La muestra reúne pinturas, trabajos monumentales sobre papel, dibujos individuales y colaborativos, libros ilustrados, grabados, cerámicas y abundante material de archivo, con préstamos fundamentales del Estate of Wifredo Lam (París). Más que una antología, la retrospectiva se articula como un relato transnacional: el de un artista nacido en Cuba que desarrolló su obra entre España, Francia e Italia, y que convirtió esa condición desplazada en una posición política y estética central.
Organizada cronológicamente, la exposición está comisariada por Christophe Cherix, director David Rockefeller del MoMA, junto a Beverly Adams, curadora Estrellita Brodsky de Arte Latinoamericano, con la colaboración de Damasia Lacroze y Eva Caston. El recorrido propone leer a Lam no como un apéndice del canon europeo, sino como una fuerza generadora que situó la cultura diaspórica en el núcleo del modernismo, desplazando sus jerarquías tradicionales.
Según Cherix, el compromiso visionario de Lam por transformar la pintura en un auténtico “acto de descolonización” alteró de manera irreversible la historia del arte moderno. Su insistencia en integrar las tradiciones afrocaribeñas y las memorias coloniales no como influencias periféricas, sino como motores conceptuales, sigue interpelando al presente con una intensidad intacta.
Nacido en Sagua La Grande en 1902, Lam se trasladó a Madrid a los 21 años para formarse como pintor. La exposición se abre con obras tempranas realizadas durante su etapa española, entre ellas La Guerra Civil (1937), una pieza sobre papel de escala monumental y contenido abiertamente político que se exhibe por primera vez en Estados Unidos. En estas primeras pinturas ya se percibe una tensión entre figuración, violencia histórica y conciencia social que marcará toda su producción posterior.
En 1938, el estallido de la guerra empujó a Lam a París, donde entró en contacto con figuras clave de la vanguardia como Pablo Picasso y André Breton. Durante la ocupación nazi, su huida a Marsella lo situó en el epicentro de una comunidad de surrealistas desplazados. De ese contexto nacieron colaboraciones esenciales, como los dibujos lineales para Fata Morgana (1941), de Breton, además de una serie de cadavres exquis y dibujos colectivos que revelan la dimensión experimental y coral de su práctica.
Para Adams, la potencia de Lam reside en que sus obras siguen hablándonos con una urgencia intacta. Colonialismo, racismo, exilio y desarraigo no son temas del pasado: atraviesan el presente con la misma violencia estructural que el artista supo anticipar y traducir en imágenes.
El regreso de Lam a Cuba en 1941, tras casi veinte años en el extranjero, marca uno de los giros decisivos de su carrera. En ese viaje, vía Martinica, conoció al poeta Aimé Césaire, con quien mantendría una amistad y colaboración intelectual duraderas. La exposición muestra cómo este retorno desencadenó una reinversión radical de su lenguaje visual, cristalizada en algunas de sus obras más influyentes.
Entre ellas destaca La jungla (1942–1943), posiblemente su pintura más célebre y parte de la colección del MoMA desde 1945. La obra despliega una composición densa y rítmica donde el paisaje caribeño, las figuras híbridas y la memoria de la esclavitud ocupan el primer plano. No se trata de una escena naturalista, sino de un territorio simbólico en el que cuerpo, historia y espiritualidad se entrelazan.
Durante este periodo, Lam profundizó en la representación de la fluidez entre lo físico y lo espiritual, explorando estados de transformación y tránsito. Obras como Omi Obini, Mofumbe u Ogue Orisa (todas de 1943) revelan su interés por las espiritualidades afrocaribeñas y por un imaginario en el que las figuras parecen mutar, resistir y trascender simultáneamente.
A finales de la década de 1940, su paleta se oscurece y se vuelve más terrosa, dando lugar a composiciones donde la figuración dialoga con la abstracción. En este tramo destaca Grande Composition (1949), una obra fundamental que no se había exhibido en más de sesenta años y que debuta ahora en Estados Unidos. Realizada sobre papel kraft, es también la pieza de mayor formato que Lam produjo en este soporte.
El regreso a Europa en 1952 abre otro capítulo decisivo. En Albissola Marina, Italia, el artista desarrolló una serie de trabajos de gran escala que se inclinan de forma radical hacia la abstracción, como la serie Brousse (1958), presentada también por primera vez al público estadounidense. A comienzos de los años sesenta, Lam reintrodujo la figuración desde un nuevo ángulo: figuras alargadas, enmarañadas, casi espectrales, como las que aparecen en Les Invités (1966).
La retrospectiva culmina con Les Abalochas dansent pour Dhambala, dieu de l’unité (1970), la última pintura de gran formato de su carrera, y con una selección de sus trabajos finales en cerámica y grabado. Este cierre subraya la vocación experimental que mantuvo hasta el final, así como sus colaboraciones con voces literarias esenciales del siglo XX, entre ellas libros ilustrados con Édouard Glissant y René Char, y la serie de grabados Annonciation (1982), realizada junto a Césaire.
When I Don’t Sleep, I Dream no solo revisa la obra de Wifredo Lam: reformula su lugar en la historia del arte, devolviéndolo al centro de un modernismo que, sin su mirada descolonizadora, queda incompleto. Una exposición que no mira al pasado como archivo, sino como campo de batalla aún abierto.









