Fabré, nacido en Palma en 1965, construye aquí una investigación sobre aquello que permanece cuando se retira lo accesorio. Líneas, planos cromáticos, sombras, vacíos y distancias dejan de funcionar como recursos puramente formales para plantear una reflexión sobre el tiempo, la memoria, la percepción y el propio impulso creador.
El título de la exposición procede de un verso de «Más allá», poema incluido en Cántico, de Jorge Guillén. La elección introduce una paradoja que atraviesa toda la propuesta: aquello que parece más leve, intangible o cotidiano puede contener una profundidad difícil de medir. El aire, la respiración o la separación entre dos cuerpos dejan de ser simples ausencias y empiezan a adquirir densidad.
Ese principio encuentra una correspondencia directa en la obra de Fabré. La geometría no aparece como una estructura cerrada ni como ejercicio de precisión autónoma. Sus formas delimitan sin clausurar. Ordenan, pero dejan espacio a la incertidumbre. El vacío tiene tanta importancia como la materia que lo rodea, y la distancia entre dos elementos participa activamente en la construcción de la imagen.
La exposición invita así a mirar aquello que normalmente se percibe de manera secundaria. Una sombra, una línea de horizonte o un intervalo pueden adquirir el mismo peso visual que una forma plenamente definida. La obra no impone una lectura inmediata. Exige tiempo.
Esa lentitud constituye uno de los núcleos de la propuesta. Frente a una cultura acostumbrada a consumir imágenes de manera continua, Fabré plantea una experiencia basada en la permanencia de la mirada. La contemplación deja de entenderse como actitud pasiva para convertirse en un ejercicio de atención.
Raquel Victoria Rodríguez López, comisaria de la exposición, sitúa precisamente ahí una de las claves del trabajo del artista. En su lectura, la práctica de Fabré surge de una observación prolongada de la luz, el espacio, la forma y la percepción. El paisaje no necesita aparecer representado de manera reconocible: puede manifestarse en la respiración de los vacíos, en la reducción del gesto o en la persistencia de una línea.
La referencia al paisaje adquiere entonces una dimensión menos literal. Ya no se trata de reproducir un territorio, sino de examinar las condiciones que permiten percibirlo. La mirada se desplaza desde el objeto representado hacia la experiencia misma de observar.
De ahí que el aire ocupe una posición central. No como elemento decorativo ni como metáfora aislada, sino como aquello que separa y al mismo tiempo relaciona. El espacio entre las cosas deja de ser una ausencia. Se convierte en una zona activa donde la percepción completa lo que la obra apenas insinúa.
También el tiempo participa de esa lógica. Las piezas de Fabré parecen resistirse a una lectura instantánea porque dependen de pequeñas variaciones, tensiones y equilibrios que solo aparecen cuando la mirada permanece. El espectador necesita demorarse para advertir lo que inicialmente parecía vacío. ‘Cántico. Lo profundo es el aire’ propone, en ese sentido, una economía radical de elementos. La reducción formal no empobrece la experiencia, sino que desplaza la atención hacia aquello que suele quedar oculto bajo el exceso.
En ese ejercicio de depuración, Ñaco Fabré plantea una idea sencilla y cada vez menos evidente: mirar también implica decidir cuánto tiempo estamos dispuestos a conceder a aquello que tenemos delante.Y quizá ahí se encuentre la verdadera profundidad del aire: no en lo que ocupa, sino en todo lo que permite que aparezca.









