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“Torrente Presidente” no es una provocación: es su fantasma

La deriva de una saga no siempre se mide por su agotamiento formal, sino por su incapacidad para sostener el dispositivo que la hizo viable dentro de su propio patriotismo estéril. En ese punto se instala Torrente Presidente, una pieza que ya no opera como sátira sino como eco degradado de sí misma, como si el personaje hubiera dejado de ser una caricatura incómoda para convertirse en una inercia narrativa sin fricción. A duras penas intenta dar por buena la grosería barata, el sinsentido grotesco o los gags de cuñados resacosos. Torrente Presidente es una especie de “alien” cinematográfico que se alimenta de cameos trascendentes mientras se autodestruye por no tener una lógica narrativa sólida, un argumento coherente o un mínimo de respeto por la decencia de la cinematografía contemporánea. El problema no es la vulgaridad de su planteamiento, sino su ansia de de no llegar a ningún sitio. Es el típico “cinebasura” que aburre aunque ostente la innovadora intención de parodiar a VOX. Es ridiculizar lo ridículo sin gracia, sin talento, sin la voluntad de cineastas que se toman en serio su oficio.

El problema no es el exceso —la saga siempre ha vivido del exceso—, sino la pérdida de tensión. Donde antes había una voluntad, más o menos consciente, de incomodar al espectador mediante la exageración de lo grotesco, ahora se impone una repetición automática de códigos: el chiste fácil, la acumulación de tópicos, la escenografía del disparate. La película no construye un universo, lo recicla. Coge sus propios residuos y los expone sin clasificar su propia toxicidad histriónica.

El Torrente original funcionaba porque era, en el fondo, un artefacto incómodo: un espejo deformante de ciertas pulsiones sociales que, al ser llevadas al extremo, obligaban a mirar. En esta entrega, sin embargo, el personaje ya no refleja nada; se limita a ocupar espacio. Su conversión en presidente —premisa que podría haber articulado una lectura política incisiva— se resuelve en una sucesión de gags previsibles que evitan cualquier contacto real con el contexto que supuestamente parodian.

En ese marco de desgaste, la polémica mediática reciente no hace sino subrayar una paradoja incómoda. La batalla desatada en torno a Santiago Segura tras la publicación de una crítica de la Cadena SER —que desvelaba buena parte de los cameos sorpresa el mismo día del estreno— revela hasta qué punto la película había desplazado su centro de gravedad hacia el secreto como estrategia promocional. Segura había apostado por un modelo poco habitual: blindar la información para que el descubrimiento se produjera exclusivamente en la sala. Su reacción, de una dureza inusual muy cercana a su personaje fetiche —“la SER ha demostrado ser gente mala, o mezquina, o necia, o una mezcla”—, no se dirigía tanto contra la crítica negativa como contra la exposición prematura de elementos que debían funcionar como detonantes de la experiencia.

Sin embargo, el conflicto abre una grieta más profunda: cuando una película depende de la ocultación de sus sorpresas para sostener su impacto, quizá el problema no radique en quien las revela, sino en la fragilidad del propio artefacto. La lógica del cameo como acontecimiento sustituye aquí a la construcción narrativa, desplazando el interés desde lo que la película dice hacia lo que la película esconde. Una película que se nutre de cameos para existir , es una película muerta antes de nacer.

La sátira, cuando funciona, necesita precisión. Aquí, en cambio, todo se diluye en una especie de ruido constante donde la provocación ha sido reemplazada por la complacencia. No hay riesgo, no hay desplazamiento, no hay lectura. Solo una maquinaria que reproduce fórmulas agotadas bajo la apariencia de irreverencia baldía y soez.

Más significativo aún resulta el modo en que la película gestiona su relación con el espectador. Ya no lo desafía, lo subestima. El humor no se articula desde la inteligencia del exceso, sino desde la reiteración de lo obvio, como si la franquicia hubiera asumido que su público no necesita ser interpelado, sino simplemente acompañado en una zona de confort donde todo resulta reconocible y, por tanto, inocuo.

En ese sentido, Segura parece haber desplazado el eje de su creación: de la incomodidad a la autoparodia, y de ahí a una forma de entretenimiento que ya no cuestiona nada, ni siquiera a sí misma. Torrente deja de ser un síntoma para convertirse en una marca, y la película en un producto que explota esa marca sin añadirle densidad ni conflicto.

El resultado no es tanto un fracaso como una desactivación. La película no escandaliza, no molesta, no incomoda: simplemente pasa. Y en esa ausencia de fricción reside su problema más profundo. Porque cuando una sátira deja de tensar la realidad que pretende deformar, deja también de tener sentido.

“Torrente Presidente” no es una provocación: es su fantasma.

 

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