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Tania Candiani convierte el IVAM en un subsuelo vivo con ‘Radix’

La muestra, presentada en el Centre Julio González y abierta hasta al 6 de septiembre de 2026, ha sido comisariada por Blanca de la Torre, directora del IVAM, y cuenta con la colaboración de LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, institución a la que el proyecto itinerará en 2027. ‘Radix’ funciona como una instalación inmersiva concebida a la manera de un ecosistema híbrido. La galería 3 del IVAM se transforma en un organismo expandido, una suerte de corte anatómico de una planta imaginada, inspirada en una estructura vegetal que Candiani encontró en un libro del Jardín Botánico de Valencia. A partir de esa imagen, la sala abandona su neutralidad museística para adoptar una geometría radial, envolvente, casi orgánica, en la que el espacio deja de actuar como mero contenedor y se convierte en cuerpo, en sistema, en bioma posible.

La exposición se sostiene sobre una pregunta tan sencilla como perturbadora: qué ocurriría si un museo permitiera mirar debajo de su propia corteza. Desde esa hipótesis, Candiani construye una fabulación ecológica que no busca reproducir la naturaleza tal como la conocemos, sino activar una imaginación material alrededor de sus mutaciones, sus micromundos y sus futuros posibles. La artista no representa el paisaje: especula con sus zonas no visibles. No ilustra la botánica: la convierte en una forma de pensamiento.

En ese territorio oscuro, el visitante encuentra plantas vivas, organismos suspendidos, esculturas de vidrio soplado en colores intensos, proyecciones audiovisuales, un raizotrón y una composición sonora octofónica que envuelve la sala. Cada elemento opera como parte de una red mayor, donde lo vegetal, lo mineral, lo animal y lo fúngico dejan de ser categorías cerradas para entrar en un diálogo de contaminación, parentesco y dependencia mutua. Las esculturas emergen entre la vegetación como criaturas ambiguas, entidades que parecen pertenecer a una taxonomía aún no escrita, suspendidas entre la observación científica y la ficción especulativa.

Uno de los dispositivos centrales de la instalación es el raizotrón, instrumento que permite observar el crecimiento real de las raíces. Su presencia introduce una dimensión científica sin reducir la obra a demostración didáctica. Candiani se interesa por los modos en que el conocimiento técnico, los saberes tradicionales, las memorias indígenas y la imaginación artística pueden rozarse sin jerarquías rígidas. Por eso, el recorrido se inicia con una antesala de archivo en la que conviven láminas históricas procedentes de la Universitat de València e ilustraciones especulativas de la propia artista. Ese umbral sitúa al espectador ante una tensión fecunda: la que existe entre el documento y la invención, entre el dato y la intuición, entre lo verificable y aquello que todavía no sabemos nombrar.

La oscuridad de la sala no actúa solo como recurso atmosférico. Obliga al ojo a demorarse. El visitante debe esperar, ajustar la percepción, permitir que lo invisible comience a revelarse. Esa adaptación visual funciona como metáfora del proyecto completo: las raíces estaban antes que nosotros y seguirán trabajando cuando la presencia humana ya no pueda garantizarse como centro del relato. ‘Radix’ propone así una inversión de escala. Frente a una cultura acostumbrada a situar al ser humano como medida absoluta, Candiani abre una experiencia donde la vida subterránea impone su temporalidad lenta, persistente y anterior.

La artista invita a abandonar la posición cómoda del observador externo. La exposición no se mira desde fuera; se habita como un sistema en transformación. La escucha resulta aquí fundamental. La composición sonora no decora el espacio, sino que lo convierte en una cavidad perceptiva. En lugar de avanzar por una sala iluminada, el visitante entra en un ecosistema que exige pausa, atención, disponibilidad sensorial. La obra reclama otra forma de presencia: menos extractiva, menos frontal, menos segura de sus propias jerarquías.

La investigación de Candiani se apoya en una idea decisiva: las plantas poseen formas de inteligencia basadas en redes de señales químicas y eléctricas. Esa afirmación desplaza la vieja concepción de la naturaleza como fondo pasivo y obliga a pensar la vida desde la interdependencia. En ‘Radix’, el mundo vegetal no aparece como ornamento, sino como sistema activo de comunicación, resistencia y memoria. Lo que se juega en la instalación es una ética de la atención hacia aquello que sostiene la existencia sin ocupar nunca el centro visible de la escena.

Blanca de la Torre inscribe el proyecto dentro de la línea ‘Museo Anfibio’, una orientación institucional que piensa el museo desde la ecodependencia y desde su capacidad para transportar no solo materiales y energías, sino también memorias, pasados, presentes y futuros habitables. La imagen del anfibio resulta especialmente precisa: una institución cultural capaz de moverse entre medios distintos, de respirar en zonas cambiantes, de conectar saberes, lenguajes y temporalidades sin fijarse en una sola superficie. ‘Radix’ opera justamente en ese cruce: arte, ciencia, tecnología, artesanía y pensamiento ecológico convergen en una propuesta que no separa sensibilidad y conocimiento, ni estética y responsabilidad.

Con esta exposición, el IVAM no presenta únicamente una instalación de gran potencia sensorial. Propone una nueva cartografía de lo vivo. Tania Candiani imagina un subsuelo donde lo humano deja de ocupar la cúspide simbólica y aprende a convivir horizontalmente con otras formas de existencia. ‘Radix’ es, en ese sentido, una obra sobre las raíces, pero también sobre la cultura: sobre las redes que no vemos, sobre los vínculos que nos sostienen y sobre la urgencia de mirar debajo de la superficie antes de que la superficie deje de bastarnos.

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