El punto de partida es claro. En un contexto marcado por la expansión de modelos de masculinidad agresivos, amplificados por ecosistemas online y reforzados por corrientes políticas como el trumpismo, la pregunta sobre qué significa ser hombre hoy deja de ser retórica para convertirse en una urgencia cultural. Sin embargo, la exposición evita caer en la tentación de responder de forma unívoca. En lugar de ofrecer una definición, construye un territorio de fricción.
A través de una constelación de obras que atraviesan el vídeo, la escultura, la pintura y la performance, el proyecto articula la masculinidad como una estructura de poder, pero también como una experiencia vivida atravesada por contradicciones. Aquí, la virilidad no aparece como un bloque homogéneo, sino como una superficie inestable donde conviven la dominación y la fragilidad, el control y la exposición, la fantasía y el fracaso. La masculinidad, en este contexto, no se afirma: se problematiza.
La exposición reúne a 35 artistas de distintas generaciones, estableciendo un diálogo entre piezas realizadas entre las décadas de 1960 y 1990 y producciones recientes o de nueva creación. En el primer bloque, nombres como Miguel-Ángel Cárdenas, Eduardo Paolozzi, Tetsumi Kudo, Hans Eijkelboom, Paul McCarthy, Mike Kelley, Julio Galán, Pope.L, Sophie Calle o Sylvie Fleury sitúan la construcción de lo masculino en el marco de la modernidad, el consumo de posguerra, la industrialización y el influjo del psicoanálisis. No se trata de un ejercicio arqueológico, sino de una cartografía de los dispositivos que han configurado la masculinidad contemporánea.
El segundo bloque desplaza la mirada hacia el presente. Artistas como Arlette, EMIRHAKIN, Hamishi Farah, Solomon Garçon, Sven Gex, Jasmine Gregory, Zhana Ivanova, Basir Mahmood, Reba Maybury, Marlie Mul, Sands Murray-Wassink, Paul Pfeiffer, Sara Sadik, P. Staff, Diamond Stingily, SoiL Thornton, Salman Toor, Amanda van Hesteren, Alex Vivian, Bruno Zhu o Selina Zürrer abordan la masculinidad desde ángulos que atraviesan la intimidad, la disidencia sexual, el trabajo, la raza o la clase. En sus obras, la identidad masculina deja de ser un punto de partida para convertirse en un territorio en permanente negociación.
Varias piezas han sido concebidas específicamente para la muestra, reforzando su carácter de intervención en el presente. Reba Maybury reformula las relaciones de poder a partir de una lectura contemporánea de Desnudo reclinado (1910) de Leo Gestel, desplazando el eje de la mirada hacia dinámicas de dominación y deseo. Jasmine Gregory, con una nueva entrega de su serie Investment Piece, pone en evidencia la persistencia de la riqueza como privilegio codificado en clave blanca y masculina. Sven Gex examina la producción de identidades masculinas en la cultura digital a través de figuras inspiradas en influencers y celebridades, revelando la performatividad de estos modelos.
El retrato de Hamishi Farah realizado por Wolfgang Tillmans introduce otra capa: la figura del artista como paradigma de una masculinidad exitosa emergente en los años 2000, atravesada por nuevas formas de visibilidad y legitimación. Por su parte, SoiL Thornton presenta Husband Chair, un objeto inflable que bloquea el paso y que remite irónicamente a esos espacios de espera asignados a los hombres en los circuitos de consumo. Más que un gesto humorístico, la pieza evidencia la dimensión estructural de los roles asignados.
La performance también ocupa un lugar central. Zhana Ivanova desarrolla una nueva acción en la que examina cómo la masculinidad se construye a través de gestos, posturas y movimientos aparentemente insignificantes, pero profundamente codificados. Estas intervenciones, programadas en fechas concretas a lo largo de la exposición, desplazan el debate del plano representacional al corporal, subrayando la dimensión performativa del género.
La curadora Melanie Bühler sitúa el núcleo conceptual del proyecto en la necesidad de ir más allá de las formas espectacularizadas de la masculinidad que dominan el entorno digital. No se trata únicamente de confrontar la violencia o la autoridad, sino de atender a capas menos visibles: el deseo, la protección, la necesidad de consuelo. La masculinidad aparece así como un residuo persistente de estructuras heredadas que, aunque cuestionadas, siguen operando en el presente.
En la misma línea, el director del museo, Rein Wolfs, subraya el valor de la exposición frente a la simplificación del discurso público. Frente a las narrativas polarizadas, la muestra introduce matiz, duda y complejidad. Al combinar obras de la colección del Stedelijk y del Kunstmuseum St. Gallen con nuevas producciones y préstamos, el proyecto construye un contexto que no busca cerrar el debate, sino abrirlo.
Más allá de la Manosfera no ofrece respuestas definitivas ni aspira a redefinir la masculinidad en términos estables. Su apuesta es más incómoda: exponer sus contradicciones, evidenciar sus mecanismos y, sobre todo, cuestionar la necesidad misma de fijarla. En ese gesto, la exposición se convierte en algo más que un recorrido expositivo: en un dispositivo crítico que obliga a repensar no solo qué significa ser hombre hoy, sino por qué seguimos necesitando formular esa pregunta.









