Hace unos días se celebró el Día Mundial de la Arquitectura. Como arquitecto, catedrático e investigador, ¿por qué crees que este Día Mundial de la Arquitectura adquiere un significado especial en este año 2026?
Creo que se le quiere reconocer a la arquitectura su condición primordial para algo tan fundamental para la vida como la morada, el habitar, la vivienda y, sobre todo, la construcción de las ciudades. En ese sentido, se trata de una responsabilidad del colectivo profesional de los arquitectos y los urbanistas, como también lo es de los políticos.
Claro, en ese sentido, la arquitectura también es política.
Por supuesto, todo es política. Lo que no es política es pura decoración. Hay prácticas, actividades o acciones que son mucho más determinantes para la vida humana. Hablar de la vida humana es hablar también de la constitución de la colectividad, de lo común y, por tanto, de lo político. El surgimiento histórico de las ciudades está ligado a lo que llamamos civilización. Ciudadanía, civitas y ciudad son palabras cuyas relaciones etimológicas permiten reconocer los vínculos entre estos conceptos. Las ciudades son una construcción histórica y el ámbito en el que se establecen los cimientos de la ciudadanía. Es fundamental entender la evolución de las ciudades, la función de la arquitectura y la de la edificación para poder introducir medidas correctoras que eviten que el desarrollo urbano se convierta en algo caótico.
La arquitectura tiene también una dimensión simbólica y participa de las transformaciones de la sociedad. Si pensamos en propuestas como el art déco o la Bauhaus, ¿qué viene primero: el cambio social y su expresión arquitectónica o una renovación de la arquitectura que contribuye a transformar el pensamiento colectivo?
Hay una cuestión interna a la propia disciplina, es decir, a la práctica profesional de la arquitectura, que es todavía más fundamental. Fíjate que los tratados de arquitectura del Renacimiento, del Barroco, etc., solo tenían en cuenta la arquitectura monumental, palaciega y religiosa: esos grandes monumentos, esas grandes edificaciones. Lo que introduce la modernidad, el llamado movimiento moderno, es una mirada al interior, hacia la vivienda.
Es muy curioso. Esto lo sabemos los expertos en historia de la arquitectura, pero tampoco es un elemento muy conocido. La teoría y la práctica arquitectónicas dirigen su mirada hacia la vivienda, que pasa a ser un tema propiamente arquitectónico. Antes era una cuestión de mera edificación, sin consideración como obra de arte. Esa atención a la construcción de habitaciones, de viviendas, adquiere un carácter fundamental para la modernidad.
Las otras escuelas se corresponden con distintas líneas de pensamiento y propuestas sobre la modernidad o desde la modernidad, que en ocasiones atienden más bien a cuestiones estilísticas o formales. Pero la transformación radical es precisamente la inclusión de ese extenso conjunto de la edificación destinado a habitar.
¿Qué introduce la Bauhaus? Pues una síntesis casi de tradición y modernidad. ¿En qué sentido, tradición? No en la forma ni en el estilo, sino en la recuperación de una relación entre lo que podríamos llamar arte en el sentido contemporáneo y la edificación que responde a necesidades y funciones sociales. Hay que tener en cuenta, siempre lo digo y lo recuerdo, que la téchne griega era un saber hacer.
Los romanos lo traducen al latín como ars, arte. Y ahí parece que se produce una separación entre la técnica y el arte. Bueno, tienen un origen común y no pueden separarse radicalmente.
La Bauhaus no es un movimiento, sino una escuela, porque había distintas tendencias: arquitectos que derivaban del expresionismo arquitectónico y otros del llamado movimiento racionalista o positivista. Walter Gropius no era precisamente un artista en el sentido convencional, sino un arquitecto que entendía la conjunción de aquellas prácticas, fueran la pintura, la música o el teatro, con la edificación. Eso es lo que hay que entender que aporta la Bauhaus y que es fundamental.
En cierto modo, esa aportación coincide después, en el ámbito político, con los nuevos planes para Frankfurt, las nuevas edificaciones y las propuestas de vivienda social, de vivienda mínima. Es importante porque viene a atender a esa rama tan olvidada por el arquitecto-artista: la vivienda. Y todo va conformando esa historia.
La Bauhaus y movimientos como el racionalismo o el art déco marcaron la arquitectura del siglo XX. Desde entonces, ¿qué transformaciones destacarías en nuestra manera de construir y habitar?
Ha habido intentos un poco ridículos desde la perspectiva que nos da nuestra situación histórica, como aquel famoso posmodernismo. ‘La presencia del pasado’ fue el título de la primera exposición de arquitectura de la Bienal de Venecia, que, de alguna manera, suponía recuperar como comedia lo que antes había sido tragedia; es decir, utilizar los restos o los fragmentos de una tradición clasicista.
Eso se defendía en aquel momento como un rasgo de libertad creativa: salir del corsé del racionalismo y del positivismo. Pero demostró que no era más que una comedia, recordando aquella vieja frase de que las tragedias en la historia se repiten después como comedias. Desde mi punto de vista, aportó algunos matices en cuanto a la libertad expresiva, y eso fue todo.
La principal transformación, y esto no es estrictamente arquitectónico, se produce cuando la vivienda pasa a convertirse en mercancía. Ese es precisamente el rasgo de nuestra contemporaneidad, que explica, además, reivindicaciones y movimientos sociales que se están produciendo internacionalmente.
La vivienda es una cuestión moral, una necesidad básica, no porque lo digan las constituciones, sino, sobre todo, porque el habitar es un asunto fundamental, casi un derecho humano. El mercado, que es omnívoro, traduce todo en mercancía. En ese fetichismo, en ese predominio de lo calculable, del dinero, convierte algo que afecta a la vida ciudadana y a lo más profundo del vivir humano en pura mercancía, en un elemento de valor de cambio y no de valor de uso, por utilizar esa famosa dicotomía. Y ese es el drama contemporáneo.
Ante ese drama contemporáneo, ¿qué puede hacer la arquitectura para revertir la tendencia? ¿Pueden contribuir propuestas como las viviendas industrializadas?
Por supuesto, pero fíjate: en la arquitectura, al final, el arquitecto o el profesional no deja de ser alguien cuyas acciones están dirigidas desde el exterior. Por tanto, la industrialización facilita los procesos. Algo típico también de la sociedad contemporánea son la fugacidad y la velocidad, la velocidad del cambio, que, de alguna manera, acorta los tiempos de edificación.
Antes, en la edificación tradicional y clásica, la construcción de una catedral podía abarcar el tiempo de varias generaciones. Hoy en día, si se pudiera realizar un bloque de viviendas en un mes, en vez de en tres años, es evidente que sería muy bien acogido. Pero esto no resuelve en absoluto el problema, insisto, que es un problema de mercantilización de la vivienda.








