La afirmación vital que da nombre al altar de Casa México en Madrid dialoga, casi sin proponérselo, con otras preguntas que recorren la escena cultural madrileña. Mientras Contemporánea Condeduque interroga esta temporada la posibilidad de seguir amando en el presente catatónico, Casa de México devuelve la pregunta desde la memoria de quienes ya no están: ¿mantenerlos presentes es también una forma de amar? El montaje, concebido por Beatriz Redo, toma como punto de partida los cementerios de las montañas de Michoacán durante la noche del Día de Muertos. Allí, las familias acuden a reencontrarse simbólicamente con las almas de sus seres queridos en una celebración donde la frontera entre recuerdo y presencia parece volverse más porosa. La escenografía incorpora además una de las imágenes más reconocibles asociadas a estas fechas en la región: la llegada de la mariposa monarca a los bosques de Michoacán entre finales de octubre y comienzos de noviembre. Entre comunidades purépechas y mazahuas, su aparición ha sido tradicionalmente vinculada con el regreso de los difuntos o con el anuncio de su llegada al mundo de los vivos.
En ese paisaje simbólico se instala la figura de Agustín Lara, a quien está dedicada la edición de este año. El compositor mexicano Agustín Lara (1897-1970) ocupa un lugar central en la canción romántica en español. Conocido como ‘El Flaco de Oro’, dejó títulos como ‘Granada’, ‘Solamente una vez’ y ‘María Bonita’, además del célebre chotis ‘Madrid’, una de las composiciones más populares dedicadas a la capital española. Su presencia en el montaje establece además un puente reconocible con Madrid, una ciudad que forma parte de su imaginario musical y de su proyección en España.
El músico aparece en la parte superior del altar representado mediante una calavera y un gran piano. A su alrededor se distribuyen otras figuras elaboradas con la técnica de la cartonería por los artesanos Raimundo Amezcua y Marta Linares. Todo el recorrido estará acompañado por algunas de las canciones más conocidas de Lara, incorporando el sonido como parte del dispositivo de memoria y evitando que la ofrenda quede reducida a una experiencia puramente visual.
La propuesta de Casa México en Madrid se amplía más allá del altar principal. La segunda planta de Casa de México permitirá a los visitantes dejar mensajes dedicados a familiares o amigos fallecidos, mientras que esta edición incorpora por primera vez un altar dedicado a las mascotas. El recorrido suma piezas de arte popular, otras ofrendas y una tienda con materiales para construir un altar en casa.
La institución añade este año una dimensión digital. Una herramienta virtual permitirá fotografiar un espacio doméstico y visualizar cómo podría integrarse allí un altar completo con algunos de sus elementos más representativos. El recurso busca trasladar la tradición al ámbito cotidiano mediante la tecnología y acercar el patrimonio cultural mexicano a nuevos públicos.
La celebración saldrá además de la sede de Casa de México. Entre el 23 de octubre y el 2 de noviembre podrán visitarse tres altares en distintos puntos de Madrid gracias a una colaboración con el Ayuntamiento. CentroCentro acogerá una propuesta diseñada por Guillermo González; la Montaña de los Gatos, en el parque de El Retiro, presentará un altar concebido por Fer Ferez; y el Invernadero de Arganzuela contará con un diseño del estudio Señoritos Creativos. Fuera de la capital, el recién inaugurado centro cultural Faro Santander mostrará otra ofrenda realizada en colaboración con Casa de México y diseñada por la escenógrafa y gestora cultural Cristina Faesler.
Ese movimiento resulta coherente con la propia historia del altar de muertos, una práctica que ha pasado del ámbito doméstico a escuelas, museos, centros comerciales y espacios públicos sin perder necesariamente su dimensión íntima. Cada región, comunidad y familia conserva maneras particulares de construirlo, pero ciertos elementos permanecen: fotografías, velas, flores de cempasúchil, alimentos, bebidas y objetos vinculados a la persona recordada.
La tradición hunde sus raíces en la época prehispánica y en antiguas concepciones de la muerte como inicio de un trayecto hacia el Mictlán, lugar asociado a Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. En 2003, la celebración del Día de Muertos en México recibió el reconocimiento de la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial, reforzando internacionalmente una práctica sustentada en la relación afectiva entre vivos y muertos.
Beatriz Redo trabaja precisamente sobre esa dimensión narrativa. Nacida en Ciudad de México, su trayectoria incluye pintura mural, ‘trompe-l’œil’, arte objeto, diseño floral, decoración, interiorismo, eventos y ‘performance’. Su relación con el Día de Muertos ocupa un lugar particular dentro de ese recorrido. Redo ha concebido ofrendas donde escenografía, flores, iluminación, pintura, artesanía y música funcionan como partes de una misma narración.
En varias ocasiones ha dedicado sus altares a músicos fallecidos, utilizando sus canciones como vehículo para reconstruir una presencia. Con Agustín Lara esa lógica alcanza una resonancia especial: su obra se incorpora al altar como una forma de regreso.
‘¡Viva la vida!’ propone, en último término, una idea sencilla y persistente: la muerte puede alterar la forma de una relación, pero no necesariamente extinguirla. Entre mariposas monarca, calaveras de cartonería, flores, mensajes y canciones, Casa de México vuelve a situar la memoria en el centro de una celebración que rehúye el silencio funerario para afirmar que recordar también puede ser una manera de mantener viva una conversación.









