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Xisi Sofia Ye Chen irrumpe en Visions du Réel con un retrato íntimo sobre desarraigo y herencia migrante

El documental contemporáneo atraviesa un momento de expansión formal en el que las fronteras entre lo íntimo y lo político se diluyen. En ese marco se inscribe “La noche de la infancia”, primer largometraje de Xisi Sofia Ye Chen, que tendrá su estreno en la 57ª edición de Visions du Réel (Nyon, del 17 al 26 de abril), donde compite como única producción española en la sección internacional.
Xisi Sofia Ye Chen

Lejos de cualquier gesto complaciente, la película se articula como una indagación íntima en la experiencia de la diáspora china en España, pero también como una exploración de los relatos que configuran la identidad en contextos de desplazamiento. Xisi Sofia Ye Chen, creadora multidisciplinar nacida en el seno de una familia de origen chino asentada en Barcelona desde los años noventa, construye aquí su ópera prima tras un recorrido que abarca el cine, el teatro, la instalación artística y la interpretación. Esa transversalidad no opera como un mero dato biográfico, sino como el sustrato de una propuesta formal que se mueve entre el registro documental y una conciencia explícita de sus propios mecanismos de representación.

El eje del relato se sitúa en la figura de A Wen, hermano de la directora, cuya juventud en la España de comienzos de los 2000 estuvo atravesada por dinámicas de calle marcadas por la violencia, los casinos clandestinos y una apropiación simbólica del imaginario del cine de gánsteres. Lejos de presentarse como una anécdota marginal, esa deriva se plantea como un proceso de construcción identitaria en el que la ficción actúa como molde ético y emocional. Las imágenes que la propia directora percibía en la infancia —reflejadas en las gafas de su hermano— se revelan así como un dispositivo formativo que modela nociones de lealtad, sacrificio y pertenencia.

En el presente, A Wen aparece como un empresario asentado en Barcelona y padre de familia, pero también como un sujeto atravesado por una crisis vital que desestabiliza esa aparente estabilidad. La película se sitúa en ese punto de inflexión: una depresión que obliga a revisar el pasado y a confrontar las decisiones que han configurado su trayectoria. No hay aquí un relato de redención en sentido clásico, sino una exploración de la fractura, de la imposibilidad de cerrar del todo las capas que conforman la identidad.

La estructura del filme responde a esa misma lógica de inestabilidad. Planos de una estética contenida, cercanos a una cierta depuración visual, se alternan con fragmentos más difusos, donde la imagen parece resistirse a fijar un significado unívoco. La voz en off de la directora funciona como hilo conductor, pero también como dispositivo de interrogación: no afirma, cuestiona; no ordena, descompone. En ese desplazamiento formal se inscribe una voluntad de alejarse de cualquier transparencia narrativa.

Los espacios que atraviesa la película configuran una cartografía precisa de ese universo. Los karaokes clandestinos chinos, donde se entrelazan ocio y negocio, actúan como lugares de reactivación del pasado y de reencuentro con una comunidad atravesada por códigos propios. Las visitas a Laosan —amigo que quedó paralizado tras un tiroteo en el que participó A Wen— introducen una dimensión material de la violencia, inscrita en el cuerpo. Las conversaciones con la madre, figura central en la historia migratoria de la familia, aportan una capa afectiva que complejiza cualquier lectura unívoca. A todo ello se suman los encuentros con un maestro budista en China, que abren un espacio de reflexión espiritual y tensionan las lealtades heredadas.

En ese cruce de tiempos —la infancia marcada por la migración en los años noventa, la juventud atravesada por la calle en los 2000 y el presente adulto en crisis—, la película plantea una cuestión central: cómo se articula el desarraigo en las segundas generaciones. Las respuestas que emergen no son homogéneas. Mientras A Wen parece orientarse hacia una reafirmación de ciertos valores tradicionales, la directora se sitúa en un lugar de desplazamiento constante, atravesado por una identidad que no termina de fijarse en ninguno de los marcos culturales disponibles.

La producción, liderada por LaCima Producciones en coproducción con The South Project, 3Cat y la francesa La Fábrica Nocturna Cinema, cuenta con el respaldo de instituciones como el ICAA, el ICEC, Eurimages y el Fonds d’aide à l’innovation, además del apoyo de RTVE, Movistar y Filmin. La distribución estará a cargo de Begin Again Films en España y Midnight Blur Films | PARALLAX en el ámbito internacional. Más allá de su estructura industrial, el proyecto evidencia una apuesta por un tipo de cine que aborda zonas de fricción social desde una perspectiva interna y sin concesiones.

Antes de su estreno en Visions du Réel, La noche de la infancia ha transitado por diversos espacios de desarrollo y promoción como D’A Film Lab, Márgenes Work, Lau Haizetara, Golden Horse Film Project Promotion, Zinebi Networking y Abycine Lanza, donde ha sido seleccionada y reconocida. Este recorrido no solo consolida su posicionamiento dentro del circuito de cine de autor, sino que anticipa su capacidad de diálogo con contextos internacionales.

Durante su metraje, la película despliega múltiples capas de lectura en torno a cuestiones como la precariedad, la clase social o el impacto de la crianza en la salud mental adulta. Todo ello se articula sin subrayados, a través de una puesta en escena contenida que privilegia los silencios, los gestos y las tensiones no resueltas. La mirada que propone es, además, explícitamente femenina: observa un universo en el que la masculinidad permanece anclada a códigos de honor heredados, sin convertir esa observación en juicio simplificador.

En última instancia, La noche de la infancia se configura como el retrato íntimo que una hermana traza de su hermano en un momento de fractura personal. Pero esa dimensión privada se expande hasta convertirse en un dispositivo de lectura colectiva. El cine aparece aquí no como herramienta de conciliación, sino como espacio de memoria y de interrogación, donde las contradicciones no se resuelven, sino que se exponen en toda su complejidad.

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