La muestra, organizada en el marco del 75 aniversario del Museo Lázaro Galdiano, no se limita a trasladar obras al exterior. Su verdadera operación consiste en modificar las condiciones de percepción. Aquello que en una sala puede entenderse como equilibrio clásico, proporción contenida o serenidad formal, en el jardín adquiere una vibración distinta. Las esculturas ya no aparecen como objetos cerrados, detenidos en una lectura única, sino como presencias sometidas a una transformación continua. Cada hora altera sus superficies. Cada cambio de luz redefine su volumen. Cada sombra introduce una lectura nueva sobre la materia.
Ese desplazamiento resulta especialmente revelador en el caso de Casamor, reconocido por su compromiso con la forma, el cuerpo humano y una idea de armonía vinculada a la tradición novecentista mediterránea. Su producción, esencialmente escultórica aunque también desarrollada en el dibujo y la pintura, se ha relacionado con la búsqueda de serenidad, proporción y solidez. En sus figuras late una voluntad de permanencia, una presencia material del cuerpo idealizado que parece aspirar a la quietud. Sin embargo, al instalar esas obras en el Jardín de Parque Florido, esa aparente estabilidad comienza a resquebrajarse de manera sutil.
La comisaria Marta Carreté plantea precisamente esa lectura: el jardín obliga a reconsiderar las piezas. En el exterior desaparece el punto de vista privilegiado y se diluye la iluminación controlada. Las formas pueden endurecerse o suavizarse según la hora del día; las sombras alteran la percepción del volumen; la escultura adquiere una condición casi orgánica, como si dejara de ser una forma clausurada para convertirse en un cuerpo perceptivo en relación constante con el lugar.
‘Antón Casamor: luz y escultura’ introduce así una pregunta de fondo: qué ocurre cuando una obra concebida desde el equilibrio se expone a un entorno que nunca permanece igual. En ese contacto, la escultura deja de imponer su presencia de forma absoluta y empieza a negociar con el espacio. El jardín no actúa como fondo ornamental. Interviene, tensiona, desplaza y completa el sentido de las piezas. La naturaleza no envuelve la obra; la desafía. El museo no abandona su función; la amplía hacia una experiencia donde la contemplación exige tiempo, desplazamiento y atención.
Esta lectura permite descubrir en Casamor una dimensión menos evidente. Junto a la armonía formal aparece la fragilidad. Junto a la solidez del material emerge la inestabilidad del entorno. Junto al cuerpo idealizado se abre una reflexión sobre la relación entre figura, materia y paisaje. Las esculturas, al aire libre, dejan de ser únicamente formas equilibradas para convertirse en preguntas abiertas sobre cómo miramos, cómo circulamos alrededor de una obra y cómo el espacio transforma aquello que parecía fijado.
La elección del Jardín de Parque Florido resulta decisiva. El Museo Lázaro Galdiano posee una identidad marcada por la memoria, la colección, la arquitectura y el diálogo entre patrimonio y experiencia estética. Al incorporar las esculturas de Casamor a ese entorno, el museo activa una relación entre historia y percepción contemporánea. El jardín se convierte en un territorio donde la escultura no queda aislada de la vida, sino atravesada por ella. El visitante ya no contempla desde una distancia abstracta: camina, se aproxima, cambia de ángulo, descubre una sombra, pierde otra, advierte que la obra se modifica sin dejar de ser la misma.
En un momento en el que muchas exposiciones buscan impactar mediante la espectacularización del espacio, esta propuesta elige una vía más exigente: la discreción activa. Su fuerza no procede del exceso, sino de la atención. El gesto curatorial no necesita imponerse con grandilocuencia, porque confía en la capacidad de la escultura para revelar otras lecturas cuando se la coloca ante un entorno vivo. La muestra invita a mirar despacio, a aceptar que una obra puede transformarse sin moverse, a comprender que la luz también interpreta.
‘Antón Casamor: luz y escultura’ recupera así una idea esencial de la experiencia artística: ninguna obra se agota en su forma. El lugar donde se mira, la hora del día, la posición del cuerpo y la sensibilidad del espectador participan en su sentido. Las doce piezas instaladas en el jardín del Lázaro Galdiano parecen confirmar que la escultura no pertenece únicamente al material que la constituye, sino también al tiempo que la atraviesa.
La exposición propone una lectura renovada de Antón Casamor desde una paradoja fecunda. Sus esculturas conservan la serenidad, la proporción y la vocación de equilibrio que caracterizan su obra, pero al aire libre revelan también una vulnerabilidad inesperada. Frente a la luz cambiante, la materia deja de ser certeza y se convierte en acontecimiento. En ese tránsito, el jardín histórico del museo no solo acoge las obras: las hace hablar de otro modo.









