Comisariada por Begoña Torres y respaldada por diversas instituciones vinculadas a Castilla y León, la exposición propone una deriva visual donde el territorio se revela como un espacio atravesado por tensiones sociales, sedimentaciones culturales y huellas económicas. El espectador no observa: es arrastrado hacia una lectura donde cada encuadre actúa como vestigio, como fragmento de una “arqueología del paisaje” en la que lo visible remite siempre a lo ausente.
Ángel Marcos, cuya trayectoria se extiende a lo largo de cuatro décadas, despliega aquí una poética que rehúye la etiqueta documental para situarse en un territorio híbrido. Su fotografía no describe: interroga. “No hago fotografía documental”, afirma el artista; su práctica se orienta hacia la construcción de pensamiento a través de la imagen, hacia la evocación de lo intangible. En esa tensión se inscribe una obra que dialoga con instituciones como el Museo Reina Sofía o el MUSAC, donde su trabajo ya forma parte de colecciones permanentes.
La exposición se articula en tres movimientos que funcionan como estaciones de una deriva conceptual:
Partir, instalada en la Galería del Salón de Baile, condensa el viaje como fractura y promesa. Seis fotografías de gran formato y un objeto mínimo —una embarcación construida con corteza— trazan un arco que conecta la infancia con los desplazamientos contemporáneos, incluyendo la memoria de las migraciones africanas hacia las costas españolas. El mar aparece como espacio liminal: superficie de tránsito y archivo invisible de historias suspendidas entre la fragilidad y la resistencia.
En Casas de bombas, casas de riego, presentada en la sala Arte Invitado, la mirada se desplaza hacia la meseta castellana. Once fotografías y un vídeo reconstruyen la presencia silenciosa de esas arquitecturas funcionales que permiten la emergencia del agua en territorios áridos. Aquí, lo cotidiano adquiere densidad simbólica: las estructuras mínimas devienen signos de permanencia, pero también de interrupción, de proyectos suspendidos. El sonido mecánico del agua —como en el registro del Caño Cantalapiedra— introduce una dimensión casi musical que transforma el paisaje en partitura.
El recorrido culmina con La casa del agua, una instalación situada en el Pórtico del museo que condensa la dimensión más introspectiva del proyecto. Una antigua caseta de guardabarreras, trasladada desde Olmedo, se convierte en dispositivo simbólico: una cabaña que dialoga con el mar, articulando una tensión entre lo íntimo y lo ilimitado. En su interior, imágenes retroiluminadas y vídeo configuran un espacio donde la idea de hogar se descompone en una serie de evocaciones: refugio y deriva, arraigo y fuga.
La propuesta de Marcos se inscribe así en una tradición que conecta con la noción de “no lugar” formulada por Marc Augé: espacios atravesados por la transitoriedad, por la falta de arraigo, por una existencia suspendida entre lo que fue y lo que aún no llega a ser. Sin embargo, lejos de la abstracción teórica, su trabajo devuelve a estos enclaves una densidad afectiva, una capacidad de resonancia que interpela directamente al espectador.
La exposición despliega, en última instancia, una meditación sobre la inestabilidad contemporánea: el paso del tiempo, la construcción de la identidad, la tensión constante entre naturaleza y artificio. En ese cruce, la imagen opera como resto y como promesa, como fragmento de una memoria colectiva en permanente reconfiguración.
La casa del agua no se limita a mostrar paisajes: los reescribe. Convoca al visitante a convertirse en lector de signos, en intérprete de lo infraordinario, en ese “soñador de casas” que evoca Gaston Bachelard. Bajo esa premisa, la exposición se despliega como un ejercicio de atención radical: mirar no para reconocer, sino para volver a pensar aquello que, por cotidiano, parecía ya agotado.









