Benjamín Netanyahu, presidente de Israel, nació en Tel Aviv el 21 de octubre de 1949, apenas un año después de la fundación del Estado de Israel. Su padre, Benzion Netanyahu, fue un reputado historiador y activista del sionismo revisionista, corriente ideológica fundada por Zeev Jabotinsky, que defendía un Estado judío expansivo, fuerte y armado frente a cualquier concesión a los árabes. Esa influencia ideológica fue decisiva en la formación del joven Benjamín.
Durante la adolescencia Benjamín Netanyahu, su familia se trasladó a Estados Unidos. Allí, Netanyahu estudió en el prestigioso MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde obtuvo una licenciatura en arquitectura y una maestría en administración de empresas. Su paso por MIT y Harvard donde obtuvo una licenciatura en arquitectura en 1975 y una maestría en administración de empresas (MBA) en el MIT Sloan School of Management en 1976 le otorgó un perfil cosmopolita y tecnocrático que luego integraría a su estilo de liderazgo. Sin embargo, su conexión con Israel nunca se rompió. Durante sus años universitarios regresó temporalmente a servir en la unidad de élite Sayeret Matkal del ejército israelí, participando en operaciones encubiertas, lo que afianzó su visión securitaria del mundo.
Uno de los episodios más influyentes de la vida personal Benjamín Netanyahu fue la muerte de su hermano Yonatan Netanyahu en la operación de rescate de rehenes en Entebbe, Uganda, en 1976. Este hecho, más allá del dolor familiar, reforzó en Benjamín una narrativa de heroísmo, martirio y excepcionalismo judío, que más tarde se proyectaría en su discurso político ultra radical.
Inicios en la política: diplomacia y ascenso meteórico
En los años ochenta, Benjamín Netanyahu fue nombrado embajador adjunto de Israel ante la ONU. Su impecable inglés, su formación académica y su carisma comunicativo lo convirtieron en un rostro aceptable y moderno del Estado de Israel frente al mundo. Aprovechó su presencia en los medios internacionales para promover una narrativa de Israel como democracia asediada por el terrorismo, una constante en su retórica posterior.
Regresó a Israel a finales de los ochenta y se integró en el partido Likud, convirtiéndose rápidamente en diputado y luego en viceministro de Asuntos Exteriores. Su ascenso se vio favorecido por la crisis del laborismo, el asesinato de Isaac Rabin en 1995 y la creciente frustración de sectores de la sociedad israelí ante los Acuerdos de Oslo y la violencia intermitente con los palestinos.
En 1996, tras derrotar a Shimon Peres por un estrecho margen, Netanyahu asumió por primera vez el cargo de primer ministro. Fue el primer jefe de gobierno israelí nacido después de la creación del Estado. Durante este mandato, su política fue ambivalente: aunque firmó los Acuerdos de Hebrón y Wye con la Autoridad Palestina, también paralizó numerosos procesos de paz y fomentó la expansión de asentamientos en territorios ocupados. Su gestión fue criticada por la comunidad internacional y por sus oponentes internos, y en 1999 perdió las elecciones frente a Ehud Barak.
Tras un periodo de reconfiguración política y económica, Benjamín Netanyahu retornó al poder en 2009, en medio de una coyuntura regional convulsa (la guerra de Gaza de 2008-2009) y una creciente preocupación por el programa nuclear iraní. Desde entonces, Netanyahu gobernó ininterrumpidamente hasta 2021, convirtiéndose en el primer ministro más longevo de Israel.
Durante estos años, Netanyahu combinó un discurso de seguridad con una liberalización económica agresiva, atrayendo inversiones tecnológicas y fortaleciendo el complejo militar-industrial israelí. Consolidó alianzas con Estados Unidos —especialmente con Donald Trump, quien trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén— y promovió los llamados “Acuerdos de Abraham”, que normalizaron relaciones con Emiratos Árabes, Bahréin, Marruecos y Sudán, marginando la cuestión palestina.
Simultáneamente, su gobierno fue acusado de corrupción, clientelismo y ataques a la independencia judicial. A partir de 2019, enfrentó cargos por fraude, cohecho y abuso de confianza, lo que generó múltiples protestas. Pese a ello, mantuvo una base electoral sólida, alimentada por el miedo a Irán, la hostilidad hacia los árabes israelíes y una narrativa de “Israel primero”.
En 2022, tras varias elecciones fallidas y breves coaliciones alternativas, Netanyahu regresó al poder al frente de un gobierno de coalición con partidos ultraortodoxos y de extrema derecha, como el sionismo religioso. Su agenda incluyó una polémica reforma judicial que buscaba debilitar al poder judicial y fue respondida con protestas masivas.
Su visión ideológica se volvió aún más excluyente: propuso anexiones parciales de Cisjordania, deslegitimó la independencia de la Corte Suprema y dio voz a ministros que abogaban por medidas abiertamente racistas contra los palestinos.
Ideología: nacionalismo, securitismo y excepcionalismo
La ideología de Netanyahu se puede definir como un sionismo revisionista endurecido por la realpolitik. Cree en la superioridad moral del Estado judío, el derecho histórico a toda la Tierra de Israel y la imposibilidad de una paz real con los palestinos. Su visión de seguridad es absoluta: cualquier cesión territorial equivale a una amenaza existencial. En lo económico, defiende un liberalismo tecnocrático y privatizador, aunque ha tolerado privilegios para sectores religiosos que le garantizan apoyo electoral.
Más que un teórico, Netanyahu es un estratega del poder. Su pensamiento no es filosófico, sino funcional, aunque constantemente recurre a una retórica que mezcla la historia bíblica, la memoria del Holocausto y el miedo existencial para justificar sus políticas.
Benjamín Netanyahu es una figura que ha definido, con su pragmatismo autoritario y su visión geopolítica de largo plazo, el rumbo de Israel en el siglo XXI. Su trayectoria es la del político que supo explotar el miedo, capitalizar la amenaza y moldear las instituciones en su beneficio. Para muchos, es un defensor de la seguridad y el crecimiento israelí; para otros, el arquitecto de un Estado cada vez más cerrado, excluyente y en guerra permanente con su entorno. Su legado, aún en desarrollo, será recordado por su mezcla de audacia política, rigidez ideológica y una extraordinaria capacidad de supervivencia.









