Para comenzar, en tu ámbito profesional como periodista, ¿en qué momento te encuentras?
Hace unos diez años dejé mi cargo directivo: dimití y monté una asociación cultural junto con mi hermano Diego, figura primordial en todo este proyecto. Desde entonces hemos ido desarrollando proyectos culturales vinculados a los derechos humanos. Hacemos teatro, cine —en este caso, documentales—, música, y trabajamos también en centros educativos. En ese punto me encuentro.
Recientemente ha sido una gran noticia la aparición del documental Hermana Leonor, 20.000 kilómetros de confesión, estrenado en la plataforma FILMIN recientemente. ¿Cómo se gestó ese proyecto?
Siempre me he empeñado en intentar llegar allí donde quisiera. En este caso, donde quería estar era junto a otras personas agredidas sexualmente de manera impune, a las que iba conociendo. Yo quería estar con ellas. Entonces me pregunté qué herramientas tenía, cómo podía desplazarme a esos lugares. Tenía un coche viejo y pensé: con esto basta. Le pedí a mi hermano que me lo preparara para poder dormir en él, junto a mi perrita. Él lo acondicionó. Y cuando se lo conté, me dijo: «Leonor, esto hay que registrarlo. Yo te acompaño y yo te grabo». Así se gestó el proyecto. Mi hermano aprendió técnicas audiovisuales, trabajó mano a mano conmigo para sacar adelante esta iniciativa a sabiendas de los riesgos y la dificultad intrínseca del proyecto. Mi hermano ha sido mi guía, mi mentor y mi fuerza.
El documental aborda casos de abuso sistemático y sistémico en el seno de la Iglesia a menores —y entre ellos se encuentra tu caso particular—. ¿Podrías contarnos algunas claves de lo que te ocurrió?
Vivíamos en el País Vasco; somos de Bilbao. Mis hermanos y yo enfermamos. Mi abuela se dio cuenta de que algo me pasaba y se lo dijo a mi madre: «A la niña le pasa algo». Nos llevaron al médico y nos diagnosticaron tuberculosis. Mi madre nos ingresó. Fue en el sanatorio infantil de Santa Marina, en Bilbao. Allí quedamos al cargo de unas monjas —con el tiempo se ha investigado su identidad— pertenecientes a las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Eran monjas muy malas, muy crueles. El edificio tenía tres plantas, pero nuestra vida se reducía a un solo pasillo. En un extremo estaban los niños, en una habitación; en el otro extremo, las niñas. Al fondo de esta oscuridad laberíntica había una habitación con una sola niña, completamente aislada. Nunca supe por qué debíamos permanecer en reposo, en cama. En ese contexto aparecía el cura encargado de oficiar misa los domingos por la mañana en una pequeña capilla situada en la planta baja. Ese cura venía solo; nunca aparecía ninguna monja cuando él estaba. Este sacerdote utilizaba tanto el confesionario —otra víctima me ha confirmado posteriormente que también era así— como las propias habitaciones para dar rienda suelta a sus abusos sexuales. Venía a nuestras camas, elegía a una niña cada vez y cometía las agresiones allí mismo, en las camas donde debíamos guardar reposo.
¿En qué momento te das cuenta de que aquello no era algo normal, de que estabas siendo abusada?
Las monjas nos reprendían inmediatamente ante cualquier gesto infantil. Si jugábamos o se nos levantaba un poco la ropa, como niñas que éramos, enseguida gritaban: «Cochina, tápate, tápate». Fueron ellas quienes nos inocularon esa vergüenza. Había situaciones absurdas: se ponían frenéticas si cantábamos Tengo una vaca lechera. Nosotras no entendíamos por qué no podíamos cantar una canción infantil. No sabíamos qué pasaba por la cabeza de aquellas mujeres. Eran ellas las que nos decían que eso era sucio. Por eso éramos plenamente conscientes de que lo que aquel hombre nos hacía era malo, doloroso, además de desagradable e incorrecto.
Resulta especialmente hiriente que las monjas, siendo mujeres, encubrieran un abuso cometido contra niñas
Las relaciones de poder y de género también se reproducen entre monjas y curas. Esto aparece reflejado en otros testimonios del documental: mujeres educadas en ese sistema que no hablaban porque nadie hablaba. Ni hombres ni mujeres.
Para que te hagas una idea: mi madre, como el resto de los padres que nos visitaban los domingos, jamás vio a ese cura. Ese hombre aparecía solo para la misa o para entrar en las habitaciones. Mi madre tampoco hablaba con las monjas. Le dije un día: «Mamá, voy a grabarte». Hablábamos de aquello mientras le ponía los rulos. Ella ya ha fallecido.
Mi madre me contaba que nadie les explicaba nada: nadie les daba información, nadie les entregaba papeles. He hablado también con otras víctimas y coinciden en lo mismo: no existe ningún documento que explique a nuestros padres por qué estábamos allí ni en qué condiciones. Ese sacerdote era muy poderoso, pero no era muy distinto de otros curas o religiosos de los que hablan mis compañeros y compañeras. Existe una protección institucional brutal que ha encubierto de manera flagrante la ignominia religiosa.
Todo esto se enlaza con tu libro En sus tibias manos.
Sí, se titula así porque es literal. Las manos de nuestras madres, mujeres obreras, trabajaban a mano: fregaban, lavaban, cargaban peso. Eran manos ásperas, rasposas. En cambio, las manos de los curas —y aún hoy, si te fijas— son distintas: muy finas, muy blandas, muy tibias. Esa temperatura distinta, abrumadora. Y nosotras estábamos, literalmente, en sus tibias manos.
Y también porque estábamos —y seguimos estando— en esa tibieza social, en esas manos sociales que no terminan de avergonzarse de lo que hicieron y de lo que siguen haciendo. Existe una tibieza tanto física, encarnada en esos religiosos, como social, mal asumida por las instituciones temerosas de asumir su responsabilidad latente. Por eso la novela se titula así. El libro describe algo de lo que casi nunca hablamos: la experiencia desde la infancia. Siempre hablamos los adultos de lo que nos hicieron, pero yo quería que fuera esa niña la que hablara, con voz de niña. Quería escribir una literatura que hiciera el esfuerzo de reproducir cómo habla un niño de ocho años y cómo cuenta lo que le está pasando en situaciones de extrema vulnerabilidad. Y esa niña ya lo sabía. Esa niña se hizo sabia desde el dolor de su propia ingenuidad. Las otras niñas también lo sabían. Porque pasábamos muchas horas juntas en la habitación, y entre nosotras hablábamos. Entre nosotras intentábamos protegernos. A mí me da mucha pena tener que relatar algo que debía ser a día de hoy, cristalino. Las niñas nos pusimos de acuerdo para apretarnos la ropa de la cama —la sábana, la colcha— con muchísima fuerza alrededor del cuerpo cuando venía el Padre. Eso demuestra que sabíamos que nos hacía cosas malas y que no queríamos que nos las hiciera.
Quien nos descubrió fue una cuidadora. Había dos cuidadoras laicas: la de los niños se llamaba María y la nuestra, Isabel. Entiendo ahora, de adulta, que serían quienes hacían las camas, nos peinaban y se ocupaban de nosotras. Un día apareció una de ellas y nos vio a todas las niñas así, imagínate, como momias. Empezó a preguntarnos qué pasaba, por qué estábamos así. Y le dijimos que era porque venía el padre. Ella no nos dijo nada: salió de la habitación escopetada.
Es decir, que incluso a nuestra pequeñísima conciencia de crías, sí que captábamos —entendíamos— que el padre nos hacía algo malo. Siempre lo hemos sabido.
¿Por qué hoy en día cuesta tanto ponerle rostro al agresor?
¿Quieres decir por qué las mujeres no lo hablan?
Exacto.
Porque todo lo que tiene que ver con la sexualidad femenina, tal y como hemos sido educadas, está atravesado por el pudor y la vergüenza. Para la Iglesia, además, en este punto hay una suciedad y una oscuridad que no tienen coraje de asumir. Entonces, cuando nosotras —y también nosotros— tenemos que contar lo que nos pasó, lo primero que ocurre es que regresamos mentalmente a aquel lugar. Volvemos a sufrir los hechos para poder documentarlos. Cada vez que tengo que hablar de ello, mi mente vuelve a aquel pasillo, a aquellas personas. Es difícil regresar. No quieres volver. Y, además, sientes esa desnudez: tengo que contarte lo que me hizo, tengo que contarte si tengo secuelas para que me creas, para que veas que no me lo estoy inventando. Porque eso es lo que se nos niega. Tengo que explicar, una vez más, cuáles son mis secuelas físicas, sexuales y psicológicas. No es agradable tener que desnudarte una y otra vez para que alguien, llegue a creerte. Y, además, porque muchas veces las familias no ven bien que hables. Los amigos y las amigas tampoco. Nos achacan intereses oscuros: qué pretendemos, qué buscamos. Como si volviéramos a ser algo feo, algo sórdido. No es fácil, porque se paga un precio altísimo: en las parejas, en el dolor de los hijos, en el miedo por los hijos. Los tentáculos de la Iglesia atrapan todos los lugares: universidades, empresas, instituciones. Por eso callamos, por miedo y por vergüenza.
¿Cómo crees que ha afectado a tu entorno familiar haber contado esta historia?
Tengo un hijo de 32 años al que a veces le pregunto: «Hijo, ¿me acompañas a esta entrevista?». Y le cuesta muchísimo.
Me dice: «Mamá, si quieres te acompaño, pero me da muchísima ansiedad, no puedo». Lo sufre. Siente el dolor de ver a su madre tan vulnerable. Mi madre también se fue con esa pena: murió con el dolor de no haber podido protegernos.
Recientemente, el Papa León XIV ha sustituido por un gestor al obispo de Cádiz y Ceuta, Rafael Zornoza, tras ser acusado de abusos continuados a un menor cuando era obispo auxiliar de Getafe. En España se habla ya de unas 440.000 víctimas de abuso. ¿Crees que esto es un relato individual o un problema estructural? ¿Y hasta cuándo vamos a seguir destapando casos tan terribles como el tuyo?
Sé que somos muchísimos más. Ya te digo que, en mi habitación, éramos muchas más, y esto ocurrió a lo largo de los años. En el caso de este obispo, están saliendo más víctimas del lugar en el que estaba, en Getafe. Como ocurre con la violencia de género: cuando asesinan a una mujer, no suele ser la primera vez que ha sufrido agresiones. Del mismo modo, cuando aparece un agresor sexual, rara vez es una sola persona a la que ha agredido a lo largo de su vida. Sabemos que hay muchísimos más casos.
¿Hasta cuándo?
Bueno, tenemos una Iglesia española que durante mucho tiempo ha respondido solo ante su propio jefe, el papa anterior. El actual tiene que llamarles a capítulo a sus nuevos acólitos porque la institución es profundamente reacia a reconocer lo ocurrido y a reaccionar. Las cosas no cambiarán, hasta que la Iglesia quiera. Así lo siento. Hasta que la propia Iglesia —desde su jerarquía hasta la gente de base— diga basta y afirme: «Esto no se puede seguir haciendo…». Mientras se siga negando, ocultando, protegiendo a agresores, esto continuará ocurriendo. Y no es solo un problema de España o de Europa. Está por todo el mundo, donde imagino familias como la mía completamente en manos de la Iglesia, incluso en cuestiones tan básicas como comer o trabajar. Ocurre, por ejemplo, en África y Latinoamérica. Por eso digo: Hasta que la Iglesia, quiera.
Recuerdo la película La mala educación, de Almodóvar, que retrataba cinematográficamente desde otro punto de vista, lo que nos cuentas.
Una de las víctimas, curiosamente, me contaba:
«Estaba viendo una película y de repente sentí: eso me lo han hecho a mí». Es decir, el arte produce algo revolucionario en el cerebro: levanta velos. En el caso de los niños enfermos, también hay responsabilidad de la sociedad civil y de los médicos. A veces se dice: «Es que estaban en colegios religiosos». En nuestro caso, había médicos que también miraron impúdicamente, para otro lado. Yo misma me pregunté: « ¿Cómo puede un pederasta sentirse atraído por un niño enfermo de tuberculosis?» Alguien me explicó que precisamente esa debilidad es lo que puede atraer al pederasta. En realidad, lo que le fascina es el poder que ejerce sobre un cuerpo indefenso, algo que no podría hacer frente a un adulto. Es la fascinación por el poder. «Con este cuerpo hago lo que quiera». Eso es la pederastia.
¿Qué relación existe entre el silencio institucional y el trauma prolongado en los casos de pederastia clerical?
Imaginemos que, cuando ocurrió aquello y alertamos a los adultos, esas personas hubieran llegado y nos hubieran dicho: «Contadnos tranquilamente, ponedlo en palabras, no os va a pasar nada, no vais a volver a verle. Esa persona no volverá nunca más». Si nos hubieran dado ese amor y esa protección, el trauma —el mío y el de mis compañeros— no habría llegado hasta aquí.
La Institución Corrupta, al contrario, mantiene a personas heridas de por vida. Y no hiere solo a las víctimas: hiere a tus parejas, a tus hijos, a tus hermanos. No es fácil convivir con alguien que arrastra un trauma de la infancia. Esto no es algo que me hayan hecho solo a mí o solo a las víctimas: es algo que nos están haciendo a todos. Es una epidemia social. Y darnos cuenta de este hecho, nos librará, tarde o temprano.
¿Qué es lo que más te ha impactado de los testimonios que has recogido?
Los testimonios que ponen rostro ante la cámara y abren la puerta de su casa o de su pueblo son una docena, además de nuestro caso de Santa Marina. Hay muchos testimonios que se cuentan de otras maneras, de formas diversas en nuestro documental. Lo que más me ha impactado son los testimonios de aquellas personas a las que les ha sido imposible ponerse delante de mi cámara; eso es lo que más me duele: su miedo.
¿Has sabido algo de qué ocurrió con tu agresor?
Sí. Una de las cosas más tremendas ocurrió cuando yo estaba sola en casa. Ya no tengo redes sociales, pero me escribió una persona que me dijo que también había estado allí durante cinco años. Me mandó incluso una fotografía en blanco y negro, tomada en la puerta del edificio. Fue entonces cuando me dijo: «Yo también estuve allí».
Y eso fue profundamente impactante. Esa persona empezó a darme más información. Como había estado allí tantos años y era más mayor que yo —tendría diez o doce años—, sabía muchas cosas.
Después, también me escribió alguien anónimo que me dio una pista para buscar en un lugar concreto, y encontré más información que me permitió saber el nombre de mi agresor ordenado en Salamanca: MARTÍN VALLE GARCÍA. Era un hombre muy poderoso. Además, se había ganado la fama de ayudar a las familias pobres. Imagínate el poder que tenía. Entraba donde quería. Era tremendo ese señor.
Sí, sí, he sabido de él. Quisiera saber más. Me gustaría que la Iglesia abriera los archivos: saber quién era exactamente, quién lo puso allí, por qué no lo retiraron. Yo quisiera saberlo todo de este personaje. Pero no nos lo cuentan porque él era el pederasta, sí, pero estoy convencida de que hubo más personas implicadas. Siempre tengo miedo de que a mis hijos o a alguien del entorno le aflore algo de esto cuando menos te lo esperas.
En el documental hay un señor que dice: «Me ha costado 55 años sacar esto». En cincuenta y cinco años no fue consciente. Hasta que vio un cuadro en ARCO: un cura de frente y un niño con la cabeza en su entrepierna, cerca de sus genitales. Dice que se puso a llorar desconsoladamente. Sus hermanos le preguntaban qué le pasaba. Tengo miedo de que mis hijos no puedan llegar a entenderme, dada la magnitud de los hechos. ¿Sabes lo que me dijo una víctima mujer? «Leonor, lo que yo daría por volver a cuando no me acordaba». Una vez que recuerdas, no hay marcha atrás.
¿Cómo ha afectado este asunto a tu vida adulta, a tu capacidad de confiar, de sentir que los demás te quieren de verdad?
No creas que soy plenamente consciente ni siquiera ahora. Por ejemplo, yo no sabía que recordar ciertos olores formaba parte del trauma. El olor a caspa, a algo no limpio, acartonado, graso, macilento. No sabía que eso era una secuela. Cuando entro en un recinto religioso, siento un rechazo tremendo. La sotana me provoca una reacción física, casi eléctrica. Mi razón sabe que no todas las personas con sotana son malas, pero el cuerpo no. Te queda la sensación de que la vida es precaria, de que los poderosos pueden hacer contigo lo que quieran. Por eso mi obsesión siempre fue formarme: sentía que el conocimiento me protegía. ¿Y la confianza? Aquel hombre, como en tantos casos, se había ganado nuestro amor. Tú querías que viniera a tu cama, aún sabiendo que hacía cosas malas. Un niño no sabe distinguir entre amor y agresión. Te diluyen la capacidad de discernir. Y eso deja una alerta permanente: tú me dices que me quieres, pero… ¿es verdad? Cuando recogí testimonios, escuché cosas que nunca habrían pasado por mi imaginación. Cosas tan brutales que ni siquiera me atrevía a preguntar más. Si esto fuera una película de ficción, diríamos que el guionista se ha vuelto loco.
¿Cuál ha sido el testimonio más difícil de exponer?
Una persona me dijo: «A mi abusador le encantaba darme su semen con cucharilla». Yo no pude ni reaccionar. Otro día, hablando de un yogur, otra víctima me dijo que no podía con los yogures por eso mismo. ¿Cómo asimilas algo así? Hemos quitado cosas durísimas del documental porque la realidad era aún más brutal. Cuando la gente dice que es duro, yo respondo: la realidad es más extraordinaria todavía. A una víctima, la Iglesia le propuso curar su homosexualidad con electroshocks en México para intentar justificar un abuso sexual abusivo. El objetivo era blanquear el abuso infantil culpando la orientación sexual de la víctima.
El mayor armario de la homosexualidad está en los curas, que no quieren salir porque es mejor abusar de menores para satisfacer sus deseos; que dar la cara de impunes delincuentes pederastas. Hay ejemplos claros y personas rotas: un tiarrón guardabosques que duerme con la luz encendida a sabiendas de que su padre se ríe porque ni un niño haría algo así; una mujer que pesa menos de 50 kg que duerme con un bate de béisbol al lado de la cama en defensa propia; un niño que se cepilla los dientes compulsivamente y acaba suicidándose : Diego, uno de los niños más pequeños en suicidarse. Esto no termina nunca. Pero hay que darle la vuelta. No pueden derrotarnos. Si nos callamos, seguirá ocurriendo.
Yo tengo miedo: ahora que se ha estrenado el documental, sigo teniendo miedo. Sin embargo, ¿qué ejemplo les doy a mis hijos si me callo? Tengo dos hijos. Están orgullosos. El día del estreno en Filmin, el pasado 28 de noviembre, lo vimos juntos; celebramos la valentía. No es valentía solo mía. Es la resistencia de una sociedad demasiado abochornada. Este relato es colectivo, a pesar de todo y de todos. Sin mis hermanos, sin las víctimas que me abrieron sus casas, sin quienes me dieron de comer y cama, no habría podido hacer este viaje. Este viaje es un viaje de TODOS.










1 comentario en “Entrevistamos a Leonor Paqué a propósito de su documental “Hermana Leonor. 20.000 kilómetros de confesión” que desvela casos de pederastia clerical”
Muy buen artículo, conmovedor, doloroso, valiente y necesario ….Gracias por compartir…!!