Paisajes humanos se articula como una propuesta escénica en seis cuadros, entendidos como espacios de observación más que como escenas narrativas cerradas. No hay relato lineal ni progresión dramática clásica. Lo que se ofrece al espectador es un tiempo suspendido, una invitación explícita a detenerse, a mirar sin expectativa, a dejarse atravesar por imágenes que emergen de una naturaleza tan intensa que desborda el lenguaje. La obra no pretende explicar, sino propiciar una experiencia.
En un contexto social marcado por la aceleración permanente, la hiperestimulación digital y la necesidad constante de novedad, el espectáculo propone un gesto casi contracultural: mirar sin hacer, permanecer en el aquí y el ahora, aceptar el vacío como condición de percepción. Los cuadros humanos que aparecen en escena no buscan una conexión causal entre sí; su aparente desconexión es, precisamente, la herramienta que permite al público abandonar la lógica productiva del sentido y entregarse a un ejercicio de contemplación profunda.
La pieza sitúa el acto de observar como una práctica radical. Mirar de manera atenta y sostenida una realidad que se manifiesta ante los ojos implica, en este contexto, una forma de resistencia. No se trata de interpretar, sino de recibir. De abrir un espacio interior en el que el tiempo, las emociones, la sonoridad y las imágenes actúan de manera conjunta para facilitar un viaje emocional hacia uno mismo. En esa dirección dialoga la obra con las palabras del escritor Pablo D’Ors, quien ha señalado que al énfasis histórico en el autoconocimiento a través de la palabra es necesario añadir el poder del silencio, y que pensar y actuar no bastan si no se aprende también a escuchar y a mirar.
El origen creativo de Paisajes humanos se encuentra fuera del escenario. La obra nace de una experiencia prolongada de inmersión en la naturaleza, vivida por Alicia Soto durante distintos viajes realizados entre 2022 y 2023. En Irlanda, la coreógrafa se enfrenta a un paisaje salvaje, áspero y sobrecogedor, de una belleza que roza lo doloroso. Más tarde, en la Patagonia argentina, descubre otra forma de contemplación: una naturaleza de belleza amplia y serena, donde la vastedad no abruma, sino que aquieta.
Ambos territorios, radicalmente distintos, comparten un elemento esencial: la presencia constante del agua. Cascadas, lluvias incesantes, ríos que descienden desde las montañas hasta el mar, superficies en movimiento continuo. A esa experiencia visual se suma una sonoridad natural de enorme riqueza, capaz de generar emociones intensas y de activar zonas del inconsciente o, sencillamente, de dejar al observador en un estado difícil de nombrar. La ausencia de presencia humana en esos paisajes fue determinante: del vacío surge la idea de construir escenas para ser contempladas.
Ese vacío inicial se transforma, paradójicamente, en una escena poblada de cuerpos. En Paisajes humanos, los intérpretes se configuran como una tribu, una comunidad en movimiento que remite a la condición social del ser humano. Frente a la soledad de la naturaleza observada, emerge la certeza de que el hombre necesita al otro, tiende de forma inevitable a agruparse, a construir sociedad, a formar manada. La escena se convierte así en un espacio donde el cuerpo colectivo ocupa el lugar que antes estaba deshabitado.
Los cuerpos en movimiento no imitan la naturaleza de forma literal, pero dialogan con ella. El vuelo de los pájaros, el desplazamiento de los rebaños, el vaivén del viento, la fuerza invisible que empuja y resiste, el fluir constante del agua, la caída incesante desde las alturas, la lluvia persistente, las nubes que se desplazan con rapidez, el cielo oscuro que parece respirar hasta abrirse en un rayo de luz casi cegador. Todo ello se traduce en una fisicalidad que no describe, sino que evoca.
En determinados momentos, esa apertura luminosa adquiere una dimensión casi trascendente, como si una presencia superior atravesara la escena sin necesidad de ser nombrada. No hay símbolos religiosos explícitos ni discursos metafísicos cerrados, pero sí una sensación de lo sagrado entendida como experiencia directa, corporal y compartida. La contemplación, en este sentido, no es pasividad, sino una forma intensa de estar en el mundo.
Con Paisajes humanos, la compañía Alicia Soto-Hojarasca culmina treinta años de trabajo sin recurrir a la celebración nostálgica ni al gesto conclusivo. La obra se presenta como una síntesis viva, abierta, que recoge aprendizajes acumulados y los proyecta hacia un territorio donde la danza, el silencio y la mirada se entrelazan. Más que una despedida, es una afirmación: la de un lenguaje escénico que sigue apostando por la profundidad, el tiempo lento y la experiencia compartida como espacios de resistencia poética.









