La primera muestra, ‘Estás en el corazón del cambio. Surrealismo y antifascismo’, propone una revisión del surrealismo lejos de la comodidad con la que tantas veces se ha explicado el movimiento. El surrealismo no aparece aquí como una fábrica de sueños, imágenes fantásticas o automatismos pictóricos destinados al museo. Su lugar es más incómodo. Nace en los años veinte del siglo pasado, pero muy pronto se enfrenta a las fuerzas que definirán la catástrofe europea: el fascismo, el colonialismo, el nazismo, la guerra y la persecución política. En ese contexto, la imaginación no opera como evasión, sino como arma crítica contra una civilización occidental que se presentaba a sí misma como racional mientras sostenía imperios, campos, exterminios y jerarquías raciales.
La exposición reúne nombres esenciales de la historia del arte moderno, desde Max Ernst, Toyen, Leonora Carrington, Pablo Picasso, Remedios Varo, Kurt Seligmann, André Masson o Roberto Matta hasta Franciszka y Stefan Themerson. Pero su ambición no consiste en ordenar un canon brillante de grandes figuras. El proyecto se pregunta por las conexiones, por los desplazamientos y por las alianzas que hicieron del surrealismo una red extendida entre ciudades, exilios y frentes de resistencia. Praga, Coyoacán, El Cairo, la España republicana, Marsella, Martinica, Puerto Rico, París, Chicago, Londres y Nueva York aparecen como puntos de una geografía moral antes que como simples lugares de producción artística.
En esa cartografía, el surrealismo se revela como una ética de la insubordinación. Sus protagonistas condenaron el colonialismo europeo, se organizaron contra el fascismo, participaron en la Guerra Civil española, actuaron en movimientos de resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y sufrieron persecución bajo el nazismo. La etiqueta de “arte degenerado”, los campos, el exilio y la amenaza de exterminio formaron parte de la realidad de muchos de ellos. Frente a ese horizonte, la creación dejó de ser un territorio separado de la vida. Poemas, pinturas, fotografías, collages, manifiestos y exposiciones se convirtieron en mecanismos de denuncia.
La comisaria Magda Lipska sitúa la exposición en el presente al recordar que el surrealismo fue un movimiento artístico y político de alcance internacional, nacido del arte y la literatura, pero orientado hacia una transformación más profunda de la vida. Esa lectura resulta decisiva. En lugar de clausurar el surrealismo como episodio histórico, la muestra lo reactiva como una advertencia contemporánea. La libertad absoluta que reclamaban sus integrantes no era una metáfora decorativa. Implicaba liberar la existencia de las obediencias impuestas por la nación, la Iglesia, la moral burguesa y las estructuras autoritarias.
La versión de Varsovia incorpora, además, una dimensión específicamente polaca. Dorota Jarecka subraya la importancia de recuperar la colección internacional del grupo a.r., reunida a comienzos de los años treinta, donde ya estaban presentes artistas como Max Ernst, Kurt Seligmann y Hans Arp. La exposición vuelve también sobre el arte producido en Polonia hacia 1948, atravesado por el recuerdo de la guerra y del exterminio, e inspirado por la dimensión anticolonial y antifascista del surrealismo. A ello se suma la obra de artistas polacos en el exilio, como Teresa Żarnower y Franciszka y Stefan Themerson.
El resultado es una exposición que rompe con la visión domesticada del surrealismo. Su pregunta central —qué es, realmente, el surrealismo— no busca una definición estilística, sino una posición política. Por eso el recorrido incluye pintura, escultura, cine, fotografía y un amplio archivo de publicaciones, manifiestos y documentos. La presencia de Lee Miller, Joan Miró, Dora Maar, René Magritte, Inji Efflatoun, Yves Tanguy o Katarzyna Kobro amplía la lectura hacia una constelación donde la imagen funciona como pensamiento y la imaginación como resistencia.
La segunda exposición, ‘Los caminos de los negros entran en la Tierra Blanca’, desplaza el foco hacia un terreno menos transitado: las relaciones de Polonia con las diásporas africanas y con el África subsahariana entre 1945 y 1989. El título, de resonancia deliberadamente incómoda, abre una investigación sobre cómo la cultura visual de la República Popular de Polonia representó, imaginó, instrumentalizó o comprendió la negritud en un periodo marcado por la Guerra Fría, la descolonización africana y los proyectos socialistas de modernización.
Durante décadas, las culturas creadas por personas negras y por las diásporas africanas fueron observadas en Europa a través del prisma de la esclavitud y del colonialismo occidental. Tras la Segunda Guerra Mundial, el avance de los movimientos de independencia en África modificó ese mapa. Polonia, integrada en el bloque del Este, participó en redes de intercambio político, educativo y cultural que conectaron el socialismo europeo con los discursos de la descolonización. La exposición examina esa zona ambigua, donde la solidaridad internacional convivía con fantasías, estereotipos, intereses geopolíticos y representaciones simplificadas del continente africano.
La comisaria Oliwia Bosomtwe propone la imagen de la “vibración” para pensar esa complejidad. No se trata de una historia lineal ni de una relación transparente. La Guerra Fría, los procesos de independencia africanos y la imaginación socialista produjeron contactos reales, pero también ficciones visuales. El tapiz ‘África’, realizado por Barbara Grądzka-Łowkis en 1970, sirve como emblema de esa tensión. Sus verdes, amarillos, ocres, rosas y rojos remiten a un imaginario polaco que muchas veces redujo África a sol, vegetación y tierras rojizas, dejando fuera la diversidad cultural, étnica y geográfica del continente.
La exposición reúne obras de artistas de Polonia y Nigeria, así como de creadores formados en academias polacas y procedentes de países como Etiopía, Sudán o Kenia. También recupera piezas de artistas polacos que se aproximaron a formas culturales del África subsahariana o dialogaron con postulados anticoloniales y antirracistas. Aparecen, entre otras, ‘Jazz’, de Erna Rosenstein; ‘Explotación colonial’, de Władysław Strzemiński; ‘Tierra Negra’, de Jonasz Stern; los cuadernos de Oskar Hansen; o la escultura ‘Bandung’, de Paulina Wojtyna. Junto a ellas, la muestra presenta una máscara de la cultura Nago y obras de Jimoh B. Akolo y Bruce Onobrakpeya, figuras relevantes del modernismo nigeriano.
Uno de los episodios más significativos se vincula al monumento a Kwame Nkrumah, primer presidente de Ghana, diseñado por la escultora polaca Alina Ślesińska y destruido en 1966. La reconstrucción de una enorme espada con la cabeza de Nkrumah forma parte de la instalación ‘One man does not rule a nation’, de Maks Cegielski y Janek Simon. El proyecto sitúa aquella obra en una red de contextos políticos, culturales y simbólicos que exceden la anécdota monumental. El relato se cierra con ‘Adiós a África’, ensamblaje realizado por Krzysztof M. Bednarski en 1986.
El trasfondo educativo resulta igualmente revelador. En la República Popular de Polonia estudiaron alrededor de tres mil jóvenes africanos. Tras un curso anual de lengua polaca en Łódź, muchos ingresaban en universidades de distintas ciudades, aunque pocos optaban por academias artísticas. La exposición recupera las obras de Hailu Tsige y Worku Goshu, graduados en pintura por las academias de Cracovia y Varsovia, y suma cortometrajes documentales realizados por antiguos alumnos de la Escuela Estatal de Cine, Televisión y Teatro de Łódź.
El diálogo entre ambas exposiciones permite leer el Museo de Arte Moderno de Varsovia como un espacio de revisión crítica de la modernidad. En una planta, ‘Estás en el corazón del cambio. Surrealismo y antifascismo’ deja de presentar el surrealismo como un estilo del inconsciente y lo devuelve a su condición de política de la libertad. En la otra, ‘Los caminos de los negros entran en la Tierra Blanca’ saca del margen las relaciones polacas con África y la negritud durante la Guerra Fría, obligando a mirar de nuevo los vínculos entre arte, ideología, solidaridad y representación.
La operación tiene un valor contemporáneo evidente. Frente a un presente marcado por nuevas formas de autoritarismo, racismo, violencia colonial y disputa de la memoria, Varsovia propone mirar el siglo XX sin nostalgia y sin coartadas. El arte aparece aquí como documento, síntoma y herramienta de combate. No embellece la historia. La interroga. Y al hacerlo, recuerda que toda cultura verdaderamente viva nace allí donde una imagen todavía es capaz de incomodar al poder.









