Nacida en Madrid, hija de padre español y madre ucraniana, Elisabet es el resultado vívido de una fusión cultural que no se disuelve, sino que se potencia. Esta herencia mixta no solo le ha dado una lengua de más, sino un entramado cultural que bebe de todas las fuentes creativas desde una honestidad sin fisuras. Desde muy joven, ha cultivado con igual intensidad su mundo creativo y su mundo empresarial, convencida de que la belleza sin pensamiento es un cascarón hueco, y que la inteligencia sin sensibilidad estética es una brújula sin norte.
La carrera de Elisabet en el mundo de la moda comenzó a los 19 años y desde entonces ha trabajado como modelo de pasarela, fotografía artística y publicidad, recorriendo también el exigente circuito de certámenes de belleza nacionales e internacionales: Miss Grand España, Miss Universo España y recientemente Miss Mundo España, donde representó a la provincia de Jaén. Sin embargo, su presencia en estos escenarios no obedece al deseo de validación externa, sino al propósito más profundo de redefinir los referentes femeninos en un entorno saturado de expectativas normativas. Elisabet Cid Vasylenko es una empresaria emergente que ha tejido su proyecto innovador con ahínco y le ha puesto nombre: Elisabet Beauty.
Su enfoque rompe con el canon dominante: no busca encajar en moldes sino romperlos con la elegancia de una inteligencia sobria y transformadora. Desde su experiencia como formadora de modelos y misses, insiste en que la pasarela no se camina con piernas largas, sino con una autoestima bien entrenada, con fortaleza mental y con conciencia crítica del propio cuerpo como territorio de poder y no de sumisión.
Y es aquí donde el emprendimiento emerge como extensión natural de su evolución personal. Elisabet Cid Vasylenko no solo ha vivido el mundo de la moda, sino que lo ha analizado desde dentro. Lo encarna sin miramientos y lo define como un empoderamiento femenino indiscutible. De esa reflexión nace, por cierto, su marca : Elisabet Beauty, alta costura enfocada en vestidos de gala, que no solo buscan embellecer a quienes los portan, sino conectar con sus emociones, su memoria corporal, su historia individual. Cada pieza es una narrativa textil; cada cliente, un personaje con voz propia ajeno a los prejuicios estériles del 90-60-90.
A este proyecto se suma Élixir Éternel, una marca de cosmética ecológica de lujo que verá la luz próximamente, orientada tanto a hombres como a mujeres. Su premisa es simple y disruptiva a la vez: la piel no es un lienzo que disimular, sino un archivo que cuidar. Esta línea busca despatologizar la estética, ofrecer bienestar y cultivar la autoestima desde el respeto al cuerpo y al medio ambiente.
Más allá de la industria, la trayectoria de Elisabet también está anclada en una formación sólida en Lenguas Modernas y sus Literaturas, una carrera que ha nutrido gracias a la inspiración de su madre, traductora e intérprete de alto nivel. Esta figura materna se presenta como faro íntimo y profesional, no solo por sus logros, sino por haber encarnado la posibilidad de ser mujer, madre, trabajadora y referente a la vez.
Como prolongación de ese legado, Elisabet ha decidido especializarse en Relaciones Internacionales con el objetivo de trabajar en diplomacia, embajadas o incluso en organismos como la ONU. Porque si hay algo que caracteriza su perfil es el rechazo a la compartimentación: belleza e inteligencia, estética y ética, escenario y despacho, todo forma parte de un mismo cuerpo profesional que camina hacia adelante sin pedir permiso.
Su discurso feminista, lejos de lo panfletario, se enraíza en su experiencia directa. Reconoce los sesgos machistas que aún pesan sobre las mujeres bellas, especialmente en el mundo empresarial, donde la apariencia muchas veces es utilizada para anular la capacidad intrínseca femenina. Su respuesta ha sido transformar esa mirada desde dentro, no ocultando su estética sino reivindicándola como fuerza política. Porque en su visión, la belleza no es una debilidad, sino una herramienta cuando va de la mano de la conciencia.
En sus clases y formaciones, insiste a sus alumnas en la necesidad de distinguir entre el rechazo profesional y el fracaso personal. Recalca que cada casting no es un juicio de valor, sino una decisión de perfil, y que las grandes trayectorias no se construyen desde la complacencia sino desde la perseverancia. En este sentido, su pedagogía no solo enseña a desfilar: enseña a sostenerse ante las negativas, y sacar enseñanzas.
“La verdadera belleza es inclusión”, afirma. La ruptura de los cánones tradicionales no le parece solo deseable, sino inevitable. Y en esa transición, su voz busca ocupar un lugar importante. Su pensamiento bebe tanto de referentes visuales como conceptuales: películas como Come, Reza, Ama o libros como Mujeres que corren con los lobos han alimentado su visión de una mujer que no pide permiso para brillar, sino que brilla como un acto de resistencia.
Elisabet Cid Vasylenko no ha sido moldeada por la moda; ha sido ella quien ha modificado la manera en que puede habitarse. Su historia no se mide por coronas, ni por titulares fugaces, sino por la coherencia de un proyecto vital que fusiona lo estético con lo ético, lo empresarial con lo emocional, lo público con lo íntimo.
A quienes la miran desde fuera, puede parecerles una figura deslumbrante. Y lo es. Pero no brilla por la luz que le arrojan, sino por la que ha aprendido a encender dentro de sí. Su trayectoria es un manifiesto en movimiento. Y en ese manifiesto, cabemos todas.









