El trabajo de Sala se sitúa en una zona incómoda del discurso contemporáneo. Su práctica no busca explicar el mundo, sino desestabilizarlo. Migraciones, crisis ecológica, desplazamientos identitarios o las contradicciones estructurales del capitalismo emergen aquí no como temas, sino como materiales de trabajo. A través de diez instalaciones —la mayoría concebidas específicamente para este proyecto—, la exposición traza una cartografía donde lo poético y lo político se contaminan hasta volverse indistinguibles.
La arquitectura de «La tempestad» responde a una lógica de confrontación. La propia comisaria define el recorrido como un territorio donde colisionan amenaza y fragilidad, símbolos heredados y nuevas ficciones, dispositivos de poder y grietas por donde se filtran relatos alternativos. Esa tensión no es decorativa: es estructural. El visitante no recorre una exposición, sino un sistema en crisis.
Entre las piezas, la serie «Biblioteca de Babel» activa una dimensión particularmente significativa. Los libros dejan de ser soporte para convertirse en artefactos de memoria insurgente, encarnando discursos y movimientos desplazados por la historia oficial. Frente a la linealidad del relato institucional, Sala propone un archivo fragmentado, inestable, atravesado por silencios y resistencias.
En paralelo, los «Washings» —globos terráqueos intervenidos cromáticamente— operan como metáforas materiales de un sistema global que reconfigura su imagen sin alterar su estructura. El gesto del “lavado” remite a procesos de blanqueamiento ideológico donde conflictos urgentes —emergencia climática, igualdad de género, derechos sociales— son absorbidos por dinámicas de consumo y convertidos en superficie estética. La crítica no es explícita: se filtra en la forma.
Conceptos como frontera, control o memoria atraviesan la exposición como vectores invisibles que ordenan el conjunto. El resultado es un archivo vivo de tensiones colectivas, donde cada pieza funciona como nodo de un sistema mayor que interpela directamente al espectador. No hay distancia segura: la obra exige posicionamiento.
La relevancia de este proyecto excede lo expositivo. Con esta coproducción, CentroCentro redefine su papel institucional apostando por modelos colaborativos que impulsan trayectorias arraigadas en el contexto madrileño pero conectadas con circuitos internacionales. La muestra no es un evento aislado, sino un síntoma de una estrategia cultural en mutación.
Ese diálogo se extiende más allá de la sala. En septiembre, Sala participará en el ciclo de talleres de artista del centro con una propuesta centrada en la serie y la repetición como herramientas de construcción en la práctica contemporánea. Una prolongación pedagógica que refuerza la dimensión procesual de su trabajo.
La trayectoria del artista confirma la densidad de este posicionamiento. Nacido en Gijón en 1972, Sala ha desarrollado una práctica que oscila entre lo editorial —como impulsor de la revista Sublime— y lo expositivo, con presencia en bienales internacionales y espacios como el Abrons Arts Center de Nueva York, el Museo de Bellas Artes de Asturias o Matadero Madrid. Su recorrido incluye reconocimientos como el Artport International Video Award otorgado por la UNESCO y la New York Foundation for the Arts, así como el Premio Generaciones de CajaMadrid o el Museo Barjola.
La figura de González, por su parte, introduce una capa curatorial alineada con una lectura crítica del presente. Historiadora del arte, investigadora y actual directora de LABoral desde 2025, su trayectoria articula proyectos que tensionan el relato institucional desde dentro, colaborando con espacios como el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, TEA Tenerife o PHotoEspaña. Su presencia en este proyecto no es accesoria: define su estructura.
«La tempestad» no busca respuestas. Plantea un estado de inquietud sostenida donde el arte se convierte en dispositivo de interrogación. En ese desplazamiento —del objeto al conflicto, de la forma al síntoma— se juega buena parte de su potencia.
CentroCentro no inaugura una exposición. Activa un escenario. Y en ese escenario, Avelino Sala no representa el mundo: lo pone en crisis.









