cambio, tiene algo de hereje: desafía la lógica del algoritmo, se entrega al azar, confía en su intuición, acepta lo imperfecto. Es, en cierto modo, un resistente espiritual.

No se trata de fomentar la mediocridad ni de abandonar el criterio. Se trata, más bien, de recuperar una relación saludable con el acto de decidir. De asumir que toda elección implica una pérdida y que está bien no tenerlo todo. Que no siempre hay una opción perfecta. Que más importante que comparar es comprometerse con lo que se elige. Y que la vida —esa cosa que ocurre mientras sopesamos si pedir pad thai o ramen— no espera.

En última instancia, quizá el mayor acto de rebeldía sea elegir y no mirar atrás. O, al menos, no demasiado. Quizá la verdadera sabiduría consista en decir: este yogur está bien. Y comérselo sin leer la etiqueta de los otros cuarenta y dos.

Porque a veces, en el arte de vivir, como en el supermercado, lo “suficientemente bueno” es más que suficiente. El consumidor ilustrado, lo sabe.

Compartir:

Facebook
Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Descarga ahora el último número de nuestra revista!

¿Cuál es tu vocación?

La vocación remite al latín vocatio, -ōnis, «acción de llamar», pero esa llamada nunca ocurre en el vacío: se autogestiona entre los rescoldos de sus propios ecos. En “La muerte de Iván Ilich” (1886), León Tolstói llevó el problema hasta su consecuencia más perturbadora. Próximo a morir, su protagonista se pregunta: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Iván Ilich no descubre que haya traicionado una vocación identificable ni que eligiera la profesión equivocada en un sentido contemporáneo. La revelación resulta más radical: una persona puede cumplir impecablemente su función profesional y advertir que nunca examinó si la vida construida alrededor de ella le pertenecía realmente. Quizá confundió conveniencia con libertad, respetabilidad con bondad y éxito con sentido. Quizás la “vocación influencer” sea no solo un problema, sino un síntoma de fiebre convulsiva de una intelectualidad en estado vegetativo con cuidados paliativos. Quizás.

Ane Lindane, el crucifijo de Nietzsche y «Hil da Jainkoa!»

«Dios ha muerto», escribió Friedrich Nietzsche en «La gaya ciencia» en 1882, pero no para celebrar una victoria elemental del ateísmo, sino para anunciar el derrumbe del horizonte moral y metafísico sobre el que Europa había hábilmente organizado, siglos antes, su existencia colonizadora, corrupta, exterminadora y cruenta. El 29 de junio de 2025, más de un siglo después, la humorista vasca Ane Lindane trasladó aquella sentencia al interior de la iglesia de San Lorenzo, en Arberatze-Zilhekoa —Arbérats-Sillègue, en la Baja Navarra francesa—, donde actuaba ante unas 200 personas dentro del festival autogestionado Euskal Herria Zuzenean. Su monólogo artístico formaba parte de la programación y el templo había sido cedido para acoger actividades del festival. Durante la actuación, subió al altar mayor, tomó un crucifijo y simuló utilizarlo para masturbarse mientras gritaba como una loca: «Hil da Jainkoa!» —«¡Dios ha muerto!»—. Lindane explicaría después, que desconocía hasta su llegada que actuaría en una iglesia todavía no desacralizada y que el gesto con el crucifijo fue una improvisación. Luego difundió la grabación en sus redes sociales y escribió: «Mancillamos, blasfemamos y denunciamos los abusos sexuales de la Iglesia».

Federico García Lorca sigue desaparecido porque España buscó tarde y mal sobre un mapa trazado por el franquismo

Noventa años después de su asesinato, Federico García Lorca continúa sin cadáver, sin tumba y sin una certeza científica capaz de clausurar el último acto de una tragedia que España ha administrado mediante testimonios fragmentarios, búsquedas tardías, errores institucionales y una resistencia casi orgánica a mirar debajo de su propia tierra. El poeta más universal de la literatura española del siglo XX permanece atrapado en una paradoja intolerable: todos saben aproximadamente dónde lo mataron, abundan las teorías sobre quiénes participaron en el crimen y se han escrito bibliotecas enteras alrededor de sus últimas horas, pero nadie ha logrado determinar dónde depositaron su cuerpo. La desaparición no constituye un apéndice accidental del asesinato. Forma parte del crimen.

Yoani Sánchez desafía desde Instagram el cerco informativo cubano

Yoani Sánchez pulsa el botón de emisión en instagram y, durante unos segundos, en ese botón rojo, Cuba deja de ser una abstracción diplomática americana , una estadística económica fallida o una disputa ideológica administrada desde despachos extranjeros. Cuba vuelve a ser Cuba. Aparece una calle de La Habana sin luz, una conversación interrumpida, una cazuela golpeada, la respiración de quien sostiene el teléfono y la posibilidad de que la conexión desaparezca antes de que termine la frase. En sus frecuentes directos de Instagram, la periodista cubana no reconstruye el país cuando el acontecimiento ya ha sido domesticado por el sórdido lenguaje oficial. Lo transmite mientras sucede. Yoani Sánchez transmite desde una isla donde informar también significa exponerse a morir y ella es la única que puede hacerlo desde una voluntad de acero. Todos los cubanos de la diáspora deberían ponerse en su pellejo. Todos están esperando que otros como ella, lo hagan. Con lo machistas que son en Cuba y ha tenido que venir una mujer a darles lecciones de entendimiento a muchos hombres del exilio.

El Jardín de las Tullerías reúne patrimonio, diseño y memoria olímpica durante el verano parisino

El Jardín de las Tullerías reivindica este verano su condición de escenario privilegiado de la vida cultural parisina mediante una programación que reúne patrimonio, creación contemporánea y experiencias al aire libre. El regreso del pebetero de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de París 2024, una nueva colección de objetos para pícnic concebida por Luke Edward Hall, la primera tienda efímera del Palais des Thés y una nueva edición del festival de artes escénicas ‘Les Étés du Louvre’ proponen otra manera de recorrer uno de los espacios históricos más reconocibles de la capital francesa. La iniciativa transforma el jardín en algo más que una pausa vegetal dentro de la ciudad. Su paisaje, configurado a través de siglos de historia, funciona como punto de encuentro entre la memoria del Louvre, el diseño contemporáneo y una biodiversidad cuya riqueza suele quedar disimulada por la monumentalidad del conjunto.

Berlín reconstruye la memoria del Muro, 65 años después, para interrogar las fronteras del presente

Sesenta y cinco años después del inicio de la construcción del Muro, que alteró la geografía de Berlín y convirtió la división política en una experiencia física, la ciudad regresa a aquella herida con un programa que transforma la memoria histórica en experiencia urbana, creación artística y responsabilidad política. Del 13 al 16 de agosto de 2026, actos institucionales, exposiciones, testimonios, conciertos, lecturas, proyecciones y recorridos reconstruirán las consecuencias de una frontera que separó familias, modificó el transporte, condicionó hospitales y estaciones, e impuso al deseo de libertad la vigilancia de un Estado.

También te puede interesar

‘Ni agua ni tierra’, el pantano como archivo político del presente

Hay territorios cuya resistencia comienza precisamente en su incapacidad para obedecer nuestras divisiones. La turbera carece de la firmeza tranquilizadora de la tierra y tampoco pertenece completamente al agua. Retiene cuerpos, objetos y sedimentos; dificulta el tránsito, altera el tiempo de la descomposición y convierte aquello que debería desaparecer en una presencia obstinada. Sobre esa anomalía física construye ‘Ni agua ni tierra’ una reflexión donde geología, memoria y política terminan compartiendo el mismo suelo. El Centro de Arte Contemporáneo Castillo Ujazdowski de Varsovia reúne hasta el 27 de septiembre las obras de quince artistas y colectivos bajo el comisariado de Anna Czaban y Krzysztof Gutfrański. El punto de partida puede parecer estrictamente natural: los humedales. Sin embargo, la exposición pronto abandona cualquier aproximación paisajística convencional. Lo que interesa es aquello que esos ecosistemas conservan, ocultan, protegen y, en determinadas circunstancias, permiten utilizar.

‘Aqua Mater’ lleva a Madrid el planeta esencial de Sebastião Salgado

Sebastião Salgado pasó buena parte de su carrera fotografiando aquello que la historia económica y política deja sobre los cuerpos: trabajo, desplazamiento, pobreza, explotación. Con los años, esa mirada se desplazó hacia una escala anterior y más vasta, donde el ser humano dejó de ocupar necesariamente el centro. ‘Aqua Mater’ pertenece a ese movimiento. La exposición reúne en Madrid cerca de un centenar de imágenes tomadas durante más de veinticinco años en algunos de los territorios más remotos del planeta y sitúa el agua no como motivo paisajístico, sino como una materia que organiza ecosistemas, geografías y formas de vida. Tras la muerte del fotógrafo en 2025, la muestra adquiere además una condición inevitablemente retrospectiva: permite observar cómo la preocupación social de Salgado terminó desembocando en una reflexión sobre aquello que sostiene, y también limita, la presencia humana en la Tierra.

¿Cuál es tu vocación?

La vocación remite al latín vocatio, -ōnis, «acción de llamar», pero esa llamada nunca ocurre en el vacío: se autogestiona entre los rescoldos de sus propios ecos. En “La muerte de Iván Ilich” (1886), León Tolstói llevó el problema hasta su consecuencia más perturbadora. Próximo a morir, su protagonista se pregunta: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?». Iván Ilich no descubre que haya traicionado una vocación identificable ni que eligiera la profesión equivocada en un sentido contemporáneo. La revelación resulta más radical: una persona puede cumplir impecablemente su función profesional y advertir que nunca examinó si la vida construida alrededor de ella le pertenecía realmente. Quizá confundió conveniencia con libertad, respetabilidad con bondad y éxito con sentido. Quizás la “vocación influencer” sea no solo un problema, sino un síntoma de fiebre convulsiva de una intelectualidad en estado vegetativo con cuidados paliativos. Quizás.

‘Light & Magic’ desborda el canon occidental del pictorialismo en la Tate Modern

La fotografía necesitó apartarse de la obligación de reproducir fielmente el mundo para ser reconocida como una de las bellas artes. A partir de la década de 1880, el pictorialismo convirtió esa disputa en un lenguaje propio: frente al registro estrictamente documental de la realidad, manipuló procedimientos, incorporó recursos estéticos de la pintura y el dibujo y defendió cada imagen como resultado de una decisión artística, no como simple consecuencia de una máquina. La Tate Modern revisará ahora aquella transformación mediante ‘Light & Magic: The Birth of Art Photography’, la primera gran exposición dedicada a estudiar el movimiento desde una perspectiva verdaderamente internacional.

Scroll al inicio

¡Entérate de todo lo que hacemos

Regístrate en nuestro boletín semanal para recibir todas nuestras noticias