La muestra se organiza en nueve secciones que funcionan como un mapa íntimo. Laffón regresó una y otra vez a los mismos objetos y paisajes por necesidad de observación. Su pintura avanza mediante variaciones, cambios de luz, de escala y de silencio. Aquello que al principio podía leerse desde una clave realista fue despojándose de literalidad con el tiempo. La artista partía de la figura, del objeto reconocible, del paisaje visible, pero su mirada acababa orientándose hacia la pintura misma: la mancha, la veladura, el borde que se disuelve, la atmósfera que borra la frontera entre presencia y desaparición.
Ese tránsito explica la dificultad de clasificar su obra. Laffón trabajó desde una figuración cargada de poesía, sin someterse a una narración evidente. En sus interiores, los objetos domésticos —canastas, costureros, armarios, máquinas de coser— adquieren una densidad que supera su función cotidiana. En sus exteriores, vinculados a Sevilla y a Sanlúcar de Barrameda, el paisaje deja de ser escenario para convertirse en experiencia suspendida: azoteas, vistas urbanas, horizontes, marismas, viñas, cales y salinas aparecen como territorios donde la luz actúa casi como materia moral.
El recorrido se abre con Marcelina y la cuna, dos motivos asociados a la infancia. Las Marcelinas de los años sesenta, pertenecientes a la que puede considerarse su primera serie, introducen una atmósfera onírica próxima al realismo mágico. Las cunas, de mayor formato y fechadas entre 1965 y 1995, desplazan esa infancia hacia un registro más vulnerable: el recién nacido, el cuerpo todavía indefenso, la vida apenas instalada en el mundo.
Las naturalezas muertas ocupan otro núcleo decisivo. Para Laffón, el bodegón fue un laboratorio formal. A través de objetos modestos, ensayó formatos, técnicas y estructuras. Muchas composiciones se ordenan horizontalmente en dos planos: la superficie de la mesa y la caída del mantel. Los elementos aparecen concentrados en el centro, tratados con mayor precisión, mientras el entorno se diluye. Desde la década de 1990, el paisaje comienza a introducirse como fondo, como ocurre en «Mesa con flores en el jardín», y más tarde surgen piezas híbridas que desdibujan la separación entre pintura y escultura, como «Repisa improvisada».
Los objetos domésticos revelan la evolución de su punto de vista. En obras tempranas como «La costura» o «El costurero», el objeto forma parte de una escena más amplia; en piezas posteriores, como «Canasta con ropa blanca», ocupa todo el espacio y se convierte en protagonista absoluto. Las máquinas de coser —«Máquina de coser al uso», «Máquina de coser tapada» y «Máquina de coser cubierta»— remiten a la esfera íntima del trabajo manual y doméstico. Cubiertas bajo una tela, algunas introducen una tensión entre lo visible y lo oculto.
La ciudad aparece en las décadas de 1960 y 1970 a través de azoteas y vistas urbanas. En «La terraza. Madrid» o «Sevilla desde el río», la pintura organiza el espacio mediante planos horizontales. Las vistas de Sanlúcar, realizadas entre 1975 y 2002, anuncian un cambio progresivo: la azotea pierde peso y el cielo gana presencia hasta ocupar casi la mitad del lienzo. Ese ascenso del horizonte anticipa la importancia del Coto de Doñana.
Desde Sanlúcar, Laffón comenzó hacia 1978 sus pinturas del Coto. A partir de ese motivo desarrolló una serie de vistas horizontales en tonos pastel, marcadas por la línea que separa cielo y mar. Entre 2011 y 2014 retomó el tema desde una mayor abstracción, atenta a las variaciones de la luz, las estaciones y los fenómenos atmosféricos de la desembocadura del Guadalquivir. Obras como «Bajamar en La Jara» y «Orilla del Coto desde Bonanza» amplían esa contemplación hacia grandes formatos.
El armario, trabajado entre 1973 y 2018, constituye una serie dentro de otra serie. La pequeña alacena de madera aparece cerrada, semicerrada o abierta, en blanco, negro, color o bronce. Con los años, la composición se desprende del realismo inicial: el fondo se neutraliza, el contorno se vuelve difuso y el mueble parece flotar sin sombra, suspendido en un espacio mental.
Las últimas salas muestran a una Laffón más libre. Entre 2011 y 2015, la serie de la cal convierte bidones, carretillas, cubos y mesas de encaladores en objetos de extraña belleza. Entre 2017 y 2020, las salinas de Bonanza dan lugar a uno de sus proyectos más ambiciosos, de gran formato y progresiva abstracción. La viña, realizada entre 2006 y 2007 e inspirada en el entorno de su estudio de Sanlúcar, culmina en el hall central con «Vista de la viña» y «Espuertas cargadas con uvas», pieza monumental de bronce pintado formada por más de veinte cestos de tamaño natural.
El itinerario concluye con un audiovisual sobre la artista, elaborado para la exposición, con la participación de historiadores, artistas y galeristas como Jordi Teixidor, Estrella de Diego, Jacobo Cortínez, Íñigo Navarro y Juan Suárez. El Thyssen revisa así una trayectoria que hizo de la repetición una forma de conocimiento y de lo cotidiano una arquitectura de permanencia.









