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Juan Luis Galiacho: “Vivimos en una época de enorme ruido informativo. Y ese ruido a veces se confunde con periodismo”

Veterano reportero de investigación, profesor universitario y rostro habitual de la televisión, Juan Luis Galiacho lleva más de cuatro décadas recorriendo las zonas más incómodas del oficio. Fundador y director de El Cierre Digital, ha defendido siempre una idea radical de la profesión: el periodismo solo existe cuando se ejerce con independencia.

En esta conversación Galiacho repasa su dilatada  trayectoria, reflexiona sobre la crisis del oficio en la era del ruido mediático y reivindica el valor de la investigación, el contexto y la honestidad intelectual. Recientemente Juan Luis Galiacho ha sido reconocido en la “Lista 15 Mejores Proyectos de Innovación Urban Beat 2025”

Se suele decir que uno no elige ser periodista, sino que el periodismo termina atrapándote. ¿En qué momento sentiste que no había marcha atrás?

Creo que esa idea es muy cierta. El periodismo no es únicamente una profesión: es, ante todo, una vocación. En mi caso empezó muy pronto, siendo prácticamente un niño. Recuerdo quedarme despierto por las noches escuchando a José María García, sobre todo en la etapa en la que el periodismo deportivo tenía una enorme influencia. Aquellas retransmisiones tenían algo hipnótico: la intensidad, la investigación, la sensación de que detrás de cada historia había algo más.

Con el tiempo apareció también otra fascinación muy típica entre quienes soñamos con esta profesión: la idea de ser corresponsal de guerra. De hecho, cuando terminé mis estudios decidí cursar el máster de El País con la esperanza de poder dedicarme a ese tipo de cobertura.

Lo curioso es que en mi entorno familiar, en aquel momento, el periodismo no se percibía precisamente como una carrera prestigiosa. Recuerdo a mi abuelo decir que los periodistas eran poco más que “juntaletras”. Para él no tenía ninguna categoría profesional. Aquella percepción pesaba mucho en aquella época, y por eso terminé estudiando primero Ingeniería de Telecomunicaciones. Después cursé también Económicas.

Pero la verdad es que siempre tuve claro que acabaría en el periodismo. Era una especie de obsesión. Cuando finalmente pude hacerlo por decisión propia, compaginé mis estudios con la carrera de Periodismo. Y, curiosamente, toda aquella formación técnica y económica terminó siendo muy útil en mi trabajo como periodista.

De hecho, cuando entré en el oficio descubrí que ese bagaje me daba una ventaja importante. Podía analizar datos, entender estructuras económicas o procesos técnicos que otros compañeros quizá no dominaban. Fue mi primera pequeña batalla dentro del periodismo.

¿Qué es para ti El Cierre Digital? ¿Un periódico, un refugio, un manifiesto?

Para mí es, sobre todo, un reto. Un reto profesional y personal. Es una forma de hacer periodismo en un contexto muy complicado.

Hay una frase que siempre recuerdo del periodista Jesús de la Serna, aunque otros también lo han expresado de manera similar: en España es muy difícil hacer periodismo si no eres dueño de tu propio medio. Esa idea me marcó mucho.

Por eso, en 2017, decidí que había llegado el momento de dar ese paso. Con la ayuda de mi hermano y de un pequeño equipo nos lanzamos a crear El Cierre Digital. Fue una decisión arriesgada, porque significaba renunciar a ser lo que podríamos llamar un “mercenario de la pluma”, es decir, trabajar para otros medios bajo condicionamientos que muchas veces no dependen del periodista.

Hoy soy director, editor, responsable de marketing y, en definitiva, la persona que asume todas las decisiones. Puede parecer agotador, pero tiene una ventaja enorme: nadie puede dictarme qué debo publicar o qué debo silenciar. Mi única obligación es informar.

En una época en la que cualquiera puede proclamarse periodista con un móvil y un micrófono, ¿qué diferencia sigue existiendo entre un profesional y el ruido del espectáculo?

Vivimos en una época de enorme ruido informativo. Y ese ruido a veces se confunde con periodismo. El problema es que muchas redacciones hoy funcionan bajo una lógica empresarial muy agresiva. Hay periodistas que trabajan bajo directrices políticas o económicas muy claras, y en muchos casos sus jefes ni siquiera son periodistas. Son gestores, editores o empresarios cuya prioridad no es necesariamente la información.

Yo siempre he defendido que el periodismo no puede concebirse como un negocio al uso. Evidentemente un medio debe ser sostenible, pero cuando un periódico genera beneficios enormes es legítimo preguntarse de dónde salen esos beneficios y qué intereses pueden estar detrás.

Otro problema grave es la pérdida del contexto. Hoy predominan los titulares rápidos, los fragmentos virales, los flashes informativos. Pero el periodismo no puede reducirse a eso. Sin contexto y sin relato, la información se convierte en una sucesión de estímulos que pueden manipular fácilmente la percepción de los hechos.

Tu rostro se ha hecho muy reconocible en programas de  televisión. ¿Hay algo de máscara o de impostura en el Galiacho mediático frente al periodista de investigación?

Es una pregunta que me hago a menudo. Lo curioso es que muchas veces voy por la calle o entro en un bar y la gente se acerca a saludarme con una cercanía que me sorprende.

Eso me hace pensar que algo debo estar haciendo bien, porque nunca he ido a la televisión a interpretar un personaje. No soy un tertuliano folclórico ni alguien que busque el espectáculo. Simplemente digo lo que pienso.

Creo que la gente percibe esa autenticidad. En televisión soy exactamente la misma persona que en mi vida cotidiana. No interpreto un papel. Y quizás esa coherencia es lo que ha generado cierta confianza entre el público.

En El Cierre Digital habéis publicado investigaciones que después han sido replicadas por otros medios. ¿Hay alguna historia que te haya marcado especialmente?

Llevamos casi ocho años trabajando a contracorriente, construyendo un periódico prácticamente desde cero. Sin grandes grupos empresariales detrás, sin el apoyo del IBEX 35 ni de grandes inversores.

Todo ha sido fruto del trabajo de un equipo pequeño pero muy comprometido. Además, el periódico ha funcionado también como una escuela de formación para jóvenes periodistas. Yo soy profesor universitario  en la Complutense de Madrid desde hace más de dos décadas y siempre he creído que la práctica profesional es fundamental.

En ese tiempo hemos publicado investigaciones muy relevantes. Un ejemplo claro es el llamado caso Ábalos. Nosotros fuimos el primer medio que publicó informaciones sobre ese asunto en 2021. También recibimos las primeras querellas relacionadas con esa investigación.

Con el tiempo otros medios han abordado el tema y se ha convertido en una gran noticia nacional. Pero en el periodismo de investigación ocurre algo curioso: muchas veces quien abre el camino no recibe el reconocimiento que merece.

Aun así, no me preocupa demasiado. La investigación periodística es una carrera de fondo. Somos corredores de maratón, no velocistas.

 Has criticado en varias ocasiones la falta de reconocimiento entre periodistas.

Sí, porque antes existía una cierta cultura profesional. Si un compañero publicaba una exclusiva, se le reconocía. Podías competir, incluso intentar superarlo, pero había respeto.

Hoy, en cambio, muchas veces vemos cómo una información se replica sin citar la fuente original. Ese tipo de prácticas deteriora la profesión.

También creo que las asociaciones profesionales deberían tener un papel más activo en la defensa del periodismo. En muchos casos su capacidad de influencia es muy limitada.

¿Hasta qué punto crees que las redes sociales o incluso herramientas como la inteligencia artificial han erosionado la profesión?

Las redes sociales han cambiado el ecosistema informativo, eso es evidente. Pero el problema principal no está ahí. El mayor problema del periodismo está dentro del propio periodismo.

Hace poco se celebró un encuentro entre directores de medios en el que se defendía que no era necesario ser periodista para dirigir un medio o ejercer la profesión. Ese tipo de planteamientos revela hasta qué punto el sector ha perdido parte de su identidad.

Si quienes dirigen los medios no creen en el valor del periodismo como oficio, el problema es mucho más profundo que cualquier cambio tecnológico.

¿Hay alguna entrevista que aún sueñes con hacer?

Sí. Me gustaría entrevistar al rey Juan Carlos. No por cuestiones personales o sensacionalistas, sino por razones históricas. Me interesaría entender determinadas decisiones que marcaron su trayectoria. Preguntarle directamente por algunos aspectos de su relación con el poder y con el dinero público que se diluyó descaradamente  en sus manos de monarca quejica autoexiliado en Emiratos Árabes. Creo que sería una conversación muy relevante para comprender mejor una etapa importante de la historia reciente de España.

Si pudieras volver atrás y empezar de nuevo, ¿qué cambiarías?

Es una pregunta difícil. Yo llevo más de cuarenta años en esta profesión y, cuando echo la vista atrás, creo que lo más importante ha sido intentar ser honesto y ser la voz de la calle a pesar de todo.

Nunca he trabajado al servicio de ningún poder ni he aceptado condicionamientos que pudieran comprometer mi independencia. Eso no siempre ha sido fácil, pero me permite mirar mi trayectoria con cierta tranquilidad.

Si tuviera que cambiar algo quizá sería más selectivo con algunas personas. Con los años uno aprende que no todo el mundo comparte los mismos principios profesionales.

Pero, en esencia, volvería a hacer lo mismo.

Para terminar: ¿cuál ha sido el momento más intenso de tu carrera?

Hay varios momentos importantes. Uno de ellos fue mi experiencia como corresponsal en Afganistán a finales de los años ochenta. Era muy joven cuando me enviaron allí. Hoy pienso que fue una decisión bastante temeraria por parte del medio, pero aquella experiencia me marcó profundamente. Logré acceder al frente y visitar incluso prisiones de máxima seguridad. Fue un aprendizaje brutal sobre lo que significa realmente una guerra.

Otro momento clave fue la publicación del libro sobre Jesús Gil en los años noventa. Aquella investigación tuvo un enorme impacto mediático y generó enfrentamientos muy duros.

También recuerdo con especial intensidad una investigación que realizamos sobre las llamadas cloacas del Estado en un programa radiofónico de Encarna Sánchez. Fue un episodio muy tenso, con presiones y amenazas, pero finalmente conseguimos sacar adelante el trabajo.

Pero, en realidad, el momento más estimulante sigue siendo siempre el mismo: cuando una investigación llega a buen puerto y puedes publicar una información sólida, documentada, que aporta algo nuevo.

Ese instante en el que una historia sale a la luz sigue siendo, después de cuarenta años, lo que más me apasiona del periodismo. Porque, al final, el periodismo sigue siendo eso: contar la verdad con independencia. Aunque a veces incomode. Aunque a veces tenga un precio.

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