Pedagogías de guerra se inscribe en un compromiso sostenido del museo y de TBA21 con artistas que trabajan en contextos de violencia estructural y conflicto armado, con el apoyo de la Fundación Ecolec. Desde este marco, la exposición elude deliberadamente la iconografía mediática del enfrentamiento bélico como espectáculo y cuestiona la lógica de consumo rápido de imágenes de destrucción. Khimei y Malashchuk proponen otra temporalidad: una mirada ralentizada que se detiene en los efectos invisibles de la guerra, en sus pedagogías silenciosas, en la forma en que reorganiza la atención, altera los gestos y transforma lo cotidiano en un espacio de entrenamiento permanente.
La reflexión curatorial se apoya en una paradoja formulada por Bertolt Brecht, quien distinguía entre Erlebnis —la experiencia inmediata, vivida— y Erfahrung, la experiencia procesada y convertida en conocimiento. Desde esta perspectiva, el arte no reproduce la vivencia directa de la guerra, sino que la transforma en una forma de comprensión. La exposición se mueve precisamente en ese umbral: muestra cómo la guerra lo cambia todo de manera radical y, al mismo tiempo, cómo ciertas rutinas, gestos y paisajes permanecen inquietantemente reconocibles.
La práctica de Khimei (1992) y Malashchuk (1993) se sitúa en la intersección entre cine, performance y observación social. Su metodología desborda el registro documental clásico para introducir dispositivos de ficción que permiten reflexionar sobre la escenificación y la interiorización de la violencia. Desde su posición de civiles, los artistas reclaman un tiempo distinto al de los medios de comunicación, un tiempo que habilite la reflexión y la formación de memoria en un contexto marcado por la proximidad al conflicto y la necesidad de distancia crítica.
Las cuatro videoinstalaciones que componen la muestra diluyen deliberadamente los límites entre documental y ficción. Construidas a partir de imágenes de cámaras de vigilancia, escenas cinematográficas escenificadas y grabaciones de personas que viven la guerra en Ucrania, las obras buscan romper la distancia de seguridad del espectador ante una guerra televisada. El objetivo no es mostrar la catástrofe, sino hacer sensible la experiencia de la vida cotidiana en Kyiv y otros territorios ucranianos, entre un bombardeo y otro, en esos intersticios donde la normalidad persiste de forma frágil.
La exposición se abre con The Wanderer (2022), una obra producida poco después del inicio de la invasión y hoy parte de la Colección TBA21. En esta pieza, los artistas utilizan sus propios cuerpos para reproducir las posturas de soldados rusos muertos, cuyos cuerpos parecen confundirse con el paisaje natural de los Cárpatos. La referencia explícita a El caminante sobre el mar de niebla de Caspar David Friedrich activa una lectura crítica de la tradición romántica y de la apropiación estética del paisaje, cuestionando la representación sublime de la muerte frente a la brutalidad real del conflicto contemporáneo. La obra dialoga también con las estrategias satíricas del colectivo ucraniano Fast Reaction Group, releyendo la posición alemana y europea ante la guerra actual.
La segunda instalación, Open World (2025), presentada originalmente en la 36ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana, combina el lenguaje del videojuego con recursos del cine documental. Tres años después del inicio de la invasión, la obra acompaña a un joven ucraniano desplazado que recorre, a distancia, los espacios de su infancia mediante un perro robótico de uso militar. Al resignificar un dispositivo concebido para la vigilancia y la destrucción como herramienta de vínculo y memoria, la pieza reflexiona sobre la resiliencia, la pertenencia y la posibilidad de conservar una relación afectiva con un territorio devastado.
La tercera obra, You Shouldn’t Have to See This (2024), galardonada con el Premio Curatorial de OFFSCREEN París, adopta una forma radicalmente distinta. En una instalación de seis canales marcada por el silencio, se muestran imágenes de niños y niñas ucranianas mientras duermen. La aparente serenidad de estas escenas contrasta con el dato perturbador de que muchos de ellos forman parte de los miles de menores trasladados forzosamente a territorio ruso desde 2014. Al situarse en el límite entre la intimidad y el voyeurismo, la obra interpela al espectador sobre su posición como testigo y sobre los mecanismos mediáticos que deciden qué se muestra y qué permanece oculto.
El recorrido concluye con We Didn’t Start This War (2026), un nuevo encargo de TBA21 para el Thyssen. Concebida como un tríptico audiovisual, la instalación evita cualquier representación explícita de la violencia y se centra en una rutina casi extinguida: la vida cotidiana sin catástrofes visibles. A través de una atención sostenida a los gestos más simples de la vida en Kyiv, los artistas abren una conversación sobre cómo se representa un país en guerra y sobre la posibilidad de pensar la paz como una práctica diaria, frágil pero persistente.
En su conjunto, los cuatro vídeo ensayos reivindican el arte como espacio de reflexión colectiva en un contexto donde la violencia amenaza con volverse rutina. La exposición propone un diálogo entre cine y realidad social contemporánea, entendiendo el arte como un lugar político compartido, donde la igualdad y la posibilidad de paz siguen siendo pensables.
Este proyecto se enmarca en una línea de acción sostenida por TBA21 y el Museo Thyssen desde el inicio de la invasión rusa. Iniciativas como Museums for Ukraine, impulsada por Francesca Thyssen-Bornemisza en 2022, o exposiciones como En el ojo del huracán. Vanguardia en Ucrania, 1900–1930, han consolidado una red de solidaridad institucional orientada a proteger y visibilizar el patrimonio cultural ucraniano. Estas acciones no responden a una neutralidad estética, sino a una posición ética clara: acompañar a artistas y profesionales de la cultura en situaciones de extrema vulnerabilidad y reafirmar la cultura como espacio de conciencia y humanidad compartida.
Desde esta perspectiva, Pedagogías de guerra no es solo una exposición sobre Ucrania, sino una propuesta para repensar cómo miramos, comprendemos y habitamos un mundo atravesado por conflictos estructurales. Un recordatorio incómodo y necesario de que la guerra no ocurre solo en el frente, sino también en los gestos, las imágenes y las formas de atención que configuran nuestra experiencia cotidiana.









