En esta entrevista, el Dr. Delgado Aboy no solo aborda la dimensión técnica de su especialidad. También reivindica una idea de la medicina que Urban Beat considera esencial para entender el liderazgo sanitario contemporáneo: innovar no consiste únicamente en incorporar tecnología, sino en ponerla al servicio de una relación médico-paciente más cercana, más consciente y más humana.
Con más de 30 años de trayectoria en otorrinolaringología, ¿qué le llevó a especializarse en tratamientos respiratorios avanzados?
Terminé mi formación en 1982 y comencé a trabajar en una clínica de Madrid, situada junto a Vallehermoso, que ya no existe. Allí empecé a realizar cirugía funcional en personas que iban a participar en olimpiadas, campeonatos del mundo y otras competiciones deportivas. Ese fue el origen de mi interés por mejorar la función de los órganos sobre los que trabajaba.
Más adelante, tras obtener plaza en la Seguridad Social, fui destinado a un hospital de Manzanares, en Ciudad Real. Allí entré en contacto con un jefe de servicio que se había formado en la clínica Williams House, en California, y que incorporaba las tecnologías más avanzadas del momento, especialmente en cirugía oncológica y procedimientos relacionados con la garganta. Fue entonces cuando comenzó a interesarme de manera especial la cirugía oncológica y, posteriormente, la cirugía funcional.
Con el tiempo, también contacté con un médico especializado en cirugía funcional laríngea. Se trataba de una técnica llamada fistuloplastia fonatoria, que permitía devolver la voz a pacientes intervenidos de laringectomía total, es decir, personas que habían perdido la capacidad de hablar tras la extirpación de la laringe. Me desplacé a San Sebastián con una beca nacional de investigación del FIS y estuve seis meses con el profesor El Profesor Jesús Algaba Guimerá. Aquella experiencia reforzó mi necesidad de buscar nuevas soluciones para mejorar la funcionalidad de los órganos que competen a mi especialidad.
Cuando uno hace cirugía oncológica, sabe que después debe reconstruir aquello que ha tenido que modificar o extirpar. Al eliminar un cáncer hay que hacerlo en su totalidad para que el índice de supervivencia sea lo más alto posible, pero al mismo tiempo se debe intentar preservar o recuperar la función. De ahí nació mi impulso por desarrollar una cirugía funcional lo más eficaz posible, con el menor daño para el paciente. En ese contexto comenzó también mi interés por la turbinoplastia.
Su proyecto médico tiene presencia en Melilla, Málaga y Madrid. ¿Cómo se produjo ese salto?
Llegó un momento en que Melilla se me quedó pequeña. Es una ciudad encantadora, pero cuando uno se plantea hacer algo a mayor escala, necesita dar el salto. En mi caso, el proceso comenzó casi por casualidad, después de operar a un compañero médico de Málaga. Al ver los resultados, me dijo: “Jesús, esto hay que hacerlo a un nivel mayor que Melilla, porque se te queda pequeña”. A partir de ahí empecé a operar en su clínica y, poco a poco, fui ampliando mi actividad en diferentes centros de Málaga.
Con el tiempo, uno busca independencia para poder trabajar con su propio criterio, con su sello y con su identidad. Hay pacientes que vienen de lejos y necesitan una flexibilidad que no todas las clínicas pueden ofrecer. Yo he operado un sábado, e incluso en alguna ocasión un domingo, porque el paciente venía de Canarias, de Ceuta, de Tánger o de otros lugares y necesitaba una solución. Procuro descansar el domingo, porque trabajo seis días a la semana, pero también entiendo que hay situaciones en las que el médico debe adaptarse a las necesidades reales del paciente.
Usted es reconocido por su trabajo con la turbinoplastia por radiofrecuencia Celon Elite. ¿En qué consiste exactamente esta técnica y qué la diferencia de otros tratamientos tradicionales?
La radiofrecuencia Celon es una tecnología que lleva funcionando en España casi diez años. Yo lo que hice fue readaptarla a lo que estaba buscando: una técnica que permitiera mejorar la respiración nasal con el menor daño posible para el paciente.
La turbinoplastia realizada por medios convencionales suele requerir quirófano, anestesia general y taponamiento posterior. Eso implica un preoperatorio, pasar por una anestesia general y asumir un postoperatorio más incómodo. El paciente, tras la intervención, suele necesitar taponamiento bilateral durante un par de días; al retirarlo puede haber sangrado, molestias y un periodo de recuperación más largo. Los resultados pueden ser buenos, pero el camino para llegar a ellos resulta más complejo.
Mi objetivo era simplificar ese proceso. Quería conseguir buenos resultados sin que el paciente tuviera que pasar por una intervención tan gravosa. Por eso empecé a trabajar la nariz con anestesia local, a buscar los anestésicos más adecuados y, sobre todo, a estudiar el abordaje. La manera de acceder al cornete es fundamental, porque condiciona mucho el postoperatorio.
Busqué un abordaje interno, desde dentro del cornete, y necesitaba una tecnología que se adaptara a esa forma de trabajar. He utilizado ultrasonidos, láser y otras técnicas, pero la radiofrecuencia Celon Elite era la que mejor se adaptaba a este tipo de procedimiento, porque resulta menos lesiva para el paciente.
Lo que hacemos es introducir la radiofrecuencia dentro del cornete. A través de una liberación de energía muy localizada, se evapora parte del tejido del estroma, que es el tejido propio del cornete. De esta forma, el cornete se va reduciendo y acomodando sin destruir su función esencial. Para mí esto es muy importante: el cornete debe seguir calentando, filtrando y humidificando el aire. La clave está en reducir su volumen para recuperar el caudal respiratorio, pero conservando su función. La gran ventaja es que el procedimiento puede realizarse en unos 25 minutos y el paciente sale respirando adecuadamente.
Usted insiste mucho en la importancia de la respiración nasal. ¿Qué impacto real tiene una mala respiración en la calidad de vida?
Tiene un impacto enorme. La nariz es la encargada de calentar, filtrar y humidificar el aire que respiramos. Si el aire no entra por la nariz y entra por la boca, se producen varias consecuencias. En primer lugar, aparece el ronquido, porque se genera una vibración en la zona del paladar. También se produce sequedad de mucosas, boca seca y garganta seca. La garganta empieza a asumir una función que no le corresponde y eso altera su fisiología normal.
Además, cuando el aire llega al alvéolo correctamente calentado, filtrado y humidificado, el intercambio de gases es óptimo: eliminamos dióxido de carbono y captamos oxígeno de manera adecuada. Eso se traduce en una saturación alta, de 99 o 100. Sin embargo, cuando el aire entra por la boca, no llega debidamente calentado, ni humidificado, ni filtrado. El alvéolo no lo recibe igual y el intercambio puede disminuir.
Esa falta de oxigenación afecta directamente al descanso. Si una persona no oxigena adecuadamente durante varias horas, el sistema reticular no descansa por completo porque interpreta que existe una falta de oxígeno. El paciente no llega bien a las fases profundas del sueño, especialmente a las fases 3 y 4, que son las verdaderamente reparadoras. Por eso hay personas que duermen, pero no descansan. Muchos pacientes me dicen: “Doctor, he dormido siete horas, pero parece que he estado cargando sacos toda la noche”. Esa sensación tiene mucho que ver con una mala oxigenación.
Muchas personas no saben que tienen un problema respiratorio. ¿Cómo se puede revertir esa falta de conciencia?
Con formación. Intento dar la máxima información posible. Cuando salgo en redes sociales o publico vídeos, no quiero limitarme a decir que tengo una clínica. Mi objetivo es que la gente entienda qué le ocurre. Una persona que se levanta con cefalea, con dolor de cabeza, puede estar sufriendo hipoxia porque no está oxigenando adecuadamente. Quien se levanta cansado después de dormir muchas horas debe saber que, en muchos casos, ese cansancio puede estar relacionado con una mala respiración nasal. La formación permite que el paciente se haga consciente de su problema y pueda buscar una solución.
Además de pacientes con problemas respiratorios, también trata a deportistas. ¿Cómo influye una buena respiración nasal en el rendimiento?
Influye muchísimo. En un deportista, una buena oxigenación nasal puede mejorar el rendimiento de manera significativa. Hoy se está extendiendo la práctica de entrenar de forma aeróbica utilizando parches labiales para obligar al cuerpo a respirar por la nariz. Algunos jugadores de fútbol ya lo están haciendo. La diferencia entre respirar por la nariz y respirar por la boca es enorme.
Cuando una persona se habitúa a respirar exclusivamente por la nariz, el cambio en la calidad de vida y en el rendimiento puede ser muy importante. Recuerdo que, ya en 1982, operaba a deportistas con desviación de tabique. A veces pensaba que la desviación no era tan importante, pero los entrenadores me decían: “Tenemos que sacarle un segundo al crono”. Mejorábamos el caudal respiratorio y, efectivamente, después me decían que habían ganado un segundo o un segundo y medio. Entonces comprendí hasta qué punto la ventilación nasal podía marcar una diferencia real.
Hoy cuento con medios técnicos que me habría encantado tener en aquella época. Muchos pacientes llegan pensando que respiran bien. Cuando les introduzco la cámara y les enseño la nariz por dentro, descubren que están respirando quizá un 35 %. Pero llevan treinta años respirando así y creen que eso es normal. Cuando recuperan un caudal cercano al 100 %, se sorprenden de la capacidad respiratoria que habían perdido sin saberlo. Es parecido a una persona que ve mal, se pone unas gafas y de repente descubre que no veía como pensaba. Con la respiración ocurre algo similar: muchas personas han normalizado una limitación que no debería ser normal.
En su trabajo destaca mucho el componente humano. ¿Cómo se consigue esa empatía sin desgastarse profesionalmente?
Es fundamental hacer tuyo el problema del paciente. Si no haces tuyo su problema, difícilmente lo vas a entender. Por desgracia, hay muchos factores que están afectando a la medicina actual. Creo que algunos médicos jóvenes no tienen la misma empatía que tenían los médicos de antes. No sé si es por la formación o por otros motivos, pero la cercanía es esencial.
Mi catedrático de Patología General, el profesor Carmina, me enseñó algo que nunca he olvidado. Me decía: “Jesús, cuando estés delante de un paciente, estudia, mira y escucha. No siempre lo vas a curar, pero siempre lo tienes que consolar”. Esa frase me ha acompañado toda mi vida. No siempre curamos, pero siempre debemos consolar. Eso significa ponerse en la piel del paciente.
Cada persona es diferente. No es lo mismo un paciente sedentario que un deportista profesional. He operado a campeones del mundo de kárate, de kickboxing, a campeones de Europa, a ciclistas y, hace dos semanas, a uno de los protagonistas del Giro de Italia del año pasado. No se puede plantear el mismo objetivo respiratorio para una persona que apenas se mueve que para un profesional del deporte. Cada nariz es diferente, cada cornete es diferente y cada necesidad también lo es.
Si metemos a todos los pacientes en el mismo cajón, la medicina se vuelve monótona y el médico termina cansándose. A mí muchos compañeros me preguntan cómo sigo al pie del cañón estando ya jubilado. La respuesta es sencilla: cuando te gusta tu trabajo y sigues viendo posibilidades de innovar, no quieres parar. De hecho, ya estoy estudiando nuevas tecnologías que podrían complementar e incluso superar lo que estamos haciendo ahora.
¿En qué nuevas líneas está trabajando?
No puedo adelantar demasiado, pero hace dos semanas estuve en cierta ciudad contactando con una tecnología que puede complementar la técnica actual. Creo que, con el tiempo, incluso podría llegar a superarla. La idea es seguir mejorando y hacer todavía mejor lo que ya estamos haciendo.
Después de tantos años, ¿hay algún caso que le haya marcado especialmente?
Afortunadamente, hay muchos más casos buenos que malos. En medicina el 100 % no existe. Yo calculo que tengo aproximadamente un 95 % de éxito, pero siempre hay un 5 % en el que no se alcanza todo lo que se quería. A veces aparece una patología que ni el propio paciente conocía, como una enfermedad autoinmune u otros problemas que impiden lograr el resultado completo. En esos casos no hay necesariamente un efecto adverso, pero sí una limitación que impide llegar al éxito absoluto que uno busca.
Una de las razones que me llevó a estudiar esta técnica fue precisamente ayudar a pacientes con desviaciones de tabique que no eran lo suficientemente graves como para justificar una cirugía tradicional, pero que sí provocaban una alteración respiratoria importante. Muchos no querían pasar por un quirófano. Al reducir el tamaño de los cornetes, incluso con el tabique desviado, podíamos mejorar la ventilación hasta un 70 % u 80 %. Para alguien que respira un 25 % o un 30 %, llegar a ese nivel sin tocar el tabique supone un cambio enorme.
También existe la situación contraria: pacientes con desviaciones de tabique del 95 % que han sido intervenidos previamente. En esos casos no siempre se puede conseguir el resultado deseado solo con la técnica sobre los cornetes. Yo siempre intento indicar al paciente lo mejor para él, aunque no quiera pasar por quirófano. Si debe operarse el tabique, se lo digo con claridad.
Hay un caso que guardo con especial cariño. Hace aproximadamente un año y medio vino a la clínica un matrimonio uruguayo. Traían un vídeo de una mujer de 88 años que, literalmente, se moría todas las noches. Tenía una cardiopatía y EPOC porque había fumado muchísimo. Nadie se atrevía a meterla en quirófano. Sus familiares llegaron a mí como última alternativa.
Les expliqué que necesitaba valorarla. La trajeron en avión y, en cuanto llegó al aeropuerto, la llevaron directamente a la clínica. La examiné y vi que podíamos operarla. Buscamos un hueco, porque la clínica estaba llena de pacientes citados, y la intervenimos ese mismo día. La mujer salió respirando.
El problema, naturalmente, era la noche. Les pedí que volvieran al día siguiente. Cuando entraron sus hijos, lo primero que hicieron fue enseñarme el vídeo de esa noche. La transformación había sido enorme. Son casos que emocionan. Las palabras de agradecimiento de aquella mujer no se olvidan. Ese tipo de experiencias ayuda a seguir avanzando.
Desde su experiencia, ¿qué consejo daría a un médico joven que empieza hoy en su especialidad?
Le diría que, con toda la tecnología que tenemos hoy, lo primero es explorar al paciente con las manos, los ojos y los oídos. Después ya se utilizarán todas las herramientas tecnológicas complementarias que sean necesarias. Hoy, por desgracia, muchas veces ocurre lo contrario. Un paciente dice que le duele la garganta, el estómago o la pierna, y se le pide una analítica o pruebas complementarias sin haberlo escuchado realmente. Ese paciente puede salir de la consulta con la sensación de que le van a hacer muchas pruebas, pero sigue sin saber qué le ocurre. Lo primero es intentar ponerse en la piel del paciente. Hay que escuchar qué le pasa, elaborar un diagnóstico diferencial y utilizar los medios humanos que tenemos. Después se incorporan los medios técnicos.
Cuando recibo a un paciente, primero le pregunto qué le pasa. No lo digo que se siente directamente para introducirle una cámara. Necesito saber qué le ocurre. Puede que solo quiera respirar un poco mejor, o puede que lleve seis meses durmiendo en otra habitación porque el ronquido ha generado un problema emocional importante que conlleva un divorcio a la vuelta de la esquina. Otro paciente puede querer mejorar su calidad de vida porque ha empezado una dieta, quiere dejar de fumar, desea hacer ejercicio y se fatiga enseguida. Cada persona es un mundo. Por eso lo primero es escuchar. Después se explora y, finalmente, se emplean los medios técnicos necesarios.
¿Qué elemento considera esencial para ejercer bien la medicina?
La cercanía con el paciente. Tenemos que recuperar la relación médico-enfermo que se ha perdido. Existe un juramento hipocrático, pero si a muchos médicos jóvenes les preguntas por él, quizá solo les suene. Hay que devolver ese sentido profundo de la medicina.
Para ser buen médico, primero hay que ser amigo en el sentido humano del término. Nadie construye una amistad de inmediato, pero sí debe haber química con el paciente. No todos los pacientes tienen la misma química, pero el médico debe ser cercano. Esa proximidad no es un adorno: forma parte de la medicina.









