El punto de partida son las conversaciones con R. L., una antropóloga forense especializada en trauma óseo que trabaja en la identificación de víctimas de desapariciones forzadas en distintos lugares del mundo. Su oficio consiste en interpretar aquello que permanece inscrito en los restos: edades, fracturas, lesiones y posibles causas de muerte. Cada indicio puede contribuir a reconstruir una identidad y documentar la violencia ejercida sobre una persona.
Después de décadas de experiencia y cientos de informes científicos, la investigadora formuló una pregunta que dio origen a la propuesta teatral: «Quiero saber qué podría emerger si leyéramos los mismos datos con música. Estoy segura de que hay más ahí para ser oído».
Infante reconoce en esa inquietud un territorio compartido entre disciplinas: la obra nace «de una pregunta que no pertenece del todo al teatro, ni del todo a la ciencia». La labor de R. L., explica la directora, ha contribuido reiteradamente a «devolver nombres allí donde un Estado violento intentó producir silencio». El montaje se aproxima a ese trabajo mediante una búsqueda que avanza entre rastros, conjeturas y recuerdos.
La composición de Matthew Herbert, interpretada en directo por Kristian Orellana, participa de esa investigación desde su origen. La música propone otra forma de relacionarse con los materiales que estudia la antropóloga y organiza su escucha en escena. Según Infante, «la música está en el origen mismo de la obra». Su función responde a la pregunta inicial de R. L.: qué formas de memoria o de relación podrían surgir al escuchar aquello que habitualmente se examina como evidencia.
Marcela Salinas interpreta este monólogo de autoficción, cuya escritura comparte con Infante y Michael de Cock. La actriz describe su trabajo como «un viaje fluido y continuo de interpretación y recuerdos, algunos más lúcidos y otros incompletos o erosionados por el paso del tiempo». Los personajes se enlazan mediante asociaciones que acercan las evocaciones de infancia a una memoria más reciente.
Ese movimiento vincula la experiencia individual con las desapariciones cometidas durante dictaduras y guerras. Para Salinas, representar esas vidas supone «completar mi propio cuerpo y mi propia historia». El recuerdo adquiere así una dimensión colectiva: las ausencias intervienen en la manera de comprender quiénes somos y cómo contamos nuestra historia.
La puesta en escena desarrolla esa persistencia de lo que falta. «Me interesa la idea de que algo puede estar presente justamente a través de su falta, de sus rastros, de los efectos que sigue produciendo», explica Infante. Desde esa perspectiva, la ausencia conserva una capacidad de afectar a los vivos y de reclamar su atención.
La escenografía y la iluminación de Rocío Hernández acompañan la aparición progresiva de indicios y los cambios de la atmósfera escénica. El vestuario de Elizabeth Pérez, el diseño sonoro de Manuela Infante y Víctor Muñoz y la coreografía de Dian C. Guevara participan de una misma interrogación: cómo expresar la presencia de quienes fueron sustraídos de la vida compartida.
‘Los huesos’ sitúa esa pregunta ante el espectador. El trabajo forense busca establecer identidades y producir evidencia; la propuesta teatral indaga en las relaciones que esos restos todavía pueden suscitar. La violencia de la desaparición persiste en la incertidumbre de quienes esperan. Escuchar sus huellas implica reconocer que esa espera también forma parte del presente.









