Por José M. Diéguez Millán
Mientras paseo por estas calles del Eixample, contemplando edificios modernistas a uno y otro lado como si caminara por un gigantesco museo de urbanismo, me resulta casi imposible imaginar Barna cuando era un asentamiento del Neolítico, hace más de cuatro mil años. Decido dar la espalda a la Pedrera o Casa Milà, tras detenerme por milésima vez a contemplarla durante varios minutos, y tomo el carrer de Pau Claris. Unos doscientos metros después de convertirse esta en Vía Laietana, giro a la derecha y vuelvo a pararme. Aquí, ante un paño de la muralla romana, fantaseo con la pequeña Barcino de tiempos de Augusto. Me pierdo por mis ensoñaciones y por sus callejas hasta aparecer en la plaza Villa de Madrid, donde los muertos de aquel inmortal imperio reposaban en sus tumbas de piedra.
El Barrio Gótico adyacente me lo pone más fácil. Lo percibo como si aquí hubiera empezado todo, con aquel Jaime I que en 1249 organizara el gobierno de Barna encomendándoselo a los cinco consellers del Consejo de Ciento.
Ciudad próspera, portuaria, referente en todo el Mediterráneo primero, y en el mundo entero después, nunca hizo ascos a innovación alguna. Los modelos más vanguardistas en trazado urbano o en arquitectura han sido siempre absorbidos y adoptados por Barcelona, sin exclusión.
La Torre Glòries se solapa con la Sagrada Familia. Un contraste que en esta ciudad resulta natural, casi armónico. La basílica modernista se identifica con la urbe; las dos creciendo siempre, siempre en construcción, ambas con un estilo personal y único.
Es esta querida Barna la capital europea de la desemejanza. La disparidad es su virtud. Esa es su clave, su auténtico patrimonio no material, que se refleja después en sus edificaciones, comercios, gastronomía, arte… Su espíritu diverso fue siempre lo primordial, luego surgió la ciudad tal y como la conocemos ahora. Y seguirá medrando así, porque sus brazos nunca se han cerrado. Es la urbe que goza recibiendo al impar, al diferente, al inigualable, dándole oportunidad de formar parte de ella, invitándolo a que muestre su genialidad. ¿Hacen falta ejemplos? Picasso, Keith Haring, Ocaña, Nazario, Aitana, Uclés… Cada uno de un padre y de una madre, como siempre le gustó a Barcelona, a Barna, donde la palabra contraste no tiene sentido, pues todo convive unido.
Sentarse en un banco del Paseig de Gràcia, con trencadís bajo las posaderas y forjas modernistas sobre la cabeza, es contemplar el futuro desde el pasado. Tampoco los tiempos pueden separarse aquí. Quieran o no, pretérito, presente y porvenir viven juntos, entremezclados, sin que a nadie le parezca tal fenómeno una cuestión llamativa. En Barcelona, esto, es cotidiano.
Vuelvo a caminar hacia el este —Plaça de Catalunya, seguida de las Ramblas— y me desvío por el Born. Una catedral del mar y yo nos saludamos antes de proseguir perdiéndome por los callejones adyacentes para terminar en el Xampanyet. Estos —la una de Falcones, y el otro de Ruiz Zafón— son solo dos de los innumerables puntos literarios que la metrópoli catalana ofrece al mundo. Volviendo a salir hacia las Ramblas, paso ante Els Quatre Gats donde consumieron horas, cafés, habanos y licores tantos intelectuales, de aquellos que lucían monóculo, chistera o ambos: Albéniz, Utrillo, Maragall, Marquina, Rusiñol, Darío, Casas o d’Ors.
Ha anochecido. Me he regalado un par de manuales adquiridos por los alrededores de Santa María del Pi. Aprovecho para atravesar el espejo de la librería Sant Jordi y sentarme a leer en su entresuelo mientras picoteo algo rodeado de unos centenarios muros barceloneses que con su calidez me acogen, me abrazan.









