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MSF lleva al Thyssen la memoria herida de Sudán con ‘Esperanza a la fuerza’

Médicos Sin Fronteras presenta en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza ‘Esperanza a la fuerza’, una propuesta expositiva e inmersiva que acerca al público a Sudán desde un territorio poco habitual en el relato de la guerra: la cultura, la intimidad y la resistencia cotidiana de quienes han tenido que sobrevivir cuando el país se ha convertido en una geografía de desplazamiento, hambre y miedo. La muestra, abierta hasta el 15 de julio, convierte el espacio museístico en una zona de escucha. Allí, la pintura, la música, el testimonio humanitario y la realidad virtual funcionan como una misma pregunta ética: qué ocurre cuando una de las mayores crisis del mundo deja de ocupar el centro de la conversación internacional.
El Dr. Biaksoubo Keblouabé examina a Nasrin A, de 11 años y enferma de malaria, en el campo para personas desplazadas de Adré, en Chat, 2024- Fotografía de Ante Bussmann
Un voluntario de la comunidad y un miembro del personal de MSF realizan una medición del perímetro del brazo (MUAC, por sus siglas en inglés) a Mohamed Ayoub, de 18 meses, inmediatamente después de que recibiera la vacuna contra el sarampión. Mohamed fue derivado después a un centro de salud especializado para comenzar un tratamiento contra la desnutrición, 2026 Fotografía color. © Cindy Gonzalez/MSF

El proyecto sitúa en el corazón del recorrido la historia de Mohammed Dafallah, técnico anestesista de Médicos Sin Fronteras que se vio obligado a huir de El Geneina, capital de Darfur Oeste, a causa de la guerra. Su itinerario personal condensa una tragedia colectiva. Dafallah dejó atrás su ciudad y hoy trabaja en un campo de personas refugiadas en Chad, en ese espacio incierto donde la vida continúa, pero ya sin la protección de una casa, de una comunidad intacta o de un país reconocible.

La experiencia de realidad virtual, creada junto al estudio Blit, combina ilustración 3D y vídeos en 360 grados. El resultado no busca únicamente envolver al visitante en una tecnología llamativa. Su propósito es más profundo: obligar a mirar de cerca una realidad que suele llegar filtrada por cifras, informes y titulares fugaces. La colaboración del artista sudanés Rashid Diab y de la cantante sudanesa-estadounidense Alsarah añade una dimensión cultural decisiva. Sudán aparece así como algo más que un escenario devastado. También comparece como una memoria artística, una tradición viva y una identidad que la guerra intenta quebrar sin conseguir borrarla.

Varios grupos de personas desplazadas en la carretera entre Darfur y Chad en 2025- Fotografía de Jérome Tubiana

Desde abril de 2023, el conflicto ha empujado al país hacia una catástrofe de dimensiones difícilmente asimilables. Cerca de 14 millones de personas han tenido que abandonar sus hogares, muchas de ellas en más de una ocasión. El desplazamiento no es aquí una estadística abstracta. Es una forma de desarraigo repetido. Significa perder la vivienda, la escuela, el hospital cercano, la red familiar, el oficio y, en demasiados casos, la posibilidad de imaginar un regreso.

La violencia indiscriminada contra la población civil, la impunidad y las restricciones al acceso humanitario han golpeado los servicios esenciales hasta llevarlos a un punto crítico. La atención sanitaria, la protección y la seguridad alimentaria han quedado atrapadas en una degradación sostenida. Médicos Sin Fronteras advierte de que el sistema sanitario sudanés se encuentra al borde del colapso. Hospitales saqueados, bombardeados u ocupados, personal médico amenazado, detenido o forzado a huir, y comunidades enteras sin posibilidad de recibir asistencia componen el reverso más brutal de la guerra.

Las cifras de 2025 dibujan una situación extrema. Los equipos de MSF atendieron a más de 7.700 pacientes por violencia física, realizaron más de 250.000 consultas de urgencia y llevaron a cabo más de 4.200 consultas por violencia sexual. Esta última aparece señalada por la organización como una práctica utilizada con frecuencia como arma de guerra. El dato no puede leerse como una anotación secundaria. Habla del cuerpo convertido en campo de batalla y de una violencia que descompone la vida social mucho más allá de la línea del frente.

Aisha Ibraim acompaña su madre a la clínica móvil que gestiona MSF para los miles de personas que han llegado al condado de Renk, en Sudán del Sur huyendo del conflicto de Sudán 2025- Fotografía de Paula Casado Aguirregabiria
Un niño con desnutrición es atendido en un centro de alimentación terapéutica del hospital de MSF en Metche, en el este de Chad

A la destrucción directa se suma una emergencia sanitaria silenciosa. Los brotes de enfermedades prevenibles, como el sarampión o el cólera, se han multiplicado por la interrupción de los programas de vacunación y el deterioro de las condiciones de vida. La desnutrición aguda, especialmente entre menores de cinco años, eleva aún más el riesgo de mortalidad. En Sudán, la guerra no mata solo mediante las armas. También lo hace cuando impide vacunar, cuando rompe las rutas de abastecimiento, cuando obliga a beber agua contaminada o cuando convierte una enfermedad tratable en una condena.

Durante la presentación del proyecto, Carla Agulló, anestesista de MSF, subrayó la dedicación extraordinaria del personal médico y de los voluntarios sudaneses. Su trabajo sostiene una de las pocas formas de esperanza que permanecen activas sobre el terreno: la asistencia concreta, la cura posible, el acompañamiento allí donde la comunidad internacional llega tarde o no llega con la fuerza necesaria.

‘Esperanza a la fuerza’ plantea, por tanto, una experiencia que va más allá de la contemplación. La exposición no se limita a mostrar la tragedia. También interpela al visitante desde la dignidad de quienes siguen cuidando, cantando, pintando, recordando y resistiendo. El título contiene una paradoja feroz. Cuando todo se derrumba, la esperanza deja de ser una elección sentimental y se convierte en una obligación moral. No nace de la ingenuidad, sino de la necesidad de seguir vivo.

Tras su paso por el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el proyecto continuará su recorrido con la voluntad de mantener visible una crisis que, más de tres años después de su inicio, sigue sin recibir una respuesta internacional proporcional a su magnitud. En Madrid, MSF ha llevado Sudán al museo para romper una distancia: la que separa al espectador protegido de quienes han perdido casi todo. La exposición recuerda que el olvido también forma parte de la violencia cuando una catástrofe permanece demasiado tiempo fuera de foco.

Un niño de 9 años llegó al hospital apoyado por MSF en Tine , Chad tras un ataque con drones en el oeste de Sudán en febrero de 2026. Presentaba una intensa herida de metralla en el ojo, fracturas faciales graves y dos dedos fracturados.

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