Isabel Azkarate, nacida en San Sebastián en 1950 y considerada la primera mujer fotoperiodista vasca, pertenece a esa estirpe de creadoras cuya obra no puede separarse de una forma radical de estar en el mundo. Su fotografía ha sido, durante décadas, una práctica de aproximación humana, una manera de entrar en contacto con personajes singulares, comunidades periféricas, rostros anónimos y presencias que, bajo otra mirada, quizá habrían quedado relegadas al tránsito invisible de la calle. En su caso, la cámara ha funcionado menos como una herramienta de captura que como un instrumento de relación: una vía para observar, acercarse, reconocer y fijar aquello que sucede antes de desaparecer.
La exposición parte precisamente de esa continuidad. ‘Azkarate vs. Azkarate’ no enfrenta dos etapas incompatibles ni propone una ruptura entre pasado y presente. Al contrario, construye un sistema de correspondencias donde las fotografías históricas de la autora dialogan con imágenes recientes tomadas con teléfono móvil. La operación resulta reveladora porque desplaza la atención desde el aparato hacia la mirada. Cambia la tecnología, se transforma el soporte, se acelera la circulación de las imágenes, pero permanece una misma pulsión: la curiosidad insaciable por la geografía de lo humano.
Formada en fotografía documental en Barcelona, Azkarate encontró en Nueva York, en 1980, un territorio decisivo para el desarrollo de su lenguaje. La ciudad funcionó como laboratorio, escenario y escuela abierta. Allí consolidó una práctica cercana a la fotografía de calle, atravesada por la influencia de la tradición norteamericana y por referentes como Lisette Model, cuya capacidad para detectar la intensidad psicológica de los cuerpos y las escenas dejó una huella reconocible en varias generaciones de fotógrafos. En ese contexto, Azkarate afinó una forma de mirar capaz de combinar desparpajo, cercanía y extrañeza; una mirada directa, pero nunca plana; empática, pero jamás complaciente.
Su atracción por los márgenes, por las personas excéntricas o fuera del centro normativo, aproxima parte de su universo visual al de Diane Arbus, especialmente en esa voluntad de conceder densidad estética y presencia simbólica a individuos que suelen habitar los bordes de la representación. Sin embargo, Azkarate no se limita a registrar rarezas ni a convertir la diferencia en espectáculo. Su trabajo se sostiene sobre una inteligencia afectiva: una mezcla de intuición callejera, valentía social y capacidad para entrar en contacto con el otro sin neutralizar su misterio.
Esa disposición ha sido uno de los grandes salvoconductos de su trayectoria. La empatía y el descaro, lejos de operar como rasgos anecdóticos de carácter, se convierten en método. Azkarate ha fotografiado porque ha sabido estar, porque ha sabido aproximarse, porque ha entendido que toda imagen verdaderamente viva nace de una negociación silenciosa entre quien mira y quien es mirado. Sus retratos y escenas no solo documentan un tiempo; también revelan una temperatura social, una forma de comunidad, una fricción entre individuo y entorno.
Hoy, a los 76 años, la fotógrafa continúa recorriendo San Sebastián con el móvil en la mano, atenta a vecinos, amigos y desconocidos. Esa persistencia concede a la exposición una dimensión especialmente significativa. ‘Azkarate vs. Azkarate’ no plantea el archivo como mausoleo ni la obra reciente como apéndice tecnológico. Ambos territorios se contaminan y se iluminan mutuamente. Las imágenes del pasado adquieren nueva vitalidad al confrontarse con las capturas actuales; las fotografías recientes, por su parte, se inscriben en una genealogía autoral ya consolidada.
El proyecto demuestra que la fotografía, incluso en un presente saturado de dispositivos, conserva su potencia cuando responde a una mirada singular. El móvil no aparece aquí como simple signo de modernidad, sino como extensión natural de una práctica que siempre estuvo vinculada a la inmediatez, al encuentro fortuito y a la velocidad de la calle. En Azkarate, la tecnología se subordina al impulso: observar, conectar, detectar una presencia, reconocer una anomalía, convertir un instante fugaz en materia visual.
Integrada en PHotoESPAÑA 2026, la muestra subraya también la relevancia histórica de una autora pionera en el fotoperiodismo vasco y fundamental para comprender la escena cultural de Euskadi. Su obra ha dado testimonio de ambientes, personajes y transformaciones desde una posición poco frecuente: la de una mujer que abrió camino en un ámbito profesional intensamente masculinizado y que hizo de la calle un territorio propio de exploración, independencia y lenguaje.
‘Azkarate vs. Azkarate’ se ofrece así como una exposición de lectura doble. Por un lado, permite recorrer cuarenta años de trayectoria a través de algunas de sus fotografías más reconocibles. Por otro, confirma que la vitalidad de Isabel Azkarate no pertenece solo al archivo, sino al presente. La autora se enfrenta a sí misma y sale fortalecida de ese espejo: la misma energía, otra herramienta; la misma curiosidad, otro tiempo; la misma fotógrafa, todavía en movimiento.









