La muestra se articula como una invitación a detener el paso y podrá apreciarse hasta el 14 de junio. Frente a la aceleración productiva y simbólica que domina el presente, A media lumbre propone una pausa consciente: respirar, atender al murmullo de la materia, escuchar procesos que exigen lentitud, cuidado y tiempo. No se trata solo de una reivindicación estética, sino de una toma de posición cultural que interroga qué formas de conocimiento han sido históricamente desvalorizadas y por qué.
Durante la presentación, la secretaria autonómica de Cultura, Marta Alonso, subrayó que el proyecto “invita a recuperar otras formas de conocimiento históricamente desvalorizados y a poner en valor nuestro rico patrimonio material e inmaterial”. En este contexto, recordó que la protección de los oficios tradicionales y artesanales en la Comunitat Valenciana se articula a través de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano, un marco legal que considera fundamental y cuya filosofía se ve reflejada en la exposición.
La presentación contó también con la presencia de la directora del IVAM y comisaria del proyecto, Blanca de la Torre, y del coordinador de Cultura y Turismo del Ayuntamiento de Palma, Fernando Gómez de la Cuesta, quien intervino en representación de las instituciones colaboradoras. Porque A media lumbre no es una exposición concebida para permanecer estática en una única sede: nace en el IVAM, pero continuará su recorrido en el Casal Solleric, Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma, el CDAN y el Museu Terra.
Para Gómez de la Cuesta, el valor del proyecto reside precisamente en su capacidad de desbordar los límites físicos de la sala de exposiciones. A media lumbre se plantea como una red de conocimiento, rigor y sensibilidad que permite girar la mirada hacia territorios esenciales que, pese a su proximidad, han permanecido invisibilizados. Esa vocación expansiva implica también un cambio de paradigma institucional. Según explicó Marta Alonso, el proyecto refleja una nueva manera de trabajar por parte del IVAM, basada en alianzas transescalares, sinergias y complicidades entre instituciones de distintos contextos territoriales.
Cada sede, como detalló Blanca de la Torre, acogerá una exposición autónoma. Artistas y obras mutarán, se adaptarán a cada territorio y a sus materiales específicos, reforzando la idea de que el conocimiento no es homogéneo ni trasladable sin fricción. La exposición se piensa, en palabras de su comisaria, como un filandón: aquellas reuniones nocturnas alrededor del fuego en las que se entrelazaban el trabajo manual y el relato compartido. Esa imagen doméstica y comunitaria da título a la muestra en el IVAM, que reúne más de cuarenta obras de veintisiete artistas.
Una parte significativa de las piezas procede de la colección del propio museo y se inscribe en una nueva línea de adquisiciones que conecta directamente con el discurso de la exposición. Entre ellas se encuentran obras de Ana Esteve Llorens, Pilar Albarracín, Laura Segura, Belén Rodríguez, Mónica Jover y Sonia Navarro, incorporadas como parte de una política de colección que dialoga con los saberes no hegemónicos.
El recorrido expositivo se abre con una pieza que funciona como umbral simbólico: una gran pancarta bordada con la palabra Guapa, de Pilar Albarracín, que interpela al visitante desde el lenguaje textil y la carga cultural del término. A partir de ahí, la muestra despliega un paisaje de materiales y gestos que remiten a tradiciones ancestrales reactivadas desde el presente. Aparecen las obras en arcilla vidriada de Glenda León, las ánforas de Antonio Fernández Alvira vinculadas a la tradición alfarera, o las delicadas flores azules de porcelana de Noemi Iglesias Barrios, elaboradas manualmente con pigmentos extraídos de teléfonos móviles desechados.
La cerámica adquiere también una dimensión territorial en las piezas de Marta Font, realizadas con tierras procedentes de S’Estaca, en Valldemossa. Junto a ellas, técnicas ancestrales como la costura mecanizada del palmito en la obra de Isabel Servera, los tapices de Adriana Meunié o una instalación escultórica de Laura Segura basada en el trenzado, dialogan con una pieza de Jessica Stockholder que recupera la técnica mediterránea de la llatra.
El esparto ocupa un lugar destacado a través de las obras de Sonia Navarro y Ana Laura Aláez, mientras que la cerámica reaparece en las propuestas de Concha Ybarra, Javier Bravo de Rueda y en las baldosas esmaltadas de Susana Cámara Leret, creadas a partir de cenizas de residuos del cultivo del lúpulo. Lejos de una visión decorativa, estas materialidades se presentan como archivos vivos de conocimiento.
La museografía refuerza esta dimensión sensorial y territorial. El espacio ha sido diseñado para apelar a otros sentidos más allá de la vista, con intervenciones como una gran pared enlucida en adobe que conecta físicamente el espacio expositivo con los materiales de la Comunitat Valenciana. A ello se suman obras sonoras —como las piezas inéditas de Saskia Calderón— y propuestas olfativas, entre ellas un monumental collar suspendido de Julie C. Fortier que desprende aromas de sotobosque.
Otro de los ejes fundamentales de A media lumbre es la reivindicación del conocimiento situado y de las prácticas comunitarias. Varias obras han sido desarrolladas en colaboración con artesanas, comunidades rurales y colectivos locales, como el proyecto de Josefina Guilisasti junto a la comunidad Rari de Chile, o las piezas de Sonia Navarro realizadas con mujeres de la región de Murcia para recuperar el trabajo del esparto.
La producción de la exposición ha incorporado criterios de sostenibilidad acordes con la responsabilidad institucional del museo: uso de materiales naturales y no contaminantes, reutilización de elementos expositivos, eliminación de transportes internacionales y cartelas realizadas en tela, pensadas para reutilizarse en todas las sedes. No hay aquí una nostalgia romantizada, como subraya Blanca de la Torre, sino una conciencia clara de que la pérdida de saberes tradicionales implica también la pérdida de diversidad cultural y biológica.
A media lumbre no mira al pasado como refugio, sino como campo de conocimiento activo. Un espacio donde el arte contemporáneo se aproxima al fuego lento de los oficios, no para idealizarlos, sino para escucharlos antes de que el silencio sea definitivo.









