La palmera ocupa un lugar ambiguo en la cultura visual contemporánea. Puede aparecer como icono de evasión, lujo climático, modernidad urbana o bienestar aspiracional; pero también como señal de una expansión productiva que ha modificado territorios, suelos, comunidades y ecosistemas enteros. En ‘Drift’, Yann Gross desplaza esa imagen seductora hacia una zona más incómoda: la del cuerpo vegetal convertido en instrumento de circulación global, en objeto trasladado, aclimatado y absorbido por sistemas económicos que rara vez atienden a las consecuencias humanas y ambientales de sus propios deseos.
El título de la exposición contiene ya una declaración de principios. Drift alude a una deriva, a un movimiento sin dirección propia, producido por fuerzas externas. La palabra permite comprender el modo en que plantas, imágenes, relatos y economías han viajado entre territorios, no siempre por voluntad orgánica, sino por decisión comercial, colonial o industrial. De Europa a las Américas, esas trayectorias han construido paisajes artificiales, identidades visuales de consumo y modelos de desarrollo que presentan la transformación del entorno como avance inevitable.
El punto de partida histórico de la investigación se sitúa en el siglo XIX, con la invención de la Wardian case, una caja de vidrio desarrollada por el doctor Nathaniel Ward que permitió transportar plantas vivas a gran escala. Aquel dispositivo no fue solo una innovación técnica. Simbolizó una nueva relación con la vida vegetal: la idea de que una planta podía ser desplazada de su ecosistema, protegida durante el viaje, aclimatada en otro lugar e integrada en una lógica de expansión económica. Lo vivo quedaba así sometido a una arquitectura de traslado, conservación y rentabilidad.
Desde esa genealogía, Gross examina la palmera no como simple motivo botánico, sino como una figura cultural y política. En algunos contextos, participa en la fabricación de paisajes turísticos, convertidos en escenarios de deseo y consumo. En otros, se transforma en cultivo intensivo, en monocultivo rentable, en recurso industrial vinculado a la producción de biocombustibles. La misma planta que decora avenidas, resorts o imágenes de prosperidad puede estar también asociada a procesos de desposesión territorial, agotamiento del suelo y conflicto por la propiedad de la tierra.
La exposición presenta por primera vez una instalación compuesta por cuatro proyecciones, filmadas específicamente para este proyecto en la Amazonía. Para su realización, Yann Gross convivió con las comunidades Turiwara de Tukano Sawa y Nossa Senhora do Livramento, que hoy intentan recuperar sus tierras ancestrales mediante la ocupación de zonas explotadas por empresas palmicultoras. La obra se sitúa así en un territorio atravesado por una tensión muy concreta: la resistencia de comunidades indígenas y quilombolas frente a la expansión de vastos monocultivos de palma aceitera en el estado de Pará, en la Amazonía brasileña.
Esa palma aceitera, originaria de África y destinada a la producción de biocombustibles, aparece en la muestra como síntoma de una paradoja contemporánea. Bajo el lenguaje del progreso, la sostenibilidad o la transición energética, determinados modelos productivos reproducen dinámicas de ocupación, desplazamiento y explotación intensiva. Gross no plantea una denuncia simplificada, sino una indagación visual sobre las capas materiales y simbólicas de ese proceso. La palmera deja de ser fondo decorativo para convertirse en evidencia: una presencia muda que revela la distancia entre las promesas del desarrollo y las realidades que produce.
En las proyecciones, las figuras humanas se dirigen al espectador y alteran la posición habitual del visitante. Quien mira la obra deja de ocupar un lugar cómodo, exterior o neutral. La relación perceptiva se vuelve inestable: mirar implica también ser mirado. Esa inversión resulta esencial dentro del proyecto, porque desmonta la idea de la naturaleza como objeto pasivo de contemplación. Las comunidades, los cuerpos y los territorios no aparecen como ilustración de un problema, sino como presencias que interpelan la mirada y obligan a revisar desde dónde se observa.
La serie fotográfica y la Wardian case completan el recorrido expositivo. La caja de vidrio, con una palmera en su interior, funciona como un objeto de resonancia histórica y conceptual. Encierra la planta, la protege, la exhibe y, al mismo tiempo, recuerda el origen de una tecnología que hizo posible el traslado masivo de especies vegetales. En ese pequeño invernadero portátil se condensa una historia mayor: la de la naturaleza convertida en archivo vivo de la economía, la ciencia, el colonialismo y el deseo de posesión.
Nacido en Vevey, Suiza, en 1981, Yann Gross desarrolla una práctica situada entre Europa y la Amazonía. Su trabajo, inspirado en la etnobotánica y realizado a menudo en colaboración con comunidades, explora la circulación de plantas, imágenes y relatos entre territorios, así como las transformaciones culturales, sociales y materiales que esos desplazamientos generan. Su investigación cuestiona las promesas de desarrollo proyectadas sobre determinados paisajes y hace visibles las tensiones entre apropiación, entorno y condiciones de vida.
La trayectoria internacional de Gross ha pasado por instituciones y citas como Aperture Foundation en Nueva York, Rencontres d’Arles, Photo Elysée en Lausana, FOMU en Amberes y el Palacio de las Artes de Miraflores en Lima. En 2025 fue artista residente en la Casa de Velázquez, consolidando una práctica que combina investigación visual, sensibilidad territorial y una atención constante a los relatos que viajan con las imágenes.
‘Drift’ forma parte de ‘Verbos Encendidos’, el eje que articula buena parte de la programación de La Casa Encendida en 2026 bajo el verbo Comprender. Procedente del latín comprehendere, el término remite tanto a entender como a abarcar o acoger. En un tiempo marcado por la aceleración, la simplificación y la circulación vertiginosa de imágenes, la exposición de Yann Gross propone precisamente lo contrario: detenerse, mirar con complejidad y comprender que incluso una palmera puede contener la historia de un desplazamiento, una promesa de progreso y una herida abierta en el territorio









