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Entrevistamos a Juan Miguel Hernández León tras treinta años como presidente del Círculo de Bellas Artes

En el año en que el Círculo de Bellas Artes de Madrid cumple cien años de historia, Juan Miguel Hernández León, su presidente durante las últimas tres décadas, propone una reflexión que desborda la lógica conmemorativa y se adentra en una pregunta de mayor calado: qué significa el tiempo para una institución cultural y qué responsabilidad implica custodiarla más allá de la cronología. Lejos de entender el centenario como un cierre o un ejercicio nostálgico, Hernández de León reivindica el Círculo como un proyecto aún joven, vivo, atravesado por la crítica y por una concepción de la cultura que no se deja reducir ni al entretenimiento ni al consumo.

A lo largo de esta conversación, el presidente reflexiona sobre la mercantilización cultural, la turistificación de las ciudades, el vaciamiento simbólico que producen las redes sociales y el papel de la inteligencia artificial como espejo algorítmico de nuestras propias decisiones. Frente a un presente dominado por la inmediatez y la abstracción, defiende el valor de la pregunta como núcleo del pensamiento crítico y del arte entendido no como respuesta, sino como tensión del límite. En el umbral de su centenario, el Círculo de Bellas Artes aparece así no como una institución que mira al pasado, sino como un espacio que se interroga sobre su función ética, política y cultural en los próximos cien años.

 Juan Miguel Hernández León, ¿cien años no son nada? Como dice el tango —aquello de que veinte años no es nada—, ¿qué son cien años para el Círculo de Bellas Artes?

El tiempo es una cuestión interior y, por tanto, la cronología matemática y su definición quedan fuera del sentimiento. Cien años, en el sentido de la historia, de los contenidos y de los sucesos que han pasado en este edificio a lo largo de su vida, son la síntesis de un proyecto todavía vivo y que, por tanto, es joven.

Hoy se habla mucho de turistificación en la cultura, de culturización del turismo y de capitalismo líquido. ¿Qué crees que aporta el Círculo de Bellas Artes? ¿Qué le diferencia de otros espacios y ámbitos culturales, públicos o privados?

Una cuestión fundamental es que nosotros no entendemos la cultura como una forma de entretenimiento. Ese es el problema de la mercantilización de la cultura. La cultura no es gastronomía en ese sentido, porque la cultura no se consume. Quien dice “estoy consumiendo cultura” no tiene ni idea de lo que está diciendo. La cultura, por tanto, pregunta. La cultura tiene que inquietar y, sobre todo, en su dimensión de lo que llamamos arte —que no deja de ser un subsistema de ese entramado cultural que la antropología define como otro sistema de navegación o de estar en el mundo—, es algo que necesita, para ser auténticamente una práctica artística, para ser una auténtica cultura que incite a preguntarse, no dar respuestas, sino reflexionar, entender qué somos, qué hacemos y qué es este mundo.

Eso es lo que constituye el proyecto del Círculo de Bellas Artes, como es fácil de comprobar en la gran exposición que inauguramos en los próximos días, titulada Eclosión. El Círculo de Bellas Artes en los 80 y 90.
La muestra traza un recorrido por lo que supuso, desde el año 83, la irrupción del Círculo de Bellas Artes en una cultura crítica, una cultura de preguntas, una cultura de inquietud: conceptos que se alejan de lo que sería precisamente esa cultura entendida como entretenimiento, que no deja de ser decoración.

Hay una reflexión que, ahora que te estaba escuchando, me ha hecho acordarme de un profesor que tuve en la universidad: ¿hay preguntas que tienen más valor que la suma de todas sus respuestas?

Por supuesto. Preguntar es tensionar el límite. Tenemos, como seres finitos, una condición delimitada, y la cultura —y sobre todo el arte— lo que hace es tensionar ese límite. Al llevarlo al extremo, no está intentando encontrar una respuesta, sino que, si recordamos lo que limes significaba en el griego clásico, no era un cierre ni una delimitación, sino el momento y el punto en el que uno entendía dónde estaba.

¿Qué valoración haces de estos treinta años como presidente del Círculo de Bellas Artes? ¿Cómo te han afectado? ¿Y qué crees que has aportado?

Lo que yo haya podido aportar no me corresponde a mí decirlo. Espero que, si alguien tiene interés, lo pueda decir en el futuro. Lo que sí creo es que las profundas transformaciones que ha vivido lo que llamamos sociedad, ese devenir histórico, son fundamentales. A veces ocurre como cuando vives con tu familia y no te das cuenta de cómo pasa el tiempo. Solo cuando ves a un amigo al que hace muchos años que no ves y dices: “qué mayor estás, qué viejo estás”. Claro, tú no eres consciente, pero si te distancias ligeramente te das cuenta de cómo todo se ha transformado de manera fehaciente.

Una distancia del deterioro. De la propia forma de ser. De la propia subjetividad. De lo que se puede entender como sujeto, de la dignidad del ser. Y eso, ¿qué es? ¿Qué son las redes sociales? Las redes son una especie de virtualidad que sustituye al contacto, a los cuerpos, a la palabra y, por tanto, nos sitúa en un campo vacío de sentimiento: solo de distancia, de abstracción.

La inteligencia artificial, por su parte, no deja de ser un algoritmo que se alimenta precisamente de lo que nosotros le aportamos. Puedo contar anécdotas, como la de una inteligencia artificial que, al parecer, estaba en mi ordenador —no sé de dónde salió— y que, en un momento dado, me ofreció sus servicios para lo que quisiera. Yo estaba escribiendo una conferencia y le dije: “Bueno, voy a probarla, ¿por qué no me la escribes?”. De pronto entró en un bucle con un nombre. Le dije: “No, no, eso así no se hace”. Y ella me discutió, me dijo: “No, es para darle importancia a la institución de la que estoy hablando”. Le respondí: “Sí, pero eso literariamente no se mantiene, así no se hace”. Me dijo: “Tienes razón, ¿por qué no me enseñas tú?”.

Desde la perspectiva de estos últimos treinta años como presidente del Círculo de Bellas Artes, si hiciéramos un ejercicio de ciencia ficción: ¿qué consejo le darías a quien tuviera que presidir la institución no durante los próximos treinta años, sino durante los próximos cien?

Posiblemente sería yo dentro de los próximos cien años, pero, bromas aparte, considero que hay una cuestión fundamental para esta institución. En primer lugar, ser capaz de mantener una voz crítica y de defensa, pero sin perder la condición de portavoz institucional. Aquí no hay polarización política: hay defensa de la verdad y defensa de los valores. Y, por tanto, esa conciencia crítica para mantener el proyecto de lo que es, ha sido y será el Círculo de Bellas Artes es fundamental.

Pero también hay que mantener, por supuesto, la tranquilidad y la empatía propias de un cargo institucional. Uno debe saber que puede hablar a título particular —como profesor, como escritor, como lo que sea— y ahí puede decir lo que quiera desde su concepción ideológica. Pero cuando se habla como presidente o presidenta del Círculo de Bellas Artes hay que tener en cuenta que se está representando a una institución y, por tanto, hay que hablar desde los valores de la institución y desde la representación de los aproximadamente 2.500 socios a los que se representa.

Vista interior del Círculo de Bellas Artes

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