Porque si algo define nuestro presente es la disolución de los márgenes. La inteligencia artificial ya no pertenece exclusivamente al dominio técnico ni a los circuitos cerrados de la investigación científica. Ha infiltrado los lenguajes, las prácticas artísticas, las narrativas culturales e incluso las formas en que percibimos y organizamos la experiencia. No es una herramienta: es un entorno. Un ecosistema que amplifica, tensiona y, en ocasiones, desestabiliza las nociones tradicionales de autoría, originalidad y creación.
En este contexto, CÚBIT no se presenta como un escaparate de innovación ni como una celebración acrítica del progreso tecnológico. Más bien opera como un espacio de interrogación sostenida, un dispositivo que propone habitar la incertidumbre en lugar de clausurarla. Lejos de ofrecer respuestas tranquilizadoras, el festival despliega un programa que articula prácticas escénicas, performativas y discursivas en torno a una pregunta central: ¿qué significa crear cuando la creación ya no es exclusivamente humana?
La programación responde a esta tensión desde la heterogeneidad. La danza robótica de Famulus 4.0 introduce el cuerpo en diálogo con la máquina, no como antagonista sino como extensión conflictiva. El teatro de marionetas computacional The Big Bang propone una escena donde la manipulación deja de ser visible y se desplaza hacia lo algorítmico, cuestionando quién —o qué— dirige realmente la acción. A ello se suman las propuestas escénicas de Carla Nyman y Lluna Issá Casterà, así como la pieza de Amir Yatziv, que expanden el campo teatral hacia territorios donde la narración se fragmenta y se reconfigura bajo nuevas lógicas de producción.
Pero quizá uno de los gestos más significativos del festival reside en sus talleres de escritura con inteligencia artificial. No como curiosidad pedagógica ni como concesión a la tendencia, sino como campo de experimentación donde se pone en crisis la figura del autor. ¿Quién escribe cuando el texto emerge de la interacción entre un sujeto y un sistema entrenado con millones de datos? ¿Dónde se sitúa la intención, la voz, la responsabilidad? La escritura, históricamente concebida como uno de los últimos reductos de la subjetividad, se convierte aquí en un territorio compartido, ambiguo, potencialmente descentrado.
CÚBIT. Ciencia + Arte no organiza estas propuestas en una narrativa lineal ni en un discurso unívoco. Más bien traza un mapa fragmentario, una cartografía de tensiones donde la creatividad humana y los algoritmos no se excluyen, sino que se entrelazan en relaciones complejas: de amplificación, de resistencia, de transformación. El resultado no es una síntesis, sino un campo de fuerzas.
En este sentido, el festival se construye también como un espacio de conversación. Coloquios, proyecciones, performances y encuentros abiertos articulan un diálogo que desborda el ámbito estrictamente artístico para interpelar a la ciudadanía. Porque la pregunta por la inteligencia artificial no es únicamente tecnológica ni estética: es profundamente política. ¿Quién diseña los sistemas que modelan nuestra percepción? ¿Qué imaginarios se consolidan y cuáles quedan fuera? ¿Qué formas de poder se reconfiguran en este nuevo escenario?
Las cuestiones que atraviesan CÚBIT —¿puede una máquina imaginar?, ¿será el arte del futuro humano, artificial o híbrido?, ¿quién crea cuando nadie crea en solitario?— no buscan ser resueltas, sino sostenidas en su complejidad. Hay, en esta negativa a simplificar, una ética del pensamiento que resulta particularmente necesaria en un tiempo dominado por la velocidad y la sobreproducción de certezas.
Jorge Volpi, director artístico de Contemporánea Condeduque, sintetiza esta posición con claridad: “el Festival CÚBIT. Ciencia + Arte no ofrece certezas tranquilizadoras, sino un espacio para pensar colectivamente cómo la inteligencia artificial está transformando nuestra relación con el arte, la literatura y la creatividad. Un encuentro imprescindible para creadores, lectores, artistas y ciudadanos que no quieren limitarse a consumir el futuro y prefieren participar activamente en su construcción”.
En última instancia, CÚBIT. Ciencia + Arte no trata sobre la tecnología, sino sobre nosotros. Sobre la forma en que nos pensamos, nos representamos y nos proyectamos en un mundo donde las fronteras entre lo humano y lo artificial ya no son evidentes. Si el arte ha sido históricamente un mecanismo para interrogarnos sobre nuestra condición, hoy esa pregunta adquiere una densidad inédita.
No se trata de saber si las máquinas pueden imaginar. La cuestión, más incómoda, es otra: qué ocurre con nuestra idea de imaginación cuando dejamos de ser sus únicos depositarios. Y, sobre todo, si estamos preparados para asumir las consecuencias de esa pérdida de exclusividad.









