En la Fundación ONCE lo saben bien. Desde 1988 llevan acompañando, asesorando y financiando a personas con discapacidad que han decidido, o se han visto empujadas, a crear su propio negocio. Más de 5.000 historias respaldan esta trayectoria, hoy canalizada bajo el programa Por Talento Emprende, una iniciativa que busca no solo poner recursos a disposición de los emprendedores, sino también modificar el sistema que los obliga a jugárselo todo en solitario.
Y es que, conviene decirlo sin rodeos: en demasiadas ocasiones, emprender no es una elección libre, sino una salida obligada. Un plan B impuesto por un mercado laboral aún poco inclusivo, donde las personas con discapacidad encuentran puertas entreabiertas, techos invisibles y sueldos indignos. Las cifras lo confirman: la tasa de empleo de este colectivo se sitúa más de 30 puntos por debajo de la media, según los últimos datos del Observatorio ODISMET. Lo que queda, muchas veces, es el autoempleo, con todo su vértigo, su precariedad y su promesa de autonomía.
Durante años, los negocios impulsados por personas con discapacidad han estado ligados, por necesidad más que por vocación, a sectores de bajo riesgo y baja rentabilidad: pequeños comercios, servicios básicos, restauración. Pero esta tendencia ha empezado a cambiar. Cada vez son más quienes apuestan por proyectos innovadores, digitales, tecnológicos o con impacto social directo en el propio colectivo. Porque cuando se abren las condiciones, también se abren los horizontes. Y donde antes había subsistencia, ahora empieza a asomar la ambición creativa.
El auge del comercio online, la profesionalización de servicios digitales y la transformación del mercado están dando lugar a una nueva generación de emprendedores con discapacidad altamente cualificados. Personas que no solo reclaman acceso a oportunidades, sino que están diseñando las suyas. El problema es que, aún hoy, no todos parten del mismo punto de salida. Emprender desde una gran ciudad no es igual que hacerlo desde un entorno rural. Tener una red familiar o acceso a formación digital marca la diferencia entre lanzar un proyecto viable o quedarse por el camino.
Por eso, desde la Fundación ONCE insisten en una idea esencial: la formación no puede llegar tarde. Hay que sembrar las competencias emprendedoras desde las primeras etapas educativas. No para formar empresarios en serie, sino para que cada persona —con discapacidad o sin ella— sepa que tiene derecho a imaginar y construir su lugar en el mundo laboral. Esto implica trabajar desde la escuela la creatividad, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, el uso estratégico de la tecnología.
La otra clave es garantizar que los recursos y programas especializados estén no solo disponibles, sino también accesibles, conocidos, adaptados y sostenibles. Porque el verdadero reto no es tener fondos o asesoramiento técnico, sino que estos lleguen a quien los necesita, en el momento adecuado y con el acompañamiento justo. La brecha digital, que en muchas ocasiones es la nueva forma de exclusión, también debe combatirse desde aquí.
No se trata de fabricar más héroes individuales. Basta ya de aplaudir la resiliencia como si fuera una solución estructural. El emprendimiento de las personas con discapacidad debe dejar de ser una hazaña y convertirse en una opción digna, justa y viable. Para ello, hace falta más que talento: hace falta una estructura que no castigue al que decide intentarlo. Una sociedad que no celebre únicamente al que “lo logra”, sino que cuestione por qué los demás no pudieron siquiera empezar.
En este sentido, Por Talento Emprende es mucho más que un programa de ayudas. Es un ejemplo de cómo se construye un entorno inclusivo desde lo real, lo concreto, lo acompañante. No basta con discursos sobre igualdad: hay que desmontar las barreras tangibles e intangibles que impiden que esa igualdad se traduzca en oportunidades.
Porque no hay equidad posible si quien emprende debe cargar además con la indiferencia del sistema, la burocracia laberíntica, la falta de apoyos accesibles, la invisibilidad mediática. Emprender con discapacidad no debe ser una vía forzada ni una solución de emergencia. Debe ser una opción entre muchas, no la única salida. Y sobre todo, debe ser una elección que pueda vivirse con derechos, con comunidad y con sostenibilidad.
Al final, este fenómeno nos devuelve una pregunta incómoda: ¿qué tipo de sociedad construimos cuando el autoempleo se convierte en refugio de quienes no tienen espacio en el mercado laboral tradicional? ¿No estaremos disfrazando de “autonomía” lo que no es más que abandono? El emprendimiento puede empoderar, sí, pero solo si se sostiene sobre una base común de justicia, acceso y reconocimiento.
Todo lo demás es relato.









