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Cuando el Prado se multiplica: la fotografía como archivo vivo de su historia

El Museo Nacional del Prado abre una nueva línea de lectura sobre su propia historia visual con El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartida, la primera exposición monográfica dedicada íntegramente a la fotografía concebida a partir de fondos propios de la institución. La muestra plantea un ejercicio de introspección museística: pensar la fotografía no como un mero auxiliar técnico, sino como un lenguaje decisivo en la construcción, difusión y sedimentación simbólica de las colecciones desde el siglo XIX hasta nuestros días.

La exposición que podrá apreciarse hasta el 5 de abril, reúne 44 piezas seleccionadas de un archivo que supera las 10.000 fotografías de alto valor patrimonial. Un conjunto en expansión constante que revela no solo la riqueza material del fondo, sino también el creciente interés social y académico por el estudio de la imagen fotográfica como práctica cultural, documento histórico y objeto artístico autónomo.

El proyecto se inscribe en el programa Almacén abierto, desarrollado en la sala 60 desde 2009, un espacio dedicado a visibilizar las colecciones del siglo XIX a través de exposiciones de pequeño formato. Estas propuestas permiten mostrar obras que, por razones de conservación, rotación o limitaciones espaciales, no siempre forman parte del recorrido permanente. En este marco, la muestra comisariada por Beatriz Sánchez Torija —integrante del área de Dibujos, Estampas y Fotografías— supone un paso decisivo en el reconocimiento institucional de la fotografía, situándola al mismo nivel que otras técnicas reproductivas históricamente legitimadas.

Vista de la Galería Central con el acceso al establecimiento para la venta de fotografías José Lacoste (1872-¿?), fotógrafo, y Juana Roig (1877-1941), editora Papel a la gelatina 1901-9 Procede del Archivo del Museo del Prado. HF-1229 2.

Al igual que el grabado o la litografía, la fotografía introdujo la posibilidad de multiplicar una obra, de diseminar su imagen más allá del original. Pero a esa capacidad seriada añadió un atributo crucial: una precisión inédita en la representación de lo real. Esa exactitud convirtió a la fotografía, desde sus orígenes, en un instrumento privilegiado para la difusión de las colecciones del Prado y en un archivo visual imprescindible para documentar tanto las obras como los espacios, montajes y prácticas museográficas de cada época.

El núcleo más abundante del fondo fotográfico lo constituyen las imágenes de reproducciones artísticas. A partir de ellas se articula el discurso expositivo, que presta especial atención a la materialidad de los propios objetos fotográficos y a los usos que tuvieron entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Copias a la albúmina, al carbón o a la gelatina, junto a procedimientos fotomecánicos y formatos estandarizados —como las cartes de visite, las tarjetas estereoscópicas o las postales— trazan una genealogía técnica y funcional de la fotografía aplicada al arte.

Vista de la sala de Murillo José Lacoste (1872-¿?), fotógrafo, y Juana Roig (1877-1941), editora Papel a la gelatina. Firmada. 1902-9 Procede del Archivo del Museo del Prado. HF-1233

La exposición permite, además, un recorrido visual por espacios emblemáticos del museo: la Galería Central, la sala de Murillo o la galería de escultura reaparecen fijadas por la cámara. Estas imágenes poseen un notable valor documental, pero también revelan capas hoy desaparecidas del Prado: la disposición densa y abigarrada de las obras, el mobiliario original, los sistemas de calefacción, o la presencia ocasional de visitantes y trabajadores en unas salas que, en los primeros tiempos de la fotografía, solían representarse vacías, casi ceremoniales.

La documentación sistemática de las obras comenzó en la década de 1860. Las limitaciones técnicas de los primeros procesos fotográficos obligaban a trasladar, en muchos casos, las piezas al exterior para aprovechar la luz natural. Una vez obtenidos los negativos, los fotógrafos producían positivos en diversos formatos normalizados, pensados para su comercialización. Esta lógica favoreció una circulación amplia de imágenes del Prado, tanto entre el público general como en ámbitos especializados, contribuyendo a la formación de un imaginario compartido del museo.

La Inmaculada de El Escorial, de Murillo Juan Laurent (1816-1886) Carte de visite. Papel a la albúmina sobre un segundo soporte de cartón. Firmada. h. 1865 Adquirida en 2025. HF-8923

En ese proceso resultó fundamental la labor de compañías y fotógrafos de referencia como Juan Laurent, José Lacoste, Braun, Moreno, Anderson o Hanfstaengl. Su trabajo fue decisivo para proyectar la imagen del museo y de obras capitales como La rendición de Breda de Velázquez. En algunos casos, las fotografías anteceden incluso al ingreso de las piezas en el Prado o documentan su paso por exposiciones nacionales, aportando un testimonio clave sobre su historia material, expositiva y simbólica.

Con el cambio de siglo, la generalización de la tarjeta postal impulsó una nueva fase de difusión masiva. Gracias a técnicas de impresión como la fototipia, las imágenes del Prado se popularizaron y circularon a escala internacional, consolidando la fotografía como un puente efectivo entre la institución y la sociedad, entre el espacio museístico y la experiencia cotidiana del espectador.

El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartida propone, en última instancia, una reflexión de mayor calado: entender la fotografía no solo como un vehículo de reproducción y divulgación, sino como patrimonio en sí misma. Un archivo vivo que documenta la historia del museo, transforma nuestra manera de mirar las obras y expande, a lo largo del tiempo, el alcance cultural del Prado más allá de sus muros.

La infanta Margarita de Austria, de Velázquez Braun, Clement & Cie. (act. 1889-1910) Carbón sobre un segundo soporte de cartón. Firmada y fechada. 1899 Archivo del Museo del Prado

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