El eje de la exposición gira en torno a Jesús y la samaritana en el pozo (hacia 1640–1641), una de las piezas más notables de la colección Thyssen-Bornemisza. A partir de esta pintura, el museo articula un recorrido que incorpora otras cinco obras fundamentales procedentes de instituciones como el Museo del Prado, la Dulwich Picture Gallery de Londres o el Musée des Beaux-Arts de Estrasburgo. El conjunto permite examinar cómo Guercino construyó la imagen de la mujer dentro de los relatos bíblicos, al tiempo que revela su extraordinaria capacidad narrativa y su dominio del gesto como vehículo emocional. La muestra podrá visitarse del 16 de marzo al 14 de junio.
La elección de este tema no responde a un capricho curatorial ni a una coincidencia iconográfica. Durante el siglo XVII, las figuras femeninas de la Biblia adquirieron una presencia central en la pintura europea, especialmente en el contexto cultural de la Contrarreforma. En ese clima, la representación de las llamadas heroínas bíblicas ofrecía un terreno fértil para explorar cuestiones morales, afectivas y teológicas. Guercino se mueve dentro de ese horizonte estético e ideológico, desplegando un lenguaje pictórico que traduce las emociones de los personajes a través del gesto y la expresión. Este enfoque conecta con lo que la historiografía ha denominado la poética o el teatro degli affetti, un sistema visual que buscaba conmover al espectador mediante la intensidad emocional de las escenas.
Ese lenguaje fue particularmente cultivado en la escuela boloñesa del Seicento por artistas como Guido Reni o Domenichino, con quienes Guercino comparte sensibilidad estética, aunque desarrolla una voz propia caracterizada por una energía narrativa muy singular.
El recorrido expositivo comienza con dos pinturas que presentan a mujeres anónimas del Nuevo Testamento encarnando el arquetipo de la pecadora arrepentida. En Jesús y la samaritana en el pozo, el diálogo entre Cristo y la mujer se articula mediante un sutil intercambio de miradas y gestos cargados de significado. El encuentro, aparentemente sencillo, se transforma así en un momento de tensión espiritual y psicológica.
A su lado, Jesús y la mujer adúltera (hacia 1621) introduce una escena marcada por el dramatismo lumínico. Guercino utiliza el contraste entre luces y sombras para organizar el diálogo entre Jesús y los fariseos, mientras subraya la vulnerabilidad de la figura femenina, representada en actitud recogida, con la cabeza inclinada. El tratamiento visual refuerza la dimensión moral del episodio y sitúa al espectador frente a un instante de juicio y misericordia.
La exposición continúa con dos episodios del Antiguo Testamento en los que el pintor enfatiza la inocencia de mujeres sometidas a situaciones de injusticia. En Susana y los viejos (1617), Guercino narra el momento en que Susana es espiada por dos jueces mientras se baña. La figura femenina emerge con claridad sobre un fondo oscuro que intensifica la tensión de la escena y convierte al espectador en testigo involuntario del acoso.
En Abraham repudia a Agar e Ismael (1657), el artista aborda otro momento de violencia emocional: la expulsión de Agar y su hijo. La composición adopta una estructura casi teatral, como si los personajes se movieran sobre un escenario dramático donde los gestos y las miradas canalizan el conflicto moral del relato.
El último apartado de la exposición se centra en las figuras que la tradición cristiana ha etiquetado como femme fatale, aunque Guercino introduce matices que alteran esa lectura convencional. En Sansón y Dalila (1654), conservada en el Musée des Beaux-Arts de Estrasburgo, Dalila deja de aparecer únicamente como la tentadora que conduce al héroe a la perdición. El pintor la representa con una dimensión más compleja, casi como una figura guerrera que participa, de algún modo, en la salvación de su pueblo.
Algo similar ocurre en Salomé recibe la cabeza de san Juan Bautista (1637). Lejos de la imagen habitual de la joven seductora y fría, Guercino muestra a Salomé inclinada y aparentemente arrepentida. Su gesto sugiere una figura atrapada en la voluntad de su madre más que una ejecutora consciente del crimen.
Con este conjunto de obras, el Museo Thyssen-Bornemisza propone una lectura que trasciende el simple recorrido histórico. La exposición permite observar cómo Guercino transformó los relatos bíblicos en escenas cargadas de humanidad, donde el gesto, la luz y la composición construyen un auténtico drama visual. Al mismo tiempo, revela la complejidad con la que el artista abordó la figura femenina, alejándose en muchos casos de los estereotipos iconográficos heredados.
El resultado es un itinerario que recorre varias décadas de la producción del pintor y ofrece una ventana privilegiada a uno de los lenguajes más intensos del barroco italiano. En esas figuras femeninas —pecadoras, víctimas o protagonistas de episodios decisivos— Guercino encuentra el territorio perfecto para desplegar su particular teatro de las emociones.









