El dispositivo expositivo se organiza en torno a una premisa clara: hacer visible la diversidad biológica desde la escala. Trece réplicas a tamaño real permiten al visitante recorrer físicamente un ecosistema extinto, no como reconstrucción decorativa, sino como experiencia de proporción. En ese recorrido, la figura que concentra la mirada —y reconfigura la percepción del cuerpo— es el Patagotitan mayorum, el mayor dinosaurio conocido hasta la fecha. Su presencia, instalada en el hall del centro, no opera únicamente como reclamo, sino como síntesis material de una pregunta científica: cómo fue posible el gigantismo en determinadas especies.
Descubierto en 2012 en la provincia argentina de Chubut, el Patagotitan mayorum constituye uno de los hallazgos paleontológicos más relevantes del siglo XXI. Sus dimensiones —38 metros de longitud, más de 5 metros de altura hasta la escápula y un peso estimado de 77 toneladas, equivalente a catorce elefantes africanos— obligan a repensar los límites biológicos de la vida terrestre. La exposición no se limita a su réplica monumental: incorpora también restos originales del holotipo —fémures, húmero, ulna, escápula y radio—, es decir, los huesos sobre los que se definió la especie. La materialidad del fósil introduce una dimensión de verdad que desactiva cualquier tentación de espectáculo vacío.
El relato expositivo se despliega, además, a través de otros extremos de escala. Frente al coloso, aparece el Manidens condorensis, de apenas 75 centímetros, uno de los dinosaurios más pequeños registrados. Entre ambos polos, especies como Tyrannotitan chubutensis o los primitivos Eoraptor lunensis y Herrerasaurus ischigualastensis configuran un mapa evolutivo que abarca los tres grandes periodos de la era mesozoica: Triásico, Jurásico y Cretácico. La exposición no solo ordena especies; articula un sistema de relaciones que permite entender cómo se diversificaron los linajes de carnívoros y herbívoros, cómo se adaptaron a sus entornos y qué transformaciones anatómicas definieron su supervivencia.
En ese sentido, la muestra introduce elementos clave de comprensión biológica. Los terópodos carnívoros desarrollaron un olfato altamente especializado, mientras que los saurópodos, como el propio Patagotitan, desgastaban sus dientes al cortar vegetación de forma continua. La variabilidad morfológica se hace visible en detalles como la longitud del cuello: desde el Brachytrachelopan, donde apenas alcanza el 75 % de la columna dorsal, hasta el extremo del Patagotitan, que multiplica esa proporción hasta el 400 %. Estos datos no funcionan como curiosidades aisladas, sino como indicios de estrategias adaptativas en ecosistemas complejos.
La exposición también se adentra en cuestiones fisiológicas que conectan pasado y presente. La existencia de sacos de aire vinculados al sistema respiratorio, surgidos en los dinosaurios, explica en parte su eficiencia metabólica y encuentra continuidad en las aves actuales, consideradas el grupo más derivado de este linaje. De este modo, el recorrido no se limita a un tiempo clausurado, sino que establece una línea evolutiva que llega hasta el presente.
El contexto geológico adquiere igualmente un papel central. La Patagonia, hoy asociada a paisajes áridos, fue en la era mesozoica un territorio húmedo, selvático y pantanoso. Su transformación está ligada a la fragmentación de Pangea —cuando todos los continentes formaban una única masa— en los bloques de Laurasia y Gondwana, y posteriormente a la apertura del océano Atlántico. El levantamiento de la cordillera de los Andes y el movimiento continuo de las placas tectónicas modelaron un paisaje que, paradójicamente, ha permitido la conservación excepcional de restos fósiles en el hemisferio sur. La aridez actual se convierte así en archivo.
La dimensión científica del proyecto se refuerza con la incorporación de audiovisuales que documentan el proceso de excavación del Patagotitan, un trabajo que se prolongó durante tres años en campo y otros dos en laboratorio, implicando a más de cuarenta especialistas. Lejos de simplificar el hallazgo, la exposición muestra la complejidad de la investigación paleontológica como práctica colectiva y sostenida en el tiempo.
A esta capa se suma la presencia de fósiles originales que amplían el ecosistema representado: dientes del saurópodo más antiguo conocido, Bagualia alba; restos de grandes terópodos relacionados con los carcarodontosaurios, como el Giganotosaurus; impresiones de piel de saurópodos (Tehuelchesaurus benitezi); vértebras de ornitópodos y restos de flora que reconstruyen el entorno vegetal. La exposición no presenta dinosaurios aislados, sino sistemas de vida.
Más allá del espacio expositivo, CaixaForum Sevilla extiende la experiencia a través de un programa de actividades que refuerza su dimensión pedagógica. El ciclo de conferencias Tierra de gigantes reúne a especialistas en paleontología y paleobiología para profundizar en los grandes grupos de dinosaurios, sus yacimientos y las causas de su extinción. Para el público familiar, el ciclo cinematográfico Pequeños cinéfilos Dinosaurios de película propone una lectura compartida de títulos como Jurassic Park o El viaje de Arlo, acompañada de contextualización educativa y debate.
La programación se completa con talleres como Jurassic Camp, donde los participantes reconstruyen dinosaurios a partir de restos fósiles simulados, y la experiencia interactiva Academia de dinosaurios, que invita a descubrir afinidades entre características animales y humanas. Visitas comentadas, recorridos familiares y propuestas gastronómicas temáticas consolidan una oferta que busca no solo informar, sino implicar.
En conjunto, Dinosaurios de la Patagonia no se limita a exhibir el pasado. Lo reactiva. Y en ese gesto, convierte la escala —del hueso al territorio, del individuo al ecosistema— en una herramienta crítica para comprender no solo lo que fuimos, sino las condiciones que hicieron posible esa forma de vida.









