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‘Ni agua ni tierra’, el pantano como archivo político del presente

Hay territorios cuya resistencia comienza precisamente en su incapacidad para obedecer nuestras divisiones. La turbera carece de la firmeza tranquilizadora de la tierra y tampoco pertenece completamente al agua. Retiene cuerpos, objetos y sedimentos; dificulta el tránsito, altera el tiempo de la descomposición y convierte aquello que debería desaparecer en una presencia obstinada. Sobre esa anomalía física construye ‘Ni agua ni tierra’ una reflexión donde geología, memoria y política terminan compartiendo el mismo suelo. El Centro de Arte Contemporáneo Castillo Ujazdowski de Varsovia reúne hasta el 27 de septiembre las obras de quince artistas y colectivos bajo el comisariado de Anna Czaban y Krzysztof Gutfrański. El punto de partida puede parecer estrictamente natural: los humedales. Sin embargo, la exposición pronto abandona cualquier aproximación paisajística convencional. Lo que interesa es aquello que esos ecosistemas conservan, ocultan, protegen y, en determinadas circunstancias, permiten utilizar.

La peculiar composición de las turberas proporciona la primera clave. La escasez de oxígeno y la acidez del agua ralentizan extraordinariamente la descomposición de la materia orgánica. Tejidos, semillas, utensilios de madera e incluso restos humanos pueden sobrevivir durante siglos o milenios. Frente al archivo construido deliberadamente para guardar una memoria, la ciénaga produce el suyo sin pedir permiso: retiene aquello que cayó, fue depositado o deliberadamente ocultado en ella.

Los denominados ‘cuerpos de las turberas’ llevan esa facultad de conservación hacia un territorio más incómodo. Algunos mantienen señales de heridas, fracturas, cuerdas y posibles sacrificios rituales. La superficie puede haber preservado una aparente serenidad mientras el cuerpo conserva las marcas de la violencia. Entonces la arqueología comienza a rozar la política.

Porque preguntarse quién acabó dentro del pantano implica preguntarse también quién podía ser expulsado de una comunidad, ofrecido, castigado o eliminado para preservar determinado orden. La turbera deja de funcionar únicamente como accidente geográfico y empieza a guardar testimonios sobre las sociedades que la rodearon. Pero el mismo territorio capaz de esconder a los muertos también protegió a quienes necesitaban permanecer vivos.

Durante siglos, humedales, ciénagas y zonas pantanosas sirvieron de escondite para desertores, partisanos, contrabandistas y fugitivos. Lo que para un ejército o una administración constituía un espacio difícil de controlar podía transformarse en refugio para quien trataba de desaparecer. La hostilidad del terreno cambiaba así de significado dependiendo de quién intentara atravesarlo. ‘Ni agua ni tierra’ utiliza esa contradicción histórica para alcanzar uno de sus asuntos más contemporáneos: las llamadas ‘fronteras verdes’.

La exposición incorpora particularmente la frontera entre Polonia y Bielorrusia, donde bosques y humedales participan físicamente de un conflicto político y migratorio. Personas empujadas de un lado a otro quedan atrapadas en espacios donde la división jurídica entre dos Estados resulta mucho más precisa sobre un mapa que bajo los pies. El agua ralentiza el movimiento, el barro dificulta el avance, la vegetación borra indicios y el propio territorio complica las operaciones de búsqueda y rescate.

La naturaleza adquiere así una condición inquietantemente doble. Puede esconder a quien huye y dificultar que sea localizado; puede ofrecer protección y multiplicar simultáneamente el peligro. Aquello que alguna vez fue refugio se transforma también en instrumento dentro de una política fronteriza.

Esa ambivalencia permite a la muestra avanzar hacia otra contradicción histórica. Europa pasó siglos intentando deshacerse de sus humedales. Fueron desecados y disciplinados en nombre de la salubridad, la agricultura, la seguridad o el progreso. El terreno anegado aparecía como superficie improductiva que debía ser corregida para adquirir utilidad. Ahora vuelve a resultar útil.

Las mismas zonas que durante generaciones fueron consideradas obstáculos pueden adquirir valor estratégico ante nuevas inversiones militares o integrarse en infraestructuras vinculadas a la economía digital. El agua, señala la exposición, interviene también en la refrigeración de centros de datos, esos enormes complejos materiales que permiten sostener un universo tecnológico acostumbrado a presentarse ante nosotros con la apariencia limpia e incorpórea de una nube.

La paradoja resulta particularmente eficaz. Detrás de una economía que parece haberse emancipado de la materia continúan existiendo edificios, energía, minerales, territorio y agua.  La exposición encuentra incluso una sustancia capaz de condensar visualmente todo este recorrido. La vivianita, mineral de tonalidades azul verdosas que puede formarse en ambientes húmedos y pobres en oxígeno, aparece sobre huesos y materiales sumergidos como una señal silenciosa de aquello que permaneció enterrado. El color funciona dentro de ‘Ni agua ni tierra’ como vestigio de una permanencia: algo ocurrió allí y el territorio todavía conserva sus consecuencias.

Participan en la muestra Zainab Aldehaimy, Roisin Agnew, Hoda Afshar, Centrala, formado por Małgorzata Kuciewicz y Simone De Iacobis, Alia Farid, Katarzyna Hertz, Breda Lynch, Teresa Margolles, Philipp Modersohn, Vica Pacheco, Stach Szumski, Iza Tarasewicz, Zhang Xu Zhan, Zorka Wollny y Glenda Zapata.

La diversidad de procedencias y prácticas permite que el humedal deje de constituir un objeto único. Se convierte alternativamente en ecosistema, depósito arqueológico, escenario de violencia, escondite, frontera y recurso. Bajo todas esas condiciones permanece una misma dificultad: resulta imposible fijarlo completamente.

Ahí se encuentra probablemente la idea más fértil de ‘Ni agua ni tierra’. Nuestra cultura política necesita líneas nítidas. Propiedad, territorio, frontera, productividad, naturaleza y civilización dependen en gran medida de saber dónde acaba una cosa y comienza la siguiente. La turbera introduce humedad precisamente en esas certezas. No termina de ser tierra ni termina de ser agua. Tampoco permite que el pasado desaparezca cuando debería hacerlo. Mientras alrededor se levantan fronteras, infraestructuras y sistemas destinados a ordenar el territorio, el pantano continúa haciendo algo mucho más incómodo: conservar lo que quedó debajo.

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