Sawa, autor inclasificable y figura clave del naturalismo español, volcó en Noche una visión despiadada de su tiempo. Su obra anticipa muchas de las obsesiones que recorrerán la literatura crítica de finales del siglo XIX: la violencia ejercida en nombre de la fe, la represión como método de orden social y la fractura íntima que se esconde bajo la apariencia de rectitud. No es casual que su biografía inspirara años después al Max Estrella de Valle-Inclán: en ambos late la misma conciencia desgarrada, lúcida y marginal.
La acción se centra en Don Francisco, un patriarca autoritario cuya religiosidad extrema pretende mantener cohesionada a la familia mediante el miedo, la culpa y la obediencia. Su empeño por preservar la pureza moral acaba convirtiéndose en un mecanismo de destrucción. Bajo el discurso del bien y del deber, Sawa dibuja una violencia estructural que se transmite de generación en generación y que recae, de manera especialmente cruel, sobre las mujeres del entorno familiar, condenadas a la sumisión, al silencio o a salidas clandestinas que rozan la transgresión o la renuncia absoluta.
La propuesta escénica de Mariano Llorente recoge ese pulso áspero y lo traslada al presente sin suavizarlo. Su adaptación no busca domesticar el texto, sino penetrar en sus fisuras morales y emocionales, subrayando cómo esas dinámicas de control y represión siguen resonando hoy. La puesta en escena convierte el universo de Noche en un espacio de sombras densas, donde la culpa y el dogma pesan tanto como la pobreza material. Sin embargo, el director introduce una tensión fundamental: la posibilidad, mínima pero necesaria, de que en medio de tanta oscuridad se filtre una luz. Como señala Llorente, el viaje por estas zonas durísimas del ser humano se emprende con la esperanza de que lo mostrado permita abrir alguna grieta hacia lo humano.
El reparto sostiene ese clima opresivo con precisión y contención. Alberto Jiménez encarna a Don Francisco y Don Gregorio, dotándolos de una autoridad inquietante que nunca cae en el exceso. Àstrid Janer da vida a Paquita y Lolita, personajes atravesados por la fragilidad y la resistencia silenciosa, mientras que Roser Pujol interpreta a Doña Dolores y asume también la voz narradora, articulando el relato desde una presencia que parece observar y juzgar al mismo tiempo. La participación audiovisual de Jorge Varandela añade una capa más a este universo cerrado, reforzando su carácter asfixiante.
El trabajo del equipo artístico contribuye decisivamente a la atmósfera del montaje. La escenografía de Arturo Martín Burgos construye un espacio claustrofóbico y simbólico; el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas subraya la austeridad y el peso moral de los personajes; la iluminación de Ion Aníbal modela las sombras como un elemento dramático más. A ello se suman la videoescena de Emilio Valenzuela, la composición musical de Mariano Marín y el diseño del espacio sonoro de David Roldán, que envuelven la acción en un paisaje sensorial donde el silencio y la tensión adquieren una presencia casi física.
Noche, producción del Teatro Español y Micomicón Teatro, podrá verse del 8 de enero al 1 de febrero de 2026, de martes a domingo a las 19:30 horas. La función accesible tendrá lugar el viernes 23 de enero e incluirá audiodescripción y sobretitulado para personas sordas, recomendándose la adquisición de entradas a partir de la fila cinco. Más de un siglo después de su escritura, la obra de Sawa regresa al escenario como un espejo incómodo: un recordatorio de cómo la miseria moral puede ocultarse bajo el barniz de la virtud y de cómo el teatro sigue siendo un espacio privilegiado para iluminar esas zonas donde la sociedad preferiría no mirar.









