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El Thyssen acoge esta primavera una monográfica de Ewa Juszkiewicz

En la historia del arte occidental, el retrato femenino ha funcionado durante siglos como una superficie de proyección: no tanto un espacio de representación de la mujer, sino un dispositivo para fijar sobre ella un ideal. Belleza, virtud, silencio, disponibilidad simbólica. El lienzo como espejo deformante de una construcción cultural. En ese territorio —densamente codificado, aparentemente agotado— irrumpe la obra de Ewa Juszkiewicz (Gdańsk, 1984), no como una ruptura estridente, sino como una operación más sutil y, por ello, más incisiva: desarmar el retrato desde dentro. Dentro de su programa de exposiciones en torno a la colección de Blanca y Borja Thyssen-Bornemisza, el museo presenta una monográfica de la artista polaca Ewa Juszkiewicz del del 26 de mayo al 6 de septiembre.
La carta (según Adélaide Labille-Guiard, 2023)

Formada en la Academia de Bellas Artes de Gdańsk, Juszkiewicz ha desarrollado una práctica pictórica que dialoga de manera directa con la tradición europea de los siglos XVIII y XIX, apropiándose de sus convenciones formales para tensarlas hasta el límite. Sus cuadros remiten, en un primer golpe de vista, a esa genealogía reconocible: fondos neutros, iluminación controlada, composición centrada, vestimentas históricas tratadas con un virtuosismo técnico que evidencia un conocimiento profundo del oficio. Pero esa familiaridad es, en realidad, una trampa.

Donde debería haber un rostro —ese centro simbólico de identidad, deseo y reconocimiento— aparece la alteración. Cabelleras que se expanden hasta ocultar la fisonomía, tejidos que se repliegan como máscaras orgánicas, flores que colonizan el lugar de la mirada, estructuras imposibles que sustituyen la expresión por el enigma. La figura femenina permanece, pero su legibilidad se disuelve. No hay ojos que devuelvan la mirada, no hay gesto que pueda ser interpretado desde los códigos habituales del retrato. Lo que queda es una presencia desplazada, inquietante, radicalmente ambigua.

Niña de azul ( según Johannes Cornelisz Verspronch), 2013

Este gesto no es arbitrario. Juszkiewicz interviene sobre un archivo visual muy concreto: el de la pintura académica europea, donde la mujer fue sistemáticamente representada bajo parámetros que combinaban idealización estética y control simbólico. En ese sentido, su trabajo no consiste en “actualizar” el retrato, sino en evidenciar sus mecanismos. Al eliminar el rostro, desactiva el dispositivo de identificación y, con él, la posibilidad de consumir la imagen bajo los términos tradicionales del placer visual.

Hay en su obra una tensión constante entre forma y contenido. La precisión técnica —esa minuciosidad casi obsesiva en la representación de telas, volúmenes y texturas— contrasta con la violencia conceptual del gesto que propone. No se trata de una pintura expresionista ni de una ruptura formal evidente; al contrario, la artista opera desde el interior del lenguaje clásico, respetando sus reglas para subvertirlas. Esa decisión no es menor: al evitar la estética de la ruptura explícita, su trabajo se infiltra con mayor eficacia en el imaginario del espectador.

Seda y hoja de musa, 2025
La arpista (según Thomas Sully), 2023

En los últimos años, su proyección internacional ha crecido de forma sostenida. Sus obras han sido presentadas en instituciones de referencia como el Museo Nacional de Cracovia o el Museo Nacional de Gdańsk, y su presencia en el circuito galerístico global se ha consolidado a través de espacios como la galería Gagosian, que ha impulsado su visibilidad en ciudades clave como Nueva York o Londres. Este recorrido no responde únicamente a una lógica de mercado —aunque el mercado, inevitablemente, también la ha absorbido—, sino a la capacidad de su trabajo para insertarse en debates contemporáneos sobre género, representación y memoria visual.

Retrato de rojo veneciano ( según Élisabeth Vigée Le Brun), 2024
Sin título, 2020

Sin embargo, reducir su práctica a una lectura exclusivamente feminista sería simplificarla. Si bien es evidente que su obra dialoga con la crítica a la construcción histórica de la feminidad, lo hace desde un lugar más complejo: no ofrece una alternativa clara ni una nueva iconografía positiva, sino que introduce una perturbación. Sus figuras no se liberan del marco, pero lo vuelven inestable. No hay aquí una reivindicación directa, sino una incomodidad sostenida.

En este sentido, Juszkiewicz se sitúa en una línea de artistas contemporáneos que trabajan sobre el archivo histórico no para rendirle homenaje, sino para reescribirlo. Su pintura no niega la tradición, pero tampoco se somete a ella. La utiliza como materia prima, como estructura a partir de la cual construir un discurso que cuestiona la propia posibilidad de representación.

Lo interesante, en última instancia, es cómo su obra interpela al espectador contemporáneo. En un contexto saturado de imágenes, donde la visibilidad se ha convertido en una forma de capital, la decisión de ocultar el rostro —de negar el acceso inmediato a la identidad— adquiere una dimensión política. Juszkiewicz no ofrece más imagen; ofrece menos. Y en esa reducción, en esa resistencia a la transparencia, emerge una nueva forma de mirar.

Sus cuadros no buscan ser comprendidos de forma inmediata. Exigen una pausa, una relectura, una cierta renuncia a la comodidad interpretativa. Frente a la lógica acelerada del consumo visual, su pintura introduce fricción. Obliga a detenerse, a confrontar la imagen como problema y no como superficie.

En esa tensión entre reconocimiento y extrañamiento, entre belleza técnica y violencia conceptual, se juega la potencia de su trabajo. Ewa Juszkiewicz no pinta retratos; desmonta la idea misma de retrato. Y al hacerlo, no solo reescribe una tradición, sino que cuestiona el modo en que seguimos mirando. En un tiempo donde la imagen se ha vuelto omnipresente y, paradójicamente, cada vez más vacía, su obra plantea una pregunta incómoda: ¿qué queda del sujeto cuando se le priva de rostro?

La respuesta, como sus cuadros, no es inmediata. Pero precisamente ahí reside su fuerza.

 

Sin título (según Elisabeth Vigée Le Brun ), 2021
Dama con una perla(según Francois Gérad), 2024

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