En su séptima edición, esta cita pionera abandona la comodidad del recinto cultural para expandirse por distintos puntos de la capital, como el Retiro, la Casa de Campo, Moratalaz o el barrio de San Cristóbal. El gesto no es casual: se trata de salir al encuentro de esa naturaleza que no se diseña ni se domestica, que aparece donde puede y que, precisamente por ello, ha sido históricamente ignorada o considerada residual.
El festival propone una relectura de la ciudad a través de lo que crece en sus bordes. No desde la contemplación estética clásica, sino desde la experiencia directa: paseos, talleres, proyecciones, intervenciones artísticas y actividades familiares que invitan a observar, tocar y comprender la vegetación espontánea como un agente activo en el ecosistema urbano. Lo que se plantea, en el fondo, es una revisión del relato: dejar de entender estas plantas como intrusas para reconocerlas como aliadas.
La programación reúne a creadores, investigadores y colectivos que trabajan en esa frontera difusa entre arte, ecología y pensamiento crítico. Figuras como el paisajista Ramón Gómez, el especialista en agricultura regenerativa Daniel Iraberri, el colectivo Nomad Garden —que concibe los jardines como espacios de convivencia entre especies— o el proyecto Antropoloops, centrado en la mezcla musical como forma de diálogo cultural, participan en un programa que apuesta por nuevas formas de narrar la relación entre lo humano y lo vegetal.
Más allá de los nombres, lo que articula esta edición es una voluntad de hacer visible lo invisible. Bajo esa premisa, el festival se adentra en los estratos menos evidentes de la vida urbana: la actividad microbiana que sostiene los suelos, las propiedades nutricionales de plantas que crecen al borde de nuestras rutinas, o los pigmentos naturales que, expuestos al sol, pueden transformarse en imágenes. También hay espacio para la exploración simbólica, donde las plantas dejan de ser materia para convertirse en lenguaje dentro de propuestas artísticas y escénicas.
Entre ellas destacan la instalación Camas de olor, de Jerónimo Hagerman, que propone una experiencia sensorial a partir de la vegetación; la performance Desplazamiento del tercer paisaje, que reflexiona sobre los espacios olvidados; un ciclo de cortometrajes experimentales; o la acción teatral Birakolore, que en su estreno en Madrid llevará una suerte de siembra emocional por las calles de Lavapiés.
El programa no se limita a lo contemplativo. Incluye experiencias prácticas que conectan directamente con el entorno: recorridos familiares por el Retiro para descubrir su biodiversidad, talleres sobre la vida microscópica del suelo, sesiones de etnobotánica para elaborar productos naturales o aprendizajes de técnicas fotográficas sostenibles y artesanales. La mayoría de estas actividades son gratuitas, con acceso previo a través de la web de La Casa Encendida.
En paralelo, el festival se apoya en proyectos que llevan años trabajando en la intersección entre ciudad y naturaleza. Iniciativas como Sendas Ocultas, desarrollada por Ciudad Huerto junto a Zuloark, plantean una mirada crítica sobre la desconexión entre los habitantes urbanos y su entorno vegetal. En esa misma línea, el proyecto comunitario ZASS (Zonas Amarillas Sensibles Sostenibles), en el distrito de Villaverde, experimenta con modelos de jardinería adaptados al contexto climático actual, generando espacios más resilientes y biodiversos.
Esta edición también activa nuevas líneas de trabajo. Entre ellas, el proyecto Wisteria, impulsado junto a Nomad Garden, que se presenta como un laboratorio abierto de aprendizaje colectivo en torno a las posibilidades de la flora silvestre. Un espacio donde la investigación y la práctica se entrelazan sin jerarquías, en un intento de reformular la relación con aquello que crece fuera del control.
Coordinado por Alberto Peralta, miembro fundador de la Red de Huertos Urbanos Comunitarios de Madrid, el festival insiste en una idea que atraviesa toda su programación: la naturaleza urbana no es un adorno ni un residuo, sino una infraestructura viva que sostiene, transforma y cuestiona la ciudad.
En un momento en que el discurso ecológico tiende a institucionalizarse o a diluirse en gestos superficiales, Salvajes, silvestres y espontáneas propone algo más incómodo y, quizás por ello, más necesario: mirar hacia abajo, hacia lo que brota sin permiso, y asumir que en esas formas mínimas, casi invisibles, se está jugando también el futuro de lo urbano.









