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La endometriosis deja de ser invisible en la nueva instalación de Laia Abril

Durante más de siglo y medio, la endometriosis ha soportado una doble condena: la agresión física de una enfermedad crónica y la sospecha cultural proyectada sobre quienes intentaban explicar su sufrimiento. ‘Endometriosis. El dolor silenciado 1860-2026’, la instalación inédita de Laia Abril presentada por PHotoESPAÑA y el Museo Nacional del Romanticismo, convierte esa continuidad histórica en una acusación visual contra la indiferencia clínica, el abandono institucional y la normalización del dolor femenino. La exposición, inaugurada el 2 de junio en Madrid, podrá visitarse gratuitamente hasta el 13 de septiembre de 2026. El título establece una cronología deliberadamente incómoda. En 1860 se realizó una de las primeras descripciones médicas de la endometriosis; en 2026, millones de personas continúan enfrentándose a demoras en el diagnóstico, tratamientos insuficientes y consultas en las que sus síntomas son relativizados. Abril transforma esos 166 años en la medida de un fracaso: el progreso científico ha sido incapaz de erradicar por completo los prejuicios desde los que se interpreta el cuerpo femenino.

La enfermedad afecta aproximadamente al 10 % de las mujeres en edad reproductiva, alrededor de 190 millones de personas en todo el mundo. Puede provocar dolor menstrual intenso, hemorragias abundantes, molestias pélvicas persistentes, infertilidad, distensión abdominal y náuseas. También puede alterar las relaciones sexuales, la micción, el funcionamiento intestinal y la salud mental. La Organización Mundial de la Salud advierte de que todavía no existe una cura y sitúa entre cuatro y doce años el tiempo medio necesario para obtener un diagnóstico.

Frente a la abstracción de las estadísticas, Laia Abril coloca el cuerpo. La instalación reúne las figuras fragmentadas de siete personas con endometriosis y las presenta como territorios quebrados por una convivencia prolongada con el dolor. La fragmentación no funciona aquí como un recurso ornamental, sino como la traducción de una experiencia física y psicológica: para continuar viviendo, trabajando o relacionándose, quien padece dolor crónico puede verse obligada a separar mentalmente su identidad de un organismo convertido en una fuente constante de amenaza.

Las imágenes se construyen desde esa escisión. No ofrecen una anatomía médica de la enfermedad ni buscan ilustrar sus síntomas de manera didáctica. Abril compone una iconografía del desgaste, la ausencia y la resistencia. El cuerpo aparece incompleto porque también ha sido incompleta la mirada que la institución sanitaria ha dirigido hacia él. Cada fragmento remite a una biografía que ha debido demostrar que su sufrimiento era verdadero antes de recibir atención.

Uno de los núcleos más perturbadores del proyecto reside en la deslegitimación sistemática del testimonio. Según los datos incorporados a la exposición, hasta un 83 % de las pacientes afirma haber escuchado que sus síntomas eran normales, exagerados o de naturaleza psicológica. La cifra revela que el problema desborda el desconocimiento clínico: afecta a la credibilidad concedida a quien expresa dolor. La paciente debe describir lo que siente y, simultáneamente, defenderse de la sospecha de estar magnificándolo.

Abril sitúa ese descrédito dentro de una tradición cultural más amplia. Durante siglos, la medicina occidental convirtió el cuerpo masculino en patrón universal y trató numerosas manifestaciones femeninas como desviaciones de ese supuesto modelo neutro. El lenguaje de la histeria, la inestabilidad emocional o la hipersensibilidad permitió reducir problemas orgánicos a defectos temperamentales. La consulta médica podía transformarse así en un espacio donde el diagnóstico quedaba condicionado por una interpretación moral de la paciente.

‘Endometriosis. El dolor silenciado 1860-2026’ prolonga las investigaciones desarrolladas por la artista en ‘On Mass Hysteria’, un proyecto dedicado a examinar la patologización colectiva de mujeres y adolescentes. Ambas obras vinculan archivo, testimonio e imagen para demostrar que la violencia médica rara vez adopta una única forma. Puede manifestarse mediante una intervención invasiva, pero también a través de la omisión, la incredulidad, el diagnóstico aplazado o la reducción del sufrimiento a una supuesta fragilidad psicológica.

La elección del Museo Nacional del Romanticismo amplifica esta lectura. La institución está consagrada al siglo XIX, periodo en el que la fotografía comenzó a consolidarse y la ciencia moderna ordenó los cuerpos mediante clasificaciones, tipologías y representaciones visuales. Introducir en ese contexto una instalación sobre la endometriosis obliga a revisar el museo como depósito de objetos bellos y lo convierte en un territorio de discusión crítica. El pasado deja de ser una escenografía distante y reaparece como origen de prejuicios que todavía condicionan la práctica médica contemporánea.

Laia Abril, nacida en Barcelona en 1986 y reconocida con el Premio Nacional de Fotografía en 2023, trabaja mediante la combinación de fotografía, texto, vídeo, sonido e investigación documental. Formada en Periodismo, desarrolló parte de su trayectoria inicial en la residencia artística de Fabrica, en Italia, donde colaboró con ‘COLORS Magazine’. Su obra ha abordado los trastornos alimentarios, la sexualidad, el aborto, la violación y otras expresiones de violencia estructural ejercidas sobre las mujeres. Más que documentar episodios aislados, Abril investiga los sistemas culturales que permiten que determinadas formas de daño se repitan y permanezcan socialmente toleradas.

Esta primera exposición individual de la artista en una institución madrileña se integra en la Sección Oficial de la 29.ª edición de PHotoESPAÑA. Bajo el lema ‘Volver a imaginar’, el festival se desarrolla entre el 13 de mayo y el 13 de septiembre de 2026 con más de cuarenta exposiciones oficiales, cerca de un centenar de muestras y sedes, y la participación de más de 300 artistas visuales, de los cuales un 65 % son mujeres. La programación reúne a figuras históricas como Richard Avedon y Robert Frank con creadoras y autores contemporáneos como Isabel Muñoz, Talia Chetrit, Bego Antón, Greta Alfaro, Rafał Milach y la propia Laia Abril.

Dentro de esa voluntad de reconsiderar los límites de la imagen, la propuesta de Abril demuestra que la fotografía puede funcionar como prueba, archivo y reparación simbólica. Las personas retratadas recuperan una autoridad que con frecuencia les ha sido negada en el ámbito sanitario: la facultad de narrar su propio cuerpo sin que su relato sea corregido, infantilizado o puesto bajo sospecha.

El mérito de la exposición no consiste únicamente en hacer visible una enfermedad. Su verdadera potencia reside en mostrar que el silencio alrededor de la endometriosis fue construido. En él intervinieron la escasez de investigación, los prejuicios de género, la normalización cultural del sufrimiento menstrual y una medicina que, durante demasiado tiempo, confundió la resistencia de las pacientes con la ausencia de gravedad.

Laia Abril desarma ese silencio mediante cuerpos que aparecen incompletos y que, sin embargo, reclaman ser observados en toda su complejidad. Ante ellos, la pregunta ya no es por qué tantas personas soportaron el dolor sin ser escuchadas. La cuestión decisiva es por qué las instituciones tardaron tanto en reconocer que merecía la pena escucharlas.

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