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Gabriel Azorín proyecta en ‘Anoche conquisté Tebas’ una mirada queer sobre los silencios masculinos

El cineasta conversa con Urban Beat sobre la gestación de ‘Anoche conquisté Tebas’, la vulnerabilidad masculina, el tiempo, la creación colectiva y la necesidad de defender un cine situado fuera de la lógica inmediata del mercado. Una tarde de invierno de 2017, Gabriel Azorín levantó la cabeza desde una bañera con forma de sarcófago en las termas romanas de Bande y descubrió que aquella oscuridad estrellada podía reunir varios tiempos y devolver a los hombres aquello que durante siglos habían aprendido a callar. De aquella imagen nació ‘Anoche conquisté Tebas’, una película nocturna, radical y deliberadamente antiproductiva que necesitó seis años de trabajo antes de llegar a Venecia. «He callado muchas conversaciones que no llegué a tener con mis amigos; no fui capaz de reconocerles determinados miedos, de relacionarme con su vulnerabilidad o de mostrar la mía. A través de esas termas y de sus aguas mágicas, los personajes se atreven a hacer lo que yo no hice. Es una de las ventajas de la ficción: puede ser mejor que la vida». Desde su estreno mundial en las Giornate degli Autori, la ópera prima de ficción de Azorín ha pasado por Nueva York, Viena, Gante y Tesalónica; ha obtenido el Premio Especial FUNDOS en la Seminci, el Grand Prix Janine Bazin y una mención especial en Belfort, y ha sumado otro reconocimiento en el D’A de Barcelona. El próximo 28 de agosto llegará a los cines de Madrid. La crítica ha celebrado su fotografía, su dominio del espacio y su aproximación insólita a la intimidad de los hombres: «Yo diría que es una mirada queer sobre el universo heterosexual», afirma el director. Esa resistencia a complacer forma parte del sentido de la película: Gabriel Azorín no filmó para conquistar el mercado, sino para construir un territorio donde la amistad, el miedo y la necesidad de afecto pudieran escapar de los códigos que históricamente han condicionado su expresión. Nacido en Hellín en 1981, Azorín se formó en la ECAM y cursó un posgrado en la Elías Querejeta Zine Eskola. Es miembro del colectivo de investigación artística lacasinegra, junto a María Antón Cabot, Carlos Pardo Ros y Elena López Riera. Tras dirigir varios cortometrajes y el largometraje documental ‘Los mutantes’, ha debutado en la ficción con una obra ambientada casi por completo en las termas de Bande, en Ourense, donde jóvenes contemporáneos y soldados romanos quedan unidos por el agua, la noche y una misma necesidad de afecto.

Para comenzar, me gustaría situar su trayectoria y las motivaciones creativas que lo llevaron a convertirse en director de cine.

Nunca tomé la decisión de hacer cine o de ser cineasta. Siempre digo que lo mejor que le puede pasar a una persona es tener una vocación, tenerla clara, porque eso facilita muchas cosas a lo largo de la vida, aunque después pueda meterte en líos, como en mi caso. Yo nunca decidí convertirme en cineasta: creo que esa vocación estaba antes que yo.

Evidentemente, es complejo cuando vienes de un lugar pequeño y no existe una tradición artística previa en tu familia. Tuve mucha suerte porque, en cuanto me fui a estudiar a Valencia, encontré en el colegio mayor a las personas con las que llevé a cabo mi educación sentimental y cinematográfica. Más tarde creamos lacasinegra, junto a María Antón Cabot, Carlos Pardo Ros y Elena López Riera.

¿Lacasinegra funciona como una compañía de teatro o como un colectivo de creación?

Es un colectivo de cine. Después nos encontramos con un colectivo teatral, La Tristura, y con Celso Giménez. En lacasinegra sabíamos que queríamos hacer películas, pero no teníamos tan claro cómo queríamos hacerlas. Han sido muchos años de investigación y también de formación.

Pasé por la ECAM, la Escuela de Cine de Madrid, y después cursé un posgrado en la Elías Querejeta Zine Eskola, en San Sebastián, la escuela creada por Carlos Muguiro, a quien considero mi maestro. Hasta llegar a ‘Anoche conquisté Tebas’ ha habido un periplo muy largo. He estrenado mi primer largometraje de ficción con 44 años.

¿Cómo surgió ‘Anoche conquisté Tebas’ y cómo consiguió sacar Gabriel Azorín adelante el proyecto?

Conocí las termas de Bande, unas ruinas romanas de finales del siglo I o comienzos del II donde se desarrolla prácticamente toda la película, durante una tarde de invierno de 2017. Fui a bañarme con unos amigos y, cuando se hizo de noche, me quedé solo en una de aquellas bañeras con forma de sarcófago, que después serían muy importantes en la película.

Las termas están en ruinas, en mitad de un valle entre Ourense y Portugal. Allí no hay luz eléctrica ni rastros próximos de civilización. No podía ver nada; todo estaba oscuro. Si quería distinguir algo, únicamente podía levantar la cabeza y mirar el cielo. Eso hice y tuve mucha suerte: me encontré con una noche estrellada increíble.

Me pregunté cuántas personas, durante esos casi dos mil años, habrían repetido el mismo gesto desde aquellas bañeras. En ese momento apareció el primer deseo de rodar en las ruinas, pero todavía no existía una idea cinematográfica. La idea llegó un par de años después, en 2019, mientras estudiaba en la Elías Querejeta Zine Eskola.

Por entonces estaba obsesionado con el cine de los portugueses Margarida Cordeiro y António Reis y con la idea de las estratigrafías: la capacidad de un plano cinematográfico para revelar los distintos tiempos que habitan un lugar. Recordé aquella tarde de 2017 y sentí el deseo de regresar a las termas para comprobar si podía desarrollar allí esa investigación sobre las estratigrafías del cine.

Se lo propuse a María Antón Cabot, que también estudiaba conmigo en la escuela, y a Carlos Pardo Ros. Volvimos a las termas con una cámara muy sensible, capaz de ver más que el ojo humano. Estuvimos bañándonos durante toda la tarde y, cuando anocheció, grabamos a un grupo de chicos que seguían en el agua. La cámara nos permitía verlos, aunque ellos no podían vernos a nosotros.

Cuando revisamos las imágenes tuvimos una especie de revelación: si eliminábamos los bañadores estampados y los teléfonos móviles, resultaba imposible datarlas. No sabíamos si habían sido rodadas en 2019, en 1513 o hacía dos mil años. Eran imágenes sin tiempo. Allí apareció finalmente una idea cinematográfica y comenzó ‘Anoche conquisté Tebas’.

La película aborda diferentes masculinidades desde un lugar excepcional, mediante la desnudez física y la desnudez de la conversación.

He utilizado la película como una especie de invocación o sortilegio para que los personajes se atrevan a hacer, dentro de la ficción, aquello que quizá yo no me he atrevido a hacer en mi vida. He callado muchas conversaciones que no llegué a tener con mis amigos; no fui capaz de reconocerles determinados miedos, de relacionarme con su vulnerabilidad o de mostrar la mía. A través de esas termas y de sus aguas mágicas, los personajes se atreven a hacer lo que yo no hice. Es una de las ventajas de la ficción: puede ser mejor que la vida.

En la película conviven el universo queer y el heterosexual. ¿Se podría explicar de ese modo?

Yo diría que es una mirada queer sobre el universo heterosexual.

¿Cómo actúan la fragilidad y la vulnerabilidad masculina a través del tiempo? ¿Influye la situación histórica?

No estábamos especialmente interesados en diferenciar los momentos históricos. Esta superposición de capas temporales, además de responder a un pensamiento cinematográfico, funciona como un dispositivo para hablar del ser humano: de lo solos que nos sentimos y de la necesidad que tenemos de los demás. Queríamos generar, mediante herramientas cinematográficas, un limbo donde personas de épocas diferentes pudieran convivir, compartir una conversación íntima y tomar juntas un baño caliente.

No me interesa tanto la diferencia entre las épocas como la manera en que se siente un ser humano. Es una mirada más humanista. Los dispositivos cinematográficos permiten realizar desplazamientos poéticos, generar algo fantástico o alejado de la realidad para llegar a una verdad más profunda. Cuando permaneces demasiado pegado al realismo o al costumbrismo, puede resultar más difícil adquirir la distancia necesaria para ver las cosas con claridad.

¿Cómo fue el trabajo con los actores y con el equipo técnico?

En una película tan pequeña y, al mismo tiempo, tan ambiciosa y autoral, necesitas el talento y la dedicación de los demás. Los actores ponen su cuerpo, su voz y su rostro delante de la cámara, pero esa entrega también afecta al conjunto del equipo técnico. Son películas frágiles, que intentan mirar el mundo de una forma muy particular. Todos deben comprender esa mirada y asumir su riesgo.

La película transcurre prácticamente durante la noche, en exteriores, con personas bañándose; una parte está hablada en latín y propone una mirada que no es estrictamente realista. Trabaja con muy pocos elementos y cada uno debe encontrarse exactamente en su lugar: la interpretación, la luz, la dirección artística. Necesitas trabajar casi como una familia. Los demás tienen que entrar emocionalmente en el proyecto y dedicarle tiempo y vida, algo que no siempre resulta sencillo.

Existe una coherencia entre el modo en que hicimos la película y aquello que propone ideológicamente: permanecer en el presente, detenerse, dedicarse a los demás y perder tiempo con ellos. Eso hacen los personajes en las termas y eso hicimos también los actores, el equipo técnico y yo. Comenzamos a desarrollarla en 2019 y se estrenó en Venecia en 2025. Fueron seis años y mucho tiempo de muchas personas. No únicamente mío, por supuesto.

Ese tiempo también habrá permitido que el proyecto madurase.

Sí. Creo que el tiempo siempre beneficia a una película. Algunas personas piensan que puedes pasarte de rosca, quemarla o perder la ilusión. A mí me parece que siempre mejora. Sin embargo, vivimos bajo la exigencia de producir constantemente, de ser eficientes.

En ese sentido, esta película es antiproductiva. Nunca buscamos la eficiencia al hacerla. No es una manera demasiado común de trabajar, pero existe una coherencia interna entre lo que la película trata, el modo en que la realizamos y la manera en que nos relacionamos como equipo.

Desde el punto de vista formal, ¿qué destacaría de la película?

Es una propuesta bastante radical: nocturna, construida con pocos planos y con planos largos. En el fondo, formula una invitación al espectador para que la habite. Confía en él, le concede espacio y le propone una experiencia que va más allá del simple hecho de contarle una historia: lo invita a vivir la película junto a los personajes, a sumergirse durante la noche en esas termas.

Aunque la propuesta sea radical, si el espectador abre su corazón encontrará una recompensa y una forma de vivir la experiencia cinematográfica que, en mi opinión, pocas películas ofrecen.

Al tratarse de su primer largometraje de ficción, ¿qué valoración hace del papel de las instituciones públicas en la financiación de los nuevos proyectos y de los cineastas emergentes?

Son indispensables. Sin el apoyo de las instituciones públicas y sin la comprensión de que el cine no es únicamente un negocio o una industria, resulta imposible sostener determinadas películas. El cine no debería reducirse a fabricar productos —ahora los llaman contenidos— destinados a generar beneficios. También deben existir apuestas por obras que defiendan una identidad, miren el mundo de manera diferente y permitan al espectador formularse preguntas importantes: qué quiere hacer con su vida o cómo desea vivir.

Existe un cine capaz de abrir el espíritu y el corazón de los espectadores. Quizá no genere tanto dinero, pero posee una importancia cultural e identitaria para un país, porque muestra cómo se piensa desde lugares distintos. Esta película ha tenido un recorrido internacional amplio y se ha proyectado en festivales importantes de todo el mundo. También revela qué está sucediendo ahora en el cine y en la sociedad españoles. Por eso resulta fundamental que las instituciones apoyen un cine alejado de la lógica del mercado.

La crítica especializada ha valorado ampliamente la película. ¿Qué opinión le merece esa recepción y qué espera del público?

La reacción del público la veremos con el estreno en salas y siento mucha curiosidad. Hasta ahora, la crítica ha recibido la película con muchísimo cariño y la ha apoyado. Estamos muy contentos porque, cuando haces una película, envías un mensaje al mundo. Es una carta de amor con la que buscas interlocutores: personas desconocidas con las que compartes una sensibilidad.

Cuando compruebas que esas personas existen, que reaccionan con entusiasmo, se emocionan, sienten la película como algo propio y la defienden, descubres que también puedes hacer amigos a través del cine. Resulta muy emocionante. Hacer una película es un proceso muy largo y, por momentos, muy solitario. Después te encuentras con personas que incluso te enseñan cosas sobre tu propia obra, porque elaboran lecturas e interpretaciones que nunca se te habían ocurrido y que son tan ciertas como aquello que tú habías propuesto. En el fondo, imagino que hacemos películas para que las vean otros.

Después de este proyecto, ¿qué puede adelantarnos Gabriel Azorín sobre sus próximos trabajos?

Me gusta dirigir mis propias películas, pero también trabajar en las de mis amigos y en las de los cineastas que admiro. Mis próximos proyectos están más relacionados con la colaboración en películas ajenas que con la dirección de una obra propia.

También estoy pensando en la docencia. Después de tantos años, necesito un periodo de vaciamiento, de separarme un poco de mí mismo y de la película, y volver a nutrirme mediante los proyectos y las formas de pensar el cine de otros cineastas. Quizá así vuelva a sentir el enamoramiento y el deseo de dirigir otra película. De momento, lo que queda de este año y el próximo estarán dedicados principalmente a la docencia y a las películas de otras personas.

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