Radić, nacido en Santiago de Chile en 1965, ha construido a lo largo de más de tres décadas una obra singular dentro del mapa global de la arquitectura. Sus proyectos rara vez buscan convertirse en iconos urbanos o gestos de afirmación monumental. Más bien se presentan como artefactos silenciosos, estructuras que parecen emerger del territorio o de una memoria geológica más profunda. Su arquitectura no se impone al entorno; se inscribe en él como si siempre hubiera estado allí.
El jurado del Pritzker subrayó precisamente ese carácter ambiguo y esencial de su trabajo. Según el fallo del premio, la obra de Radić “parece austera o elemental”, una primera impresión marcada por el uso de materiales primarios y por una economía formal que evita la retórica excesiva. Sin embargo, esa apariencia contenida oculta una complejidad técnica considerable. Como señala el comunicado oficial, esta arquitectura “esconde una ingeniería y una construcción precisas” capaces de “dar forma al peso, la luz, el sonido y el espacio”.
En esa frase se condensa el núcleo conceptual del trabajo de Radić. Sus edificios no se limitan a organizar superficies o programas funcionales; operan sobre fenómenos físicos más sutiles: la gravedad de los materiales, la vibración del sonido dentro de una cavidad arquitectónica, la forma en que la luz natural atraviesa un volumen o se posa sobre una superficie rugosa. La arquitectura se convierte así en un dispositivo sensible que trabaja con la materia y con la percepción.
La propia organización del premio lo expresó de manera reveladora al explicar el sentido de esta elección: “La construcción se convierte en una especie de narración, donde la textura y la masa tienen tanto significado como la forma”. En la arquitectura de Radić, el edificio no se presenta como una forma cerrada y autosuficiente. Es más bien un relato construido con materia, un proceso donde cada material —piedra, hormigón, madera o vidrio— aporta una capa de significado.
Esa idea de la arquitectura como narración material atraviesa buena parte de su obra. Radić utiliza una paleta relativamente restringida de materiales: hormigón, piedra, madera y vidrio. Pero lejos de producir una estética repetitiva, esa limitación se convierte en una herramienta de exploración. Cada material es tratado con una precisión casi artesanal que revela sus cualidades estructurales y sensoriales.
El hormigón aparece en muchos de sus proyectos como una masa excavada, casi geológica, capaz de expresar peso y permanencia. La piedra funciona a menudo como una base que conecta el edificio con el suelo y con la memoria del territorio. La madera introduce una dimensión más cálida y doméstica, mientras que el vidrio permite que la luz atraviese los espacios y transforme la atmósfera interior a lo largo del día.
El resultado es una arquitectura donde la experiencia espacial se construye tanto con la forma como con la materia. Los edificios de Radić no se limitan a ser vistos: se recorren, se escuchan, se perciben a través del tacto visual de las superficies y del peso de las estructuras.
Uno de los proyectos que consolidó su proyección internacional fue el Serpentine Pavilion 2014, construido en los jardines de Kensington en Londres. La estructura, una envolvente ovalada de fibra de vidrio translúcida apoyada sobre grandes bloques de piedra, parecía suspendida entre lo primitivo y lo futurista. Durante el día, la luz transformaba el interior del pabellón en una cámara luminosa; por la noche, el volumen se convertía en una linterna flotante en el paisaje urbano.
Ese proyecto revelaba ya muchas de las obsesiones de Radić: la relación entre masa y ligereza, entre opacidad y transparencia, entre objeto arquitectónico y paisaje. El pabellón no era simplemente una estructura temporal; era una experiencia atmosférica donde la materia y la luz construían un relato espacial.
La elección de Radić como Pritzker 2026 también puede interpretarse como un reconocimiento a una arquitectura que privilegia la reflexión sobre la velocidad productiva. En una época dominada por la circulación constante de imágenes y por la presión de producir iconos reconocibles, su trabajo introduce una pausa. Sus edificios no buscan imponerse como signos inmediatos del espectáculo global. Requieren tiempo: tiempo para ser recorridos, para ser entendidos, para que el clima, la luz y el desgaste transformen su apariencia.
En ese sentido, la obra de Radić se sitúa en una tradición donde la arquitectura se concibe como una mediación entre el ser humano y el territorio. Muchos de sus proyectos se desarrollan en paisajes abiertos o en contextos periféricos donde la arquitectura debe dialogar con la escala geográfica más que competir con ella.
La concesión del Premio Pritzker a Smiljan Radić reconoce, por tanto, algo más que una trayectoria profesional notable. Reconoce una forma distinta de pensar la arquitectura: una práctica que entiende la construcción como una narración material donde el peso, la luz y la textura participan activamente en la creación del espacio.
En un mundo arquitectónico frecuentemente dominado por la espectacularidad formal, la obra de Radić recuerda que la arquitectura puede seguir siendo un arte de la materia y del tiempo. Un arte donde el edificio no se limita a ocupar un lugar, sino que se convierte en una historia escrita con piedra, hormigón, madera y luz.









