La obra supone, además, la primera incursión de los creadores catalanes en el género operístico, un desplazamiento especialmente significativo dentro de una trayectoria marcada por la contaminación de lenguajes, la ironía, la tensión entre cultura popular y alta cultura, y una forma muy reconocible de entender la escena como un dispositivo vivo, híbrido y deliberadamente incómodo. En esta ocasión, Albet y Borràs no se aproximan a la ópera desde la solemnidad inmóvil del canon, sino desde una zona de fricción: la que une la voz lírica con el cuerpo que cae, salta, golpea, se expone o finge morir ante los ojos del espectador.
El punto de partida de ‘Los Estunmen’ se encuentra en la figura de los especialistas de cine, los stunts, esos profesionales cuya tarea consiste en prestar el cuerpo al riesgo para que otro pueda ocupar el lugar visible del héroe. La obra utiliza esa figura periférica, casi siempre oculta tras el brillo del protagonista, para abrir una reflexión sobre la violencia, la representación y la construcción simbólica de la heroicidad. Tras la muerte de su hijo, la protagonista emprende un viaje de venganza guiada por un grupo de héroes que le proporcionarán las claves necesarias para llevarla a cabo. La peripecia contiene los elementos reconocibles de la épica, pero los somete a una lectura contemporánea: qué significa vengarse, quién administra el relato del dolor, qué clase de cuerpo queda autorizado para convertirse en mito.
La operación dramatúrgica de Albet y Borràs se articula precisamente en esa zona de ambigüedad. ‘Los Estunmen’ convoca el imaginario de la ópera, con su capacidad para elevar la emoción hasta un grado casi ritual, y lo cruza con el mundo de los especialistas de acción, habituados a convertir el peligro en técnica, la caída en lenguaje y la violencia en coreografía. Sobre el escenario coinciden cantantes líricos y profesionales acostumbrados a poner físicamente su cuerpo al servicio de escenas de riesgo. Esa convivencia desplaza la pregunta desde el virtuosismo vocal hacia una idea más amplia de interpretación: cantar también puede ser exponerse; caer también puede ser construir sentido.
La música original de Fernando Velázquez refuerza esa dimensión fronteriza entre escena y cine. El compositor, conocido por su trabajo en bandas sonoras de gran proyección, aporta a la pieza una escritura que dialoga con el relato audiovisual sin abandonar la densidad dramática propia del lenguaje operístico. Su presencia resulta especialmente coherente en una obra que se mueve entre el plató, el escenario en construcción y la maquinaria emocional del espectáculo. Velázquez ha firmado partituras para películas como El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme u Ocho apellidos vascos, y ha colaborado con directores como J. A. Bayona, Guillermo del Toro o Wim Wenders. Su trayectoria, reconocida con distintos galardones, entre ellos varios premios Goya, encuentra aquí un nuevo espacio de expansión escénica.
La pieza indaga también en la genealogía cultural del héroe. Según ha señalado Nao Albet, el héroe resulta un concepto especialmente fértil porque funciona como una pieza fundacional sobre cómo debe ser el ser humano. Esa afirmación permite leer ‘Los Estunmen’ como algo más que una ópera sobre especialistas de acción: la obra examina la arquitectura moral de la heroicidad, sus modelos heredados, su capacidad de seducción y su posible agotamiento. El héroe clásico prometía una forma de sentido; el héroe contemporáneo, en cambio, parece condenado a moverse entre la imagen, la impostura, la repetición mediática y la sospecha.
En esa misma dirección, Marcel Borràs ha subrayado que los stunts representan muy bien al héroe de la contemporaneidad, precisamente porque vivimos en un momento en el que resulta difícil distinguir qué es real y qué es mentira. La observación toca uno de los nervios centrales de la propuesta: el especialista de cine encarna la paradoja de un cuerpo real que se sacrifica para producir una ilusión. Su riesgo es verdadero, aunque la escena sea ficticia. Su caída ocurre, aunque el relato pertenezca a otro. Su exposición sostiene el mito, aunque su nombre permanezca muchas veces fuera del foco.
La escenografía participa de esa misma tensión entre verdad y artificio. El espacio se concibe como un lugar situado a medio camino entre un plató cinematográfico y un escenario en construcción, una arquitectura provisional donde todo parece estar a punto de revelarse como mecanismo. Esa decisión espacial permite que el espectador contemple no solo la ficción, sino también sus costuras: los cuerpos que la ejecutan, las técnicas que la hacen posible, los pactos de credulidad que sostienen cualquier relato heroico. La ópera deja de ser únicamente un género musical para convertirse en una reflexión sobre la producción de imágenes, emociones y obediencias simbólicas.
El reparto está integrado por los propios Nao Albet y Marcel Borràs, junto a Óscar Dorta, Núria Lloansi, Marc Padró, Óscar Pérez y Carlos Robles. A ellos se suman Sandra Ferrández, Marifé Nogales, Gabriel Díaz, Vicenç Esteve Madrid, José Ansaldi y Josep Ferrer. La composición del elenco refuerza la naturaleza coral de una propuesta que no se limita a contar una historia de venganza, sino que ensaya un cruce de disciplinas, presencias y registros corporales.
Nao Albet y Marcel Borràs trabajan conjuntamente desde 2007 como autores, directores e intérpretes. A lo largo de casi dos décadas han construido un lenguaje propio, reconocible por la mezcla de referentes teatrales, cinematográficos y musicales, así como por el uso del humor, la ironía y una relación crítica con las convenciones de la escena. Sus espectáculos se han presentado en espacios como el Teatre Lliure, el Teatre Nacional de Catalunya, el Centro Dramático Nacional o los propios Teatros del Canal. Entre sus trabajos conjuntos figuran títulos como Mammón, Falsestuff, Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach o Los Esqueiters.
La participación de la Joven Orquesta Nacional de España añade a la propuesta una dimensión institucional y formativa de primer orden. La JONDE, perteneciente al Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música del Ministerio de Cultura, fue creada en 1983 con el propósito de formar al más alto nivel a músicos españoles en la etapa previa al ejercicio profesional. Su objetivo prioritario es el perfeccionamiento artístico y técnico de sus instrumentistas mediante el estudio y la práctica del repertorio sinfónico y de cámara, a través de encuentros anuales tutelados por profesores, profesoras, directoras y directores de reconocido prestigio nacional e internacional. Esos encuentros culminan en giras de conciertos, proyectos diversos y grabaciones que han conformado un amplio catálogo en CD y DVD.
Con ‘Los Estunmen’, Teatros del Canal acoge una ópera que no busca refugiarse en la pureza del género, sino tensar sus límites. La obra coloca en el centro una pregunta cultural de enorme actualidad: qué sucede cuando el héroe ya no puede sostenerse sin mostrar la maquinaria que lo fabrica. Entre la venganza, el artificio cinematográfico, el canto y la acrobacia del cuerpo expuesto, Albet y Borràs proponen una pieza sobre la violencia como espectáculo y sobre la necesidad, tal vez urgente, de mirar detrás de la épica para descubrir quién cae realmente cuando una sociedad decide seguir creyendo en sus héroes.









